Tuesday, April 3, 2007
Thursday, March 22, 2007
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Su especialidad siempre han sido los ovnis y la secuelade hipótesis que desencadenan en la imaginación delhombre. Pamplonica, nacido en 1946, ejerció el periodismodurante unos años y llegó a desempeñar los caros deredactor jefe de la bilbaína Hoja del Lunes y de jefe dereporteros de la Gaceta del Norte. Su interés por losobjetos volantes no identificados le impulsó a lainvestigación de los enigmas que han planteado a lahumanidad moderna tan misteriosos cuerpos siderales,naves extraterrestres, fenómenos del espacio, alucinaciones individuales ocolectivas… o lo que sean. Con el tiempo, J. J. Benítez ha alcanzado el títulooficioso de máximo experto en el tema, sus reportajes le han prestigiadoenormemente y varios de sus libros son indispensables en la bibliografíadel género. Ahora, con Caballo de Troya, realiza su primera incursión en lanovela, irrumpiendo triunfalmente en la narrativa, puesto que este títulolleva más de un año figurando en la lista de libros más vendidos.J. J. BenítezCaballo de TroyaA Gabriel Del Barrio García,Un noble y veterano socialistaQue me precederá en el Reino de los Cielos(En representación de los muchos amigosque me ayudaron durante los cien díasque permanecí sumergido en la realizaciónde Caballo de Troya.)Hay otras muchas cosas que hizo Jesús.Si se escribiesen una por una, creo que lemismo mundo no podría contener los librosescritos.Caballo de TroyaJ. J. Benítez5WASHINGTONMi reloj señalaba las tres de la tarde. Faltaban dos horas para que el Cementerio Nacional deArlington cerrara sus puertas. Yo había consumido la casi totalidad de aquel lunes, 12 deoctubre, frente a las tres tumbas de los soldados desconocidos y a la minúscula y perpetuallama anaranjada que da vida al rústico enlosado gris bajo el que reposan los restos delpresidente John Fitzgerald Kennedy.Aunque a fuerza de leerla había terminado por aprendérmela, consulté una vez más la claveque me había entregado el mayor.Por enésima vez escruté el macizo sarcófago de mármol blanco que se levanta en la caraeste del Anfiteatro Conmemorativo y que constituye el monumento inicial y más destacado dela Tumba al Soldado Desconocido. En la cara Oeste han sido esculpidas tres figuras quesimbolizan la Victoria, alcanzando la Paz a través del Valor. Pero aquel panel no parecía guardarrelación con mi clave…Lentamente, como un turista más, bordeé el cordón que cierra la reducida explanadarectangular y fui a sentarme frente a la cara posterior de la tumba central, en las escalinatas deun pequeño anfiteatro. Exhausto, repasé cuanto había anotado. Frente a mí, a cinco metros delas tumbas, un soldado de infantería del Primer Batallón de la Vieja Guardia, con sede en FortMyer, paseaba arriba y abajo, fusil al hombro, luciendo el oscuro uniforme de gala.Aunque la cadena de seguridad me separaba unos diez metros de esta parte de la tumba, laleyenda grabada en el mármol podía leerse con comodidad: «Aquí reposa gloriosamente unsoldado de los Estados Unidos que sólo Dios conoce.»«¿Estará ahí la clave?», me pregunté con nerviosismo.El solitario centinela, enjuto y frío como la bayoneta que remataba su brillante mosquetón,se había detenido. Tras una breve pausa, giró, cambiando el arma de hombro. Segundosdespués volvía sobre sus pasos, deteniéndose frente a la tumba. Allí repitió el cambio deposición de su fusil y, girando de nuevo, reinició su solemne desfile.Mi amigo el mayor norteamericano si hacía referencia al soldado que monta guardia día ynoche en el cementerio de los héroes, en Washington.«El centinela que vela ante la tumba te revelará el ritual de Arlington», rezaba la primerafrase de su postrera carta…MÉXICO D.F.Pero justo será que, antes de proseguir con esta nueva aventura, cuente cuándo y en quécircunstancias conocí al mayor y cómo me vi envuelto en una de las investigaciones másextrañas y fascinantes de cuantas he emprendido.En el mes de abril de 1980, y por otros asuntos que no vienen al caso, me encontraba enMéxico (Distrito Federal). Hacia escasos meses que había escrito mi primer libro sobre losdescubrimientos de los científicos de la NASA sobre la Sábana Santa de Turín y recuerdo que enCaballo de TroyaJ. J. Benítez6una de mis intervenciones en la televisión azteca -concretamente en el prestigioso y popularprograma informativo de Jacobo Zabludowsky-, yo había comentado algunos pormenores sobrelas aterradoras torturas a que había sido sometido Jesús de Nazaret. Ante mi sorpresa y la delequipo de Televisa, esa noche se registró un torrente de llamadas desde los puntos másdispares de la República e, incluso, desde Miami y California.Al regresar a mi hotel, la operadora del Presidente Chapultepec me dio paso a una llamadaque no olvidaré jamás.-¿El señor J. J. Benítez?-Sí, dígame…-¿Es usted J. J. Benítez?-Sí, soy yo… ¿Quién habla?-Le he visto en el programa del señor Zabludowsky y me sentiría muy honrado si pudieraconversar con usted.-Bueno, usted dirá -respondí casi mecánicamente, al tiempo que me dejaba caer sobre lacama. En aquellos primeros instantes confundí a mi comunicante con el típico curioso. Y medispuse a liquidar la conversación a la primera oportunidad.-Como habrá adivinado por mi acento, soy extranjero… Sinceramente, al escucharle me haimpresionado su interés por Cristo.-Disculpe -le interrumpí, tratando de saber a qué atenerme-, ¿cómo me ha dicho que sellama?-No, no le he dicho mi nombre. Y si usted me lo permite, dada mi condición de antiguo pilotode las fuerzas aéreas norteamericanas, preferiría no dárselo por teléfono.Aquello me puso en guardia. Me incorporé e intenté ordenar mis ideas.No sé cuál es su plan de trabajo en México -continuó en un tono sumamente afable- peroquizá pueda ser de gran interés para usted que nos veamos. ¿Qué le parece?-No sé -dudé-; ¿dónde se encuentra usted?-Le llamo desde el estado de Tabasco. ¿Tiene previsto algún viaje a esta zona?-Francamente, no; pero…Una vez más me dejé llevar por la intuición. ¿Un antiguo piloto de la USAF? Podía serinteresante…La experiencia como investigador me ha ido enseñando a aceptar el riesgo. ¿Qué podíaperder con aquella entrevista?-¿puede usted adelantarme algo? -insinué sin reprimir la curiosidad.-No… Créame. No puedo por teléfono… Es más: no deseo engañarle y le adelanto ya que enesa primera conversación, si es que llega a celebrarse, probablemente no saque usteddemasiadas conclusiones. Sin embargo, insisto en que nos veamos…-Está bien -corté con cierta brusquedad-. Acepto. ¿Dónde y cuándo nos vemos?-¿Puede usted desplazarse hasta Villahermosa? Yo estaré aquí hasta el sábado. ¿Conoceusted la ciudad?-Sí, por supuesto -respondí un tanto contrariado.Si la memoria no me fallaba, en julio de 1977 Raquel y yo habíamos visitado la zonaarqueológica de Palenque, en el estado de Chiapas, y las colosales cabezas olmecas deVillahermosa. Pero yo me encontraba ahora en el Distrito Federal, a mil kilómetros de la tórridaregión tabasqueña.-¿Le parece bien el viernes, día 18?-Un momento. Permítame que vea mi agenda…La verdad es que yo sabía de antemano que no existía compromiso alguno para dichoviernes. Pero el hecho de tener que viajar basta Tabasco, sin garantías ni referencias sobre lapersona con la que pretendía entrevistarme, me había irritado. Y busqué afanosamente algunaexcusa que me apeara de tan descabellado viaje. Fueron segundos tensos. Por un lado, elinstinto periodístico tiraba de mí hacia Villahermosa. Por otro, el sentido común habíaempezado a zancadillear mi frágil entusiasmo. Por fortuna para mí, el primero se impuso yacepté:-Muy bien. Creo que hay un vuelo que sale de México a primera hora de la mañana. ¿Dóndepuedo verle?-¿Conoce usted el Parque de la Venta?El hombre debió de percibir mis dudas y añadió:Caballo de TroyaJ. J. Benítez7-El de las cabezas olmecas…-Sí, lo conozco.-Le estaré esperando junto al Gran Altar…-Pero, ¿cómo voy a reconocerle?-No se preocupe.Aquella seguridad me dejó fascinado.Lo más probable -concluyó- es que yo le reconozca primero.-Está bien. De todas formas llevaré un libro en las manos…-Como guste.-Entonces… hasta el viernes.-Correcto. Muchas gracias por atender mi llamada.-Ha sido un placer -mentí-. Buenas noches.Al colgar el auricular me vi asaltado por un enjambre de dudas. ¿Por qué había aceptado tanrápidamente? ¿Qué seguridad tenía de que aquel supuesto extranjero fuera un piloto retiradode la USAF? ¿Y si todo hubiera sido una broma?Al mismo tiempo, algo me decía que debía acudir a Villahermosa. El tono de voz de aquelhombre me hacía intuir que estaba ante una persona sincera. Pero, ¿qué quería comunicarme?Pensé, naturalmente, en esa enigmática información. «Lo más lógico -me decía a mí mismomientras trataba inútilmente de conciliar el sueño es que se trate de algún caso ovniprotagonizado por los militares norteamericanos. ¿O no?»«¿Por qué citó mi interés por Cristo? ¿Qué tenía que ver un veterano militar con esteasunto?»A decir verdad, cuanto más removía el suceso, más espeso e irritante se me antojaba. Asíque opté por la única solución práctica: olvidarme hasta el viernes, 18 de abril.TABASCOA las 10.45, una hora escasa después de despegar del aeropuerto Benito Juárez de la ciudadde México, tomaba tierra en Villahermosa. Al pisar la pista, un familiar hormigueo en elestómago me anunció el comienzo de una nueva aventura. Allí estaba yo, bajo un sol tropical,con la inseparable bolsa negra de las cámaras al hombro y un ejemplar de mi libro El Enviadoentre las manos.«Veremos qué me depara el destino», pensé mientras cruzaba la achicharrante pista endirección al edificio terminal. Aquella situación -para qué voy a negarlo- me fascinaba. Siempreme ha gustado jugar a detectives…Por ello, y desde el momento en que abandoné el reactor de la compañía Mexicana deAviación que me había trasladado al estado de Tabasco, fui fijando mi atención en las personasque aguardaban en el aeropuerto. ¿Estaría allí el misterioso comunicante?Si hacia caso al timbre de su voz, mi anónimo amigo debía rondar los cincuenta años. Quizámás, si consideraba que era un piloto retirado del servicio activo.Sujeté el libro con la mano izquierda, procurando que la portada quedara bien visible, ydespaciosamente me encaminé al servicio de cambio de moneda. Sí el norteamericano estabaallí tenía que detectarme.Cambié algunos dólares, y con la misma calma me dirigí a la puerta de salida en busca de untaxi.Nadie hizo el menor movimiento ni se dirigió a mí en ningún momento. Estaba claro que elextranjero no se hallaba en el aeropuerto, o al menos no había querido dar señales de vida.Caballo de TroyaJ. J. Benítez8Pocos minutos después, a las 11.15 de aquel viernes, 18 de abril de 1980, un empleado delParque Museo de la Venta me extendía el correspondiente boleto de entrada, así como unsencillo pero documentado plano para la localización de las gigantescas esculturas olmecas.El parque parecía tranquilo.Consulté el mapa y comprobé que el Gran Altar -nuestro punto de reunión- estaba enclavadojustamente en el centro de aquel bello museo al aire libre. El itinerario marcaba un total de 27monumentos. Yo debía llegar al enclave número cinco. Si todo marchaba bien, allí deberíaconocer, al fin, a mi informador.Sin pérdida de tiempo me adentré por el estrecho camino, siguiendo las huellas de unos piesen rojo que habían sido pintadas por los responsables del parque y que constituían unasimpática ayuda para el visitante.A los pocos metros, a mi izquierda, descubrí el monumento número 1. Se trataba de unaformidable cabeza de jaguar semidestruida, con un peso de treinta toneladas.Proseguí la marcha, adentrándome en un espeso bosquecillo. El corazón empezaba a latircon mayor brío.A unos ochenta pasos, a la derecha del camino, aparecieron las esculturas de un mono y deotro jaguar. Eran los monumentos números 2 y 3. Frente al jaguar, el plano marcaba la figurade un manatí, tallado en serpentina. Era el número 4.Avancé otra treintena de metros y al dejar atrás uno de los recodos del sendero reconocíentre la espesura el enclave número 4 bis: otro pequeño jaguar, igualmente tallado en basalto.El siguiente era el Gran Altar Triunfal.Aquellos últimos metros hasta la pequeña explanada donde se levanta el monumentonúmero cinco fueron singularmente intensos. Hasta ese momento no había coincidido con unsolo turista. Mi única compañía la formaban mis pensamientos y aquella loca algarabía del sinfínde pájaros multicolores que relampagueaba entre las copas de los corpulentos huayacanes,parotas y cedros rojos.Al entrar en el calvero me detuve. El corazón me dio un vuelco. El Gran Altar estabadesierto. Bajo el ara, en un nicho central, un personaje desnudo y musculoso empuñaba unadaga en su mano izquierda. Con la derecha, la estatua sujetaba una cuerda a la quepermanecía amarrado un prisionero.El furioso sol del mediodía me devolvió a la realidad.«¿Dónde está el maldito yanqui?», balbucí indignado.La sola idea de que me hubiera tomado el pelo me desarmó. Avancé desconcertado hacia elGran Altar, sintiendo el crujir del guijo blanco bajo mis botas.«Quizá me he adelantado», pensé en un débil intento por tranquilizarme.De pronto, alertado -supongo- por el ruido de mis pasos sobre la grava, un hombre apareciópor detrás de la gran mole de piedra. Ambos permanecimos inmóviles durante unos segundos,observándonos. Jamás olvidaré aquellos instantes. Ante mí tenía a un individuo de considerablealtura -quizá alcanzase 1,80 metros-, con el cabello cano y vistiendo una guayabera y unospantalones igualmente blancos.Respiré aliviado. Sin duda, aquél era mi anónimo comunicante.-Buenos días -exclamó, al tiempo que se quitaba las gafas de sol y dibujaba una ampliasonrisa-. ¿Es usted J. J. Benítez?Asentí y estreché su mano. Suelo dar gran importancia a este gesto. Me gusta la gente quelo hace con fuerza. Aquel apretón de manos fue sólido, como el de dos amigos que seencuentran después de largo tiempo.-Le agradezco que haya venido -comentó-. Creo que no se arrepentirá de haberme conocido.Ni en esta primera entrevista ni en las que siguieron en meses posteriores pude averiguar laedad exacta de aquel norteamericano. A juzgar por su aspecto -huesudo y con un rostroacribillado por las arrugas- quizá rondase los sesenta años. Sus ojos claros, afilados como unsable, me inspiraron confianza. No sé la razón, pero, desde aquel primer encuentro al pie delGran Altar en el Museo de la Venta, se estableció entre nosotros una mutua corriente deconfianza.-Conozco un restaurante donde podemos conversar. ¿Tiene hambre?No sentía el menor apetito, pero acepté. Lo que me consumía era la curiosidad.Al cabo de unos minutos nos sentábamos en un sombreado establecimiento, casi al final dela calle del Paralelo 18. En el trayecto, ninguno de los dos cruzamos una sola palabra. SupongoCaballo de TroyaJ. J. Benítez9que mi nuevo amigo hizo lo mismo que yo: tratar de descubrir en el otro hasta los más nimiosdetalles… Después de aquel saludo en el museo de las gigantescas cabezas negroides, lacerteza de que me encontraba ante una posible buena noticia había ido ganando terreno.-Usted dirá -rompí el silencio, invitando a mi acompañante a que empezara a hablar.-En primer lugar quiero recordarle lo que ya le dije por teléfono. Es posible que se sientadecepcionado después de esta primera conversación.-¿Por qué?-Quiero ser muy sincero con usted. Yo apenas le conozco. No sé hasta dónde puede llegar suhonestidad…Le dejé hablar. Su tono pausado y cordial hacía las cosas mucho más fáciles.-… Para depositar en sus manos la información que poseo es preciso primero que usted medemuestre que confía en mí. Por eso -y le ruego que no se alarme- necesito probar y estarseguro de su firmeza de espíritu y, sobre todo, de su interés por Cristo.El americano se llevó a los labios un jugo de naranja y siguió perforándome con aquellamirada de halcón. Debió captar mi confusión. ¿Qué demonios tenía que ver mi firmeza deespíritu con Cristo, o, mejor dicho, con mi interés por Jesús?-Permítame un par de preguntas, señor…-Si no le molesta -repuso con una fugaz sonrisa- llámeme mayor. Por el momento, y porrazones de seguridad, no puedo decirle mi verdadero nombre.Aquello me contrarió. Pero acepté. ¿Qué otra cosa podía hacer si de verdad quería llegar alfondo de aquel enigmático asunto?-Está bien, mayor. Vayamos por partes. En primer lugar, usted dice ser un oficial retirado delas fuerzas aéreas norteamericanas. ¿Estoy equivocado?-No, no lo está.-Bien. Segunda pregunta: ¿qué tiene que ver mi interés por Cristo con esa información queusted dice poseer?El camarero situó sobre el mantel rojo sendas bandejas con postas de robalo y mole verde,quesadillas y un inmenso filete de carne a la tampiqueña.El mayor guardó silencio. Ahora estoy seguro de que aquélla fue una situación difícil para él.Mi amigo debió luchar consigo mismo para contenerse.-Cuando usted conozca la naturaleza de esa información -puntualizó- comprenderá misprecauciones. Es preciso que antes que eso suceda, yo esté convencido de que usted, o lapersona elegida, será capaz de valorarla y, sobre todo, de que hará un buen uso de ella.-No termino de entender por qué se ha fijado en mí…El mayor sostuvo aquella mirada penetrante y preguntó a su vez:-¿Cree usted en la casualidad?-Sinceramente, no.-Cuando le vi y le escuché en televisión hubo una frase suya que me impulsó a llamarle.Usted tuvo el valor de reconocer públicamente que ahora, a partir de sus investigaciones sobrelos descubrimientos de los científicos de la NASA, había «descubierto» a Jesús de Nazaret.Usted no parece avergonzarse de Cristo…Sonreí.-¿Y por qué iba a hacerlo si de verdad creo en Él?-Eso fue lo que usted transmitió a través del programa. Y eso, ni más ni menos, es lo que yobusco.No pude contenerme y le solté a quemarropa:-Disculpe. ¿Es usted miembro de alguna secta religiosa?El mayor pareció desconcertado. Pero terminó por sonreír, aportándome un nuevo datosobre su persona.-Vivo solo y retirado. Soy creyente y no puede sospechar usted hasta qué punto… Sinembargo, he huido de cualquier tipo de iglesia o grupo religioso. Tenga la seguridad de que nose encuentra ante un fanático…Creí percibir unas gotas de tristeza o melancolía en algunas de sus palabras. Hoy, alrecordarlo, y conforme fui desentrañando el enigma del mayor norteamericano, no puedo evitarun escalofrío de emoción y profundo respeto por aquel hombre.-¿Dónde vive usted?-En el Yucatán.Caballo de TroyaJ. J. Benítez10-¿Puedo preguntarle por qué vive solo y retirado?Antes de que respondiera traté de acorralarlo con una segunda cuestión:-¿Tiene algo que ver con esa información que usted conoce?-A eso puedo responderle con un rotundo sí.El silencio cayó de nuevo entre nosotros.-¿Y qué desea que haga?El mayor extrajo de uno de los bolsillos de su guayabera una pequeña y descolorida libretaazul. Escribió unas palabras y me extendió la hoja de papel. Se trataba de un apartado decorreos en la ciudad de Chichén Itzá, en el mencionado estado del Yucatán.-Quiero que sigamos en contacto -respondió señalándome la dirección-. ¿Puede escribirme aese apartado?-Naturalmente, pero…El hombre pareció adivinar mis pensamientos y repuso con una firmeza que no dejaba lugara dudas:-Es preciso que ponga a prueba su sinceridad. Le suplico que no se moleste. Sólo quieroestar seguro. Aunque ahora no lo comprenda, yo sé que mis días están contados. Y tengo prisapor encontrar a la persona que deberá difundir esa información…Aquella confesión me dejó perplejo.-¿Está usted diciéndome que sabe que va a morir?El mayor bajó los ojos. Y yo maldije mi falta de tacto.-Perdone…-No se disculpe -prosiguió el oficial, volviendo a su tono jovial-. Morir no es bueno ni malo. Sise lo he insinuado ha sido para que usted sepa que ese momento está próximo y que, enconsecuencia, no está usted ante un bromista o un loco.-¿Cómo sabré si usted ha decidido o no que yo soy la persona adecuada?-Aunque espero que volvamos a vernos en breve, no se preocupe. Sencillamente, lo sabrá.-No puedo disimularlo más. Usted sabe que yo investigo el fenómeno ovni…-Lo sé.-¿Puede aclararme al menos si esa información tiene algo que ver con estas astronaves?-Lo único que puedo decirle es que no.Aquello terminó por desconcertarme.Dos horas más tarde, con el espíritu encogido por las dudas, despegaba de Villahermosarumbo a la ciudad de México. Yo no podía imaginar entonces lo que me deparaba el destino.YUCATÁNA mi regreso a España, y por espacio de varios meses, el mayor y yo cruzamos una serie decartas. Por aquellas fechas, mis actividades en la investigación ovni habían alcanzado ya unvolumen y una penetración lo suficientemente destacados como para tentar a los diversosservicios de Inteligencia que actúan en mi país. Era entonces consciente -y lo soy tambiénahora- de que mi teléfono se hallaba intervenido y de que en muy contadas ocasiones, dada lanaturaleza de algunas de esas indagaciones, los sutiles agentes de estos departamentos (civilesy militares) de Información, habían seguido muy de cerca mis correrías y entrevistas. Lo quenunca supieron estos sabuesos -eso espero al menos- es que, en previsión de que micorrespondencia pudiera ser interceptada, yo había alquilado un determinado apartado decorreos, aprovechando para ello la complicidad de un buen amigo, que figuró siempre comolegitimo usuario de dicho apartado postal. Esta argucia me ha permitido desviar del canal«oficial» aquellas cartas, documentos e informaciones en general que deseaba aislar de lamalsana curiosidad de los mencionados agentes secretos. Naturalmente, por lo que pudieraCaballo de TroyaJ. J. Benítez11pasar y dada la antigua profesión y la nacionalidad del mayor, sus misivas siguieron siempreeste conducto confidencial. Ni siquiera Raquel, mi mujer, supo de la existencia de este nuevoamigo ni de mis sucesivos contactos con él.Por otra parte, y aunque las cartas del mayor hubieran caldo en manos de los servicios deInteligencia, dudo mucho que el contenido de las mismas pudiera llamarles la atención. Por másque presioné, jamás logré que deslizara una sola pista sobre la información que decía poseer.Sus amables escritos iban enfocados siempre hacia un más intenso y extenso conocimiento demi forma de pensar, de mis inquietudes y, especialmente, de mis pasos e investigaciones entorno a la pasión y muerte de Cristo. Recuerdo que una de sus cartas estuvo dedicada porentero a interrogarme sobre la última parte de mi libro El Enviado. Al parecer, mi supuestaentrevista con Jesús de Nazaret, que cierra dicha obra, le causó un especial impacto.Y llegó el otoño de 1980. En honor a la verdad, mis esperanzas de obtener algún indiciosobre el impenetrable secreto del mayor se habían ido debilitando. Hubo momentos difíciles, enlos que las dudas me asaltaron con gran virulencia. Creo que mi escaso entusiasmo hubieraterminado por apagarse de no haber recibido aquella lacónica carta -casi telegráfica- en la quemi amigo me rogaba que «lo dejara todo y volara hasta la ciudad de Mérida, en el estado delYucatán». Durante varios días -no voy a negarlo- me debatí en una angustiosa zozobra. ¿Quédebía hacer? ¿Es que el mayor se había decidido a hablarme con claridad? Tentado estuve deescribirle una vez más y pedirle explicaciones. Pero algo me contuvo. Yo intuía que aquéllapodía ser otra prueba; quizá la definitiva.Al fin tomé la decisión de volar a América e inicié un sinfín de gestiones para tratar desubvencionar en todo o en parte el costoso viaje. En contra de lo que muchos puedan pensar,mis recursos económicos son siempre escasos y aquel súbito salto al otro lado del -Atlánticoterminó por desnivelarlos. providencialmente, mi amigo y editor José Manuel Lara aceptó laidea de presentar mis últimos libros en América, y con esta excusa aterricé en Bogotá.Aquel rodeo, aunque retrasó algunos días mi entrevista con el mayor, se me antojósumamente prudencial. No estaba dispuesto a conceder el menor respiro a los servicios deInteligencia y así se lo anuncié a mi amigo en una carta que me precedió y en la que, porsupuesto, le señalaba el día y el vuelo en el que esperaba tomar tierra en Mérida.Al concluir mis obligaciones en Colombia me las ingenié para cancelar mis compromisos enCaracas, volando en el más riguroso incógnito -vía Belmopán- hasta Yucatán.Al cruzar la aduana y antes de que tuviera tiempo de buscar al mayor, me di de manos aboca con un cartel en el que había sido escrito mi primer apellido. El escandaloso cartón erasostenido por un hombre recio, de espeso bigote negro y tez bronceada. Al presentarme seidentificó como Laurencio Rodarte, al servicio del mayor.-Él no ha podido venir a recibirle -se excusó mientras pugnaba por hacerse con mi maleta-.Si no le importa, yo le conduciré hasta él.Mi instinto me hizo desconfiar. Y antes de abandonar el aeropuerto traté de averiguar quépapel jugaba aquel individuo y por qué razón no había acudido el mayor.Laurencio debió captar mi recelo y, soltando la maleta, resumió:-El mayor está enfermo.-¿Dónde se encuentra?-Lo siento pero no estoy autorizado para decírselo. Él me ha enviado a recogerle y…-Mire, Laurencio -le interrumpí tratando de calmar mis nervios-, no tengo nada contra usted.Es más: le agradezco que haya venido a recibirme, pero, sí usted me dice dónde está el mayor,yo iré por mis propios medios.El hombre dudó.-Es que mis órdenes…-No se preocupe. Dígame dónde me espera el mayor y yo iré a su encuentro.El tono de mi voz era tan firme que Laurencio terminó por encogerse de hombros y preguntóde mala gana:-¿Conoce Chichén Itzá?-Sí.-El mayor me ordenó que le llevara hasta el cenote sagrado.Laurencio señaló mi reloj y puntualizó:-Usted deberá estar allí a las cuatro.Caballo de TroyaJ. J. Benítez12Y dando media vuelta se encaminó a la puerta de salida. Consulté la hora local y comprobéque tenía dos horas escasas para llegar hasta el pozo sagrado de los mayas. Yo había visitadoen otras oportunidades el recinto arqueológico de la recóndita población de Chichén Itzá, al estede Mérida, y en plena selva de la península del Yucatán. Conocía también los dos famososcenotes -el sagrado y el profano- situados a corta distancia de la ciudad y que, según losarqueólogos, pudieron ser utilizados por los antiguos mayas como depósitos naturales de aguay, en el caso del cenote sagrado, como centro religioso en el que se practicaban sacrificioshumanos.Al ver alejarse el Toyota negro que conducía Laurencio, me concedí un respiro, tratando deponer en orden mis ideas. Por supuesto, no tardé en reprocharme aquella seca y radical actitudmía para con el emisario del mayor. En especial, a la hora de regatear con los taxistas quemontaban guardia al pie del aeropuerto…Después de no pocos tira y afloja, uno de los chóferes aceptó llevarme por 850 pesos. Y aeso de las dos de la tarde -sin probar bocado y con la ropa empapada por el sudor- el taxi enfilóla ruta número 180, en dirección a Chichén.Tal y como había prometido, el taxista cubrió los 120 kilómetros que separan Mérida deChichén Itzá en poco más de hora y media. Tras una vertiginosa ducha en el hotel de la VillaArqueológica, me dirigí al lugar elegido por el mayor. A las cuatro en punto, a paso ligero y conel corazón en la boca, dejé atrás la impresionante pirámide de Kukulcán y la plataforma deVenus, adentrándome en la llamada Vía Sagrada, que muere precisamente en un cenote u ollade casi sesenta metros de diámetro y cuarenta de profundidad.Antes de alcanzar el filo del pozo sagrado distinguí a dos personas sentadas al pie de unafrondosa acacia de florecillas rosadas. Al verme, una de ellas se incorporó. Era Laurencio.Reduje el paso y mientras me aproximaba sentí una incontenible oleada de vergüenza. Una vezmás me había equivocado.Pero aquel sentimiento se esfumó a la vista de la segunda persona. Quedé atónito. Era elmayor, pero con veinte años más de los que aparentaba cuando le conocí en Villahermosa.Permaneció sentado sobre la plataforma de piedra del viejo altar de los sacrificios,observándome con una mezcla de incredulidad y emoción. Lentamente, en silencio, dejéresbalar la bolsa de las cámaras, al tiempo que Laurencio le ayudaba a incorporarse. El mayorextendió entonces sus largos brazos y, sin saber por qué, dejándome arrastrar por mi corazón,nos abrazamos.-¡Querido amigo! -susurró el anciano-. ¡Querido amigo!…Sus penetrantes ojos, ahora hundidos en un rostro calavérico, se hablan humedecido. Algomuy grave, en efecto, había minado su antigua y gallarda figura. Su cuerpo aparecía encorvadoy reducido a un manojo de huesos, bajo una piel reseca y salpicada por corros marrones demelanina. Una barba blanca y descuidada marcaba aún más su decadencia.Intenté esbozar una disculpa, estrechando la mano de Laurencio, pero éste, sin perder lasonrisa, me rogó que olvidara el incidente del aeropuerto.El mayor, apoyándose en mi hombro, me sugirió que caminásemos un poco hasta el pradoque rodea a la pirámide de Kukulcán.Con paso vacilante y un sinfín de altos en el camino, fuimos aproximándonos al castillo opirámide de la Serpiente Emplumada. Así, en aquella primera jornada en Chichén Itzá, supe delabios del propio mayor que su fin estaba próximo y que, en contra de lo que pudiera imaginar,su muerte fijaría precisamente el comienzo de mi labor.Supe también que -tal y como me había insinuado en otras ocasiones- su «enfermedad» eraconsecuencia de un fallo no previsto en un proyecto secreto llevado a cabo años atrás, cuandoél todavía pertenecía a las fuerzas aéreas norteamericanas. Cuando le interrogué sobre dichoproyecto, sospechando que podía guardar una estrecha relación con la información que habíaprometido darme, el mayor me rogó que siguiera siendo paciente y que esperase un poco más.Durante dos días, mi vida transcurrió prácticamente en la pequeña casita de una planta, alas afueras de Chichén, y muy próxima a las grutas de Balankanchen, en la carretera quediscurre en dirección a la Valladolid maya. Allí, Laurencio y su mujer venían cuidando a miamigo desde hacía seis años.Ni que decir tiene que aproveché aquella magnífica oportunidad para bucear en la medida delo posible en el pasado y en la identidad del mayor. Sin embargo, mis pesquisas entre lasdiversas autoridades policiales y las gentes de Chichén no fueron todo lo fructíferas que yoCaballo de TroyaJ. J. Benítez13hubiera deseado. Por un mínimo de delicadeza hacia mi amigo, y porque había empezado aestimarle, al margen incluso de la prometida información, opté por suspender los tímidos ydisimulados sondeos. Cada vez que me lanzaba a la operación de rastreo, un sentimiento derepugnancia hacia mí mismo terminaba por embargarme. Era como si estuvieratraicionándole…Decidí cortar tales maniobras, prometiéndome a mí mismo que sería implacable, si llegaba elcaso de que la supuesta información secreta acababa por fin en mi poder.Sin embargo, y gracias a aquellas primeras averiguaciones, confirmé como positivos algunosde los datos que el mayor me había facilitado sobre su persona: era, efectivamente, denacionalidad norteamericana, su pasaporte aparecía en regla y había pertenecido a la USAF.Aunque él quizá no lo supo nunca, antes de regresar a España yo sabía ya su verdaderaidentidad, así como otros pequeños detalles sobre su limpia y apacible vida en el Yucatán. Todoesto, como es lógico, me tranquilizó e hizo crecer mi curiosidad e interés por esa informaciónde la que tanto me había hablado el mayor.Antes de partir, al anunciarle al ex oficial mi intención de volver a mi país, le expuse contoda claridad mi inquietud ante su deteriorado estado de salud y la no menos inquietantecircunstancia, al menos para mí, de no haber obtenido ni la más mínima pista sobre el celososecreto que decía tener.El mayor rogó a Laurencio que le acercara un sobre blanco que descansaba en uno de losanaqueles de la alacena del pequeño salón donde conversábamos. Con gesto grave lo puso enmis manos y comentó:-Aquí tienes la primera entrega. El resto llegará a tu poder cuando yo muera…Examiné el sobre con un cierto nerviosismo.-Está cerrado -apunté-. ¿Puedo abrirlo?-Te suplicaría que lo hicieras lejos de aquí… Quizá en el avión.Mientras lo guardaba entre las hojas de mi pasaporte, mi amigo adoptó un tono másrelajado:-Gracias. Es preciso que comprendas que tu búsqueda empieza ahora.-¿Mi búsqueda?… pero, ¿de qué?El mayor no respondió a mis preguntas.-Sólo te pido que sigas creyendo en mi y que empeñes todo tu corazón en descifrar la claveque te conducirá a mi legado.-Sigo sin comprender…-No importa. Ahora, antes de que nos abandones, tienes que prometerme algo.El mayor se puso en pie y yo hice lo mismo. En un extremo de la estancia, Laurencio asistíaa la escena con su proverbial mutismo.-Prométeme -me anunció el anciano, al tiempo que levantaba su mano derecha- que, ocurralo que ocurra, jamás revelarás mi identidad…A pesar de mi creciente confusión, levanté también mi mano derecha y se lo prometí contoda la solemnidad de que fui capaz.-Gracias otra vez -murmuró el mayor mientras se dejaba caer lentamente sobre la silla-.Que Dios te bendiga…ESPAÑAAquella fue la segunda y última vez que vi con vida al mayor. Al regresar a España, ymientras mi avión sobrevolaba los cráteres del Popocatepetl, tomé en mis manos el misteriososobre que me había dado el norteamericano. Lo palpé lentamente y, con sorpresa, adiviné algoCaballo de TroyaJ. J. Benítez14duro en su interior. La curiosidad, difícilmente contenida durante aquellos días, se desbordó yprocedí a abrirlo con todo el cuidado de que fui capaz.Al asomarme a su interior, la decepción estuvo a punto de provocarme un paro cardíaco.¡Estaba vacío! O, mejor dicho, casi vacío.Minuciosamente pegada a las paredes del sobre, mediante una transparente tira de cintaadhesiva, había una llave.La arranqué sin poder contener mi desencanto y la fui pasando de una a otra mano, sinsaber qué pensar.procuré tranquilizarme, engañándome a mí mismo con los más dispares argumentos. Pero laverdad desnuda y fría seguía allí -frente a mí- en forma de llave. Para colmo, aquella pieza decuatro centímetros escasos de longitud no presentaba un solo signo o inscripción que permitieraalgún tipo de identificación. Había sido usada, eso estaba claro. Pero, ¿dónde?Durante horas me debatí entre mil conjeturas, mezclando lo poco que me había adelantadoel mayor con un laberinto de especulaciones y fantasías propias. El resultado final fue un seriodolor de cabeza.«Aquí tienes la primera entrega…»¿Qué misterio encerraba aquella frase? Y, sobre todo, ¿en qué podía consistir «el resto»?«… El resto llegará a tu poder cuando yo muera.»Lo único claro -o medianamente claro- en todo aquel embrollo era que la información encuestión (o lo que fuera), debía de guardar alguna relación con aquella llave. Pero, ¿cuál?Era absolutamente necesario esperar, a no ser que quisiera volverme loco. Y eso fue lo quehice: aguardar pacientemente.Durante la primavera y el verano de 1981, las cartas del mayor fueron distanciándose cadavez más en el tiempo. Finalmente, hacia el mes de julio, y con la consiguiente alarma por miparte, el fiel Laurencio fue el encargado de responder a mis escritos.…El mayor -me decía en una de las últimas misivas- ha entrado en un profundo estado depostración. Apenas si puede hablar…Aquellas letras auguraban un rápido y fatal desenlace. Mentalmente, incluso me preparépara un nuevo y postrer viaje al Yucatán. Por encima de mi innegable y sostenido interés -llamémosle periodístico- había prevalecido, gracias a Dios, un arraigado afecto hacia aquelanciano prematuro. Bien sabe Dios que hubiera deseado estar junto a él en el momento de sumuerte. Pero el destino me reservaba otro papel en esta desconcertante historia.¿Fue casualidad? Sinceramente, ya no sé qué pensar…El caso es que aquel 7 de septiembre de 1981 -fecha de mi cumpleaños- llegó a mi poderuna nueva carta procedente de Chichén Itzá. En unas lacónicas frases, Laurencio me anunciabalo siguiente:..Tengo el doloroso deber de comunicarle que nuestro común hermano, el mayor, falleció elpasado 28 de agosto. Siguiendo sus instrucciones, le adjunto un sobre que sólo usted deberáabrir…Aunque la noticia no me cogió por sorpresa, debo confesar que la desaparición de mi amigome sumió durante varios días en una singular melancolía, comparable quizá con la tristeza queme produjo un año después el fallecimiento de otro entrañable maestro y amigo: ManuelOsuna.Aquella misma tarde del 7 de septiembre, con el ánimo encogido, conduje mí automóvilhasta los acantilados de Punta Galea. Y allí, frente al azul y manso Cantábrico, recé por elmayor.Allí mismo, en medio de la soledad, quebré el lacre que protegía el sobre y extraje sucontenido.Curiosamente, en contra de lo que yo mismo hubiera imaginado semanas atrás, en aquellosinstantes mi alocada curiosidad y el desenfrenado interés por desentrañar el misterio del mayorpasaron a un segundo plano. Durante más de dos horas, la ansiada segunda entregapermaneció casi olvidada sobre el asiento contiguo de mí coche.Caballo de TroyaJ. J. Benítez15Verdaderamente yo había estimado a aquel anciano.Pero al fin, como digo, se impuso mi curiosidad. El sobre contenía dos grandes hojas, depapel recio y cuadriculado. Reconocí de inmediato la letra puntiaguda del mayor.Uno de los folios era una carta, escrita por ambas carillas. ¡Estaba lechada en el mes deagosto de 1980! Eso significaba -por pura deducción- que el mayor había tomado la decisión deconfiarme su secreto poco después de mi primer encuentro con él, ocurrido el 18 de abril de1980.La carta, que aparecía firmada con sus nombres y apellidos, era en realidad una postrerarecomendación para que procurara mantenerme en el camino de la honradez y del amor haciamis semejantes. En el último párrafo, y casi de pasada, el mayor hacia referencia a la famosasegunda entrega, explicándome que para llegar a la información que tanto deseaba, deberlaprimero descifrar la clave que me adjuntaba en hoja aparte.Por último, y con un tosco pero llamativo subrayado, me rogaba que hiciera un buen uso dedicha información.…Mi deseo es que con ella puedas llevar un poco más de paz a cuantos, como tú y como yo,estamos empeñados en la búsqueda de la Verdad.El segundo papel, igualmente manuscrito por el mayor, presentaba un total de cinco frases,en inglés, que a primera vista resultaban absurdas e incongruentes.He aquí la traducción:«El centinela que vela ante la tumba te revelará el ritual de Arlington.»«Llave y ritual conducen a Benjamín.»«Abre tus ojos ante John Fitzgerald Kennedy.»«El hermano duerme en 44 - W. La sombra del níspero le cubre al atardecer.»«Pasado y futuro son mi legado.»El mayor, una vez más, parecía disfrutar con aquel juego. ¿O no se trataba de un juego? Mepregunté mil veces por qué tantos rodeos y precauciones. Si mi amigo había muerto, lo lógicoes que me hubiera facilitado la traída y llevada información sin necesidad de nuevascomplicaciones.Pero las cosas estaban como estaban y mi única alternativa era de despejar aquella cada vezmás enredada madeja.Como supondrá el lector, pasé horas con los cinco sentidos pegados a aquellas frases.Tentado estuve de acudir a algunos de mis amigos, en busca de ayuda. Pero me contuve. Mehubiera visto forzado a ponerles en antecedentes de tan larga e increíble historia y, sobre todo,conforme fue pasando el tiempo, lejos de desanimarme, encajé el asunto como un retopersonal. Y los que me conocen un poco saben que ésa es una de mis debilidades.De entrada, lo único que estaba claro es que la llave que me diera el mayor guardaba unaindudable y estrecha relación con la segunda frase. Esa llave debería «conducirme» o llevarmehasta Benjamin. Pero, ¿qué o quién era «Benjamin»?Una y otra vez, por espacio de casi tres semanas, desmenucé frase por frase y palabra porpalabra. Llevé a cabo los más disparatados cambios y saltos en las frases, buscando un sentidomás lógico. Fue inútil.A fuerza de bucear en la clave terminé por aprendérmela de memoria. Aquel mes deseptiembre, y parte del siguiente, viví por y para aquel mensaje cifrado. Pasaba los díasdeambulando sin norte alguno y con la mirada extraviada, ajeno prácticamente a cuanto merodeaba. Fueron mis hijos y especialmente Raquel quienes padecieron con más crudeza misaparentemente absurdos e inexplicables cambios de carácter, mis continuas depresiones yhasta una injusta irascibilidad. Espero que ahora, al leer estas líneas, puedan comprenderme yperdonarme.Llegué incluso a consultar con expertos cerrajeros, que examinaron la misteriosa llave desdetodos los ángulos posibles. El resultado era siempre idéntico: aleación corriente; dientesrutinarios… todo ordinario.Pero aquella situación -que empezaba a rozar los poco deseables límites de la obsesión- nopodía continuar. Y un buen día hice balance. ¿Qué tenía realmente entre las manos? ¿A quéconclusiones había llegado.?Caballo de TroyaJ. J. Benítez16Desgraciadamente podían limitarse a un par de pistas.1ª.» Arlington es un cementerio norteamericano. Yo sabia que se trataba del célebrecamposanto de los héroes de guerra de aquella nación.Me documenté cuanto pude y comprobé, en efecto, que en dicho lugar existe una tumba queguarda los restos de un soldado desconocido. Por pura lógica deduje que dicha tumba estaríacustodiada o vigilada por alguna guardia de honor.¿Podía referirse el mayor a dicho centinela?2.ª También en el Cementerio Nacional de Arlington está enterrado el presidente Kennedy.Pero, ¿por qué debía «abrir mis ojos ante John Fitzgerald Kennedy»?Estos eran los únicos puntos en común que yo había sido capaz de trenzar.El centinela que vela ante la tumba te revelará el ritual de Arlington. Esta primera frase metenía trastornado. No hacía falta ser muy despierto para comprender que una de las piezasclaves tenía que residir en la palabra «ritual». Una prueba de ello es que el mayor se habíaencargado de repetirla en la segunda secuencia.¿Cuál era ese ritual? ¿Por qué debía ser el centinela quien me lo revelara? ¿Es que tenía quepreguntárselo? Pero, de ser así, ¿a quién debía acudir?No había vuelta de hoja: el primer paso tenía que ser el desciframiento del maldito ritual.Sólo así podría saber -eso pensaba yo entonces- qué o quién era «Benjamín»En cuanto a las dos últimas frases de la clave, sinceramente, prescindí temporalmente deellas.Poco me faltó para llamar a mi buen amigo Chencho Arias, en aquellas fechas director de laOficina de Información Diplomática del Ministerio de Asuntos Exteriores español. Con todaseguridad, y merced a sus contactos en Washington, me hubiera despejado parte del camino.Pero lo pensé dos veces y aparqué la idea. Después de todo, hubieran quedado cuatro frasesmás por aclarar…No había otra solución: tenía que volar a Estados Unidos y enfrentarme al problema a cuerpodescubierto.WASHINGTONA las 11.50 horas del domingo 11 de octubre, el vuelo 903 de la compañía norteamericanaTWA despegaba del aeropuerto de Barajas, alcanzando su nivel de crucero -33 000 pies- enpoco más de 16 minutos.Nuestra próxima escala -Nueva York- quedaba a miles de millas. Había tiempo de sobra paraplanificar la estrategia a seguir una vez en Washington, así como para saborear una fríacerveza y cambiar impresiones con los colegas y amigos que ocupaban buena parte de aquelreactor.Era curioso. Sencillamente increíble…Por aquellas fechas, mientras yo me estrujaba el cerebro pujando por desentrañar laenigmática clave del mayor, otro suceso vino a enredar aún más las cosas. En un espléndidoarticulo en ABC, el escritor Torcuato Luca de Tena ofrecía a los españoles la primicia sobre unosfantásticos descubrimientos en los ojos de la Virgen de Guadalupe, en la ciudad de México. Fuecomo un escopetazo. Aquel nuevo «cebo» a 10.000 kilómetros precipitó mi decisión de saltarnuevamente al continente americano.Aquello justificaba doblemente mi viaje. Sin embargo, por enésima vez tuve que hacer frenteal siempre prosaico pero inevitable capitulo del dinero. Mi plan estaba claro: primeroWashington. Después, México. Esta vez, no obstante, la fortuna me sonrió rápidamente. ¿O nofue la fortuna? El caso es que, antes de que pudiera complicarme la existencia, una providencialllamada telefónica desde Madrid me puso al corriente del inminente viaje de SS. MM. los ReyesCaballo de TroyaJ. J. Benítez17de España a Estados Unidos. Yo había acompañado a don Juan Carlos y a doña Sofía en otrasvisitas de Estado y sabía que aquélla era una oportunidad que no podía dejar escapar. Entreotras importantes razones, porque ese tipo de viajes resulta siempre muy asequible a lamodesta economía de los profesionales del periodismo.Así fue como aquel 11 de octubre de 1981, y en compañía de una treintena de periodistasespañoles, un segundo reactor de la TWA -el vuelo 407- me situaba en el aeropuerto nacionalde la capital federal de los Estados Unidos. Eran las 17.58 (hora local de Washington).A pesar de mi creciente inquietud y nerviosismo, mi ansiada visita al Cementerio Nacional deArlington tuvo que ser demorada hasta el día siguiente, lunes. Aquel mes de octubre, elcamposanto de los héroes norteamericanos cerraba sus puertas a las cinco de la tarde. Yamparándome en el cansancio del viaje, decliné la invitación de mis entrañables amigos JaimePeñafiel, Giani Ferrari y Alberto Schommer para visitar la ciudad, encerrándome a cal y cantoen la habitación 549 del hotel Marriot, sede y cuartel general de la prensa española. Ellos, porsupuesto, eran ajenos a los verdaderos objetivos de mi viaje.Hasta altas horas de la madrugada permanecí enfrascado en el posible «plan de ataque». Unplan, dicho sea de paso, que, como siempre, terminaría por experimentar sensibles variaciones.Pero trataré de ir por partes.A las nueve de la mañana del día siguiente, 12 de octubre, con mis cámaras al hombro y uninocente aire de turista despistado, me acercaba hasta las oficinas del Temporary VisitorsCenter, a las puertas del Cementerio Nacional de Arlington. Allí, una amable funcionaria -planoen mano- me señaló el camino más corto para localizar la Tumba del Soldado Desconocido. Unaleve y fresca brisa procedente del río Potomac había empezado a mecer las ramas de losálamos y abetos que se alinean a ambos lados del drive o paseo de McClellan. A los pocosminutos, y temblando de emoción, divisé las plazas de Wheaton y Otis e inmediatamente detrásla tumba a la que, sin duda, hacía referencia el mensaje de mi amigo el mayor.Aunque el cementerio había abierto sus puertas hacía escasamente una hora, un nutridogrupo de turistas se repartía ya a lo largo de la cadena que aísla la pequeña explanada degrandes losas grises en la que se encuentra el gran mausoleo de mármol blanco en el quereposan los restos de un soldado norteamericano caído en los campos de batalla de Europa, yotras dos sepulturas -a derecha e izquierda del anterior- en las que fueron inhumados otros dossoldados desconocidos, muertos en la segunda guerra mundial y en la de Corea,respectivamente.Allí estaba el centinela; el único, según me informaron en el Centro de Visitantes, que montaguardia permanente en Arlington.«El centinela que vela ante la tumba te revelará el ritual…»Mis primeros minutos frente a la tumba fueron una indescriptible mezcla de aturdimiento,confusión y absurda prisa por asimilar cuanto me rodeaba.Y en mitad de aquel caos mental, la primera frase del mayor:«El centinela que vela…»Después de dos horas de observación, con los ánimos algo más reposados, saqué micuaderno de «bitácora» y comencé una frenética anotación de cuanto había sido capaz depercibir.El centinela -punto central de mis indagaciones- era relevado cada hora. Eso significaban 60minutos… La verdad es que, conforme iba escribiendo, muchas de aquellas observaciones meparecieron ridículas. Pero no estaba en condiciones de despreciar ni el más nimio de losdetalles.También hice una exhaustiva descripción de su indumentaria: guerrera azul oscura, casinegra, pantalón igualmente azul (algo más claro), con una raya amarilla en los costados, ochobotones plateados, guantes blancos y gorra negra de plato. Al hombro, un mosquetón con labayoneta calada…Observo -seguí anotando- que el centinela, al llegar al final de su corto y marcial desfile antelas tumbas, cambia siempre el arma de hombro. Curiosamente, el fusil nunca apareceenfrentado al mausoleo.Pero, ¿qué tenía que ver todo aquello con el dichoso ritual?El corto paseo del soldado frente a los sepulcros discurría monótona y silenciosamente.Estaba claro que el centinela no podía hablar. Como es fácil de comprender, no me hiceCaballo de TroyaJ. J. Benítez18ilusiones respecto a la remota posibilidad de interrogarle sobre el «ritual de Arlington». Enaquella primera frase de su oscura clave, el mayor tampoco afirmaba que dicho soldado pudieratransmitirme, de viva voz, el citado ritual. La expresión «te revelará» podía ser interpretada demuy diversas formas, aunque casi desde el principio descarté la de un hipotético diálogo con elmiembro de la Vieja Guardia. El secreto tenía que estar en otra parte. Seguramente, yconsiderando que un ritual es una ceremonia> habría que concentrar las fuerzas en todo loconcerniente a dicho rito.Un tanto aburrido, y por aquello de no levantar sospechas ante mi prolongada presencia enla plaza este del anfiteatro> procure repartir la mañana y parte de la tarde entre el siempreconcurrido recinto del Soldado Desconocido y la lápida del malogrado presidente Kennedy,ubicada a poco más de 300 metros, en la falda oriental de la colina que rematan precisamentelas mencionadas tres tumbas de los norteamericanos desconocidos.Abre tus ojos ante John Fitzgerald Kennedy, rezaba la tercera frase del mensaje.Pero, por más que los abrí, mi mente siguió en blanco. Sumé, incluso, los números de susfechas de nacimiento y muerte (1917-1963), sin resultado alguno. Por pura inercia, jugué conla edad del presidente, montando un sinfín de cábalas tan absurdas como estériles. Creo que loúnico positivo de aquellas largas horas frente a la sepultura de Kennedy y de las de los doshijos que fallecieron antes que él fue el padrenuestro que dejé caer en silencio, como unmodesto reconocimiento a su trabajo.A las tres de la tarde, hambriento y medio derrotado, me dejé caer sobre las pulcras yblancas escalinatas del minúsculo anfiteatro que se levanta frente a las tres sepulturas. En micuaderno; plagado de números, comentarios más o menos acertados y hasta dibujos de losdiez centinelas que había visto desfilar hasta ese momento, sólo había espacio ya para ladesilusión.«Creo que voy a desfallecer -escribí-. No soy lo suficientemente inteligente…»El centinela número seis, tras una de aquellas monótonas pausas pasó su mosquetón alhombro contrario y reanudó el paso. De la forma más tonta, atraído probablemente por el brillode sus botines, comencé a contar cada una de las zancadas, al tiempo que las hacía coincidircon un improperio, premio a mi probada ineptitud.«…Tres (idiota)… cuatro (imbécil)… siete (necio)… veinte (mentecato)… veintiuno (iluso).»El soldado se detuvo. Nueva pausa. Giró. Cambió el fusil. Nueva pausa. Y prosiguió sudesfile.Dos (merluzo)… cuatro (burro)… doce (calamidad)… veinte (paranoico)… veintiuno…»¿Veintiuno? El último insulto fue sustituido por un escalofrío. ¿He contado bien?El centinela había dado 21 pasos. Mi decaimiento se esfumó. Me puse en pie y volví a contar.«…diecinueve, veinte y ¡veintiuno!»No me había equivocado. Aquella nueva pista hizo resucitar mi entusiasmo. ¿Cómo no mehabía dado cuenta mucho antes?Avancé hacia la cadena de seguridad y, reloj en mano, cronometré el tiempo que consumíael soldado en cada desplazamiento.¡21 segundos! ¿Veintiún pasos y veintiún segundos?Hice nuevas pruebas y todas -absolutamente todas- arrojaban idéntico resultado.¿Qué significaba aquello? ¿Se trataba de una casualidad?Picado en mi amor propio me propuse contabilizar hasta el más insignificante de losmovimientos del centinela.Fue entonces, al contar el tiempo invertido por el soldado en cada una de sus pausas,cuando mi corazón comenzó a acelerarse: ¡21 segundos!«No puede ser -me dije a mí mismo, temblando por la emoción-, seguramente estoy en unerror…»Pero no. Como si se tratase de un robot, el centinela caminaba 21 pasos, empleando en ello21 segundos. Se detenía exactamente durante 21 segundos, girando y cambiando el arma deposición. La nueva pausa, antes de proseguir con el desfile, duraba otros 21 segundos y asísucesivamente.Anoté «mi» descubrimiento y releí la clave del mayor con una especial fruición.El centinela que vela ante la tumba te revelará el ritual de Arlington. «No puede ser unacasualidad», me repetía obsesivamente. «Pero, ¿porqué 21? ¿Qué significa el número 21?»Caballo de TroyaJ. J. Benítez19Con el fin de asegurarme, esperé los dos últimos cambios de la guardia y repetí los cálculos.Los soldados números siete y ocho se comportaron exactamente igual.Abstraído con aquella cifra a punto estuve de quedarme encerrado en el cementerio.Con una extraña alegría volví a refugiarme en el hotel, sumiéndome en un sinfín decavilaciones.A la mañana siguiente, y después ,de una noche prácticamente en vela, me uní a la comitivade periodistas. Aunque mis pensamientos seguían fijos en la Tumba del Soldado Desconocido yen aquel misterioso número 21, opté por aprovechar aquella irrepetible oportunidad de visitarel interior de la Casa Blanca y contemplar de cerca al presidente Reagan, al general y secretariode Estado, Haig, y por supuesto, a los reyes de mi país.Después de soportar un sinfín de controles y registros, me situé con mis compañeros en elmimadísimo césped que se extiende frente a la famosa Casa Blanca.A las diez en punto, y coincidiendo con la llegada de don Juan Carlos y doña Sofía, lasbaterías situadas a un centenar de metros atronaron el espacio con las salvas de ordenanza.Alguien, a mi espalda, había ido llevando la cuenta de los cañonazos e hizo un comentarioque nunca podré agradecer suficientemente:-¡Veinte y veintiuno!Me volví como movido por un resorte y pregunté:-¿Es que son 21?El periodista me miró de hito en hito y exclamó como si tuviera delante a un estúpidoignorante:-Es el saludo ritual… 21 salvas.Al regresar al Marriott tomé el teléfono, dispuesto a solventar mis dudas de un plumazo.Marqué el 6931174 y pregunté por míster Wilton, encargado de Relaciones Públicas y Prensaen el Cementerio Nacional de Arlington.El buen hombre debió quedar atónito al escuchar mi problema.-Mire usted, soy periodista español y deseaba preguntarle si el número 21 guarda relacióncon algún ritual…-¿Se refiere usted a la Tumba del Soldado Desconocido?-Sí.-Efectivamente -puntualizó míster Wilton-, el ritual de Arlington se basa precisamente en esenúmero. Como usted sabe, el saludo a los más altos dignatarios se basa en el número 21.-Disculpe mi insistencia, pero ¿está usted seguro?-Naturalmente.Al colgar el auricular me dieron ganas de saltar y gritar. Abrí mi cuaderno de anotaciones yrepasé la clave del mayor.Si el ritual de Arlington es el número 21, la segunda frase -llave y ritual conducen aBenjamín- empezaba a tener cierto sentido. Estaba claro que mi llave y el número 21guardaban una estrecha relación y que, si era capaz de descubrir quién o qué era «Benjamin»,parte del misterio podrían quedar al descubierto.Pero, ¿por dónde debía empezar?En buena ley, aquella pequeña llave tenía que abrir algo. ¿Una vivienda quizá? Las reducidasdimensiones de la misma no parecían encajar, sin embargo, con las llaves que se utilizanhabitualmente en las casas norteamericanas.Descarté momentáneamente aquella posibilidad y me centré en otras ideas más lógicas.¿Podía haber guardado el mayor su información en algún banco o en un apartado postal?¿Se trataba por el contrario de una taquilla en algunos de los servicios de consigna en unaestación de ferrocarril?Sólo había un medio para descifrar a «Benjamin»: armarse de paciencia y repasar -una poruna- las guías de teléfonos, de correos y de ferrocarriles de Washington.Si esta primera exploración fallaba, tiempo habría de profundizar en otras direcciones.Pero aquella laboriosa búsqueda iba a quedar súbitamente suspendida por una llamadatelefónica. A pesar de mi intensa dedicación al asunto del mayor norteamericano, yo no habíaolvidado el tema de los fascinantes descubrimientos de los científicos de la NASA en los ojos dela Virgen de Guadalupe. Nada más pisar los Estados Unidos, una de mis primeraspreocupaciones fue llamar a México y averiguar si el doctor Aste Tonsmann, uno de los másdestacados expertos, se hallaba en el Distrito Federal, o si, como me habían informado enCaballo de TroyaJ. J. Benítez20España, podía encontrarse en Nueva York, donde trabaja como profesor de la universidad deCornell. Era vital para mí localizarlo, con el fin de no hacer un viaje en balde hasta la repúblicamexicana.Aquella misma mañana del martes 13 de octubre rogué a la telefonista del hotel queinsistiera -por tercera vez- y que marcara el teléfono de domicilio del doctor Tonsmann. Y amedia tarde, como digo, el aviso de la amable telefonista iba a trastocar todos mis planes. Alotro lado del hilo telefónico, la esposa de José Aste me confirmaría que el científico teníaprevisto su regreso a México, procedente de Nueva York, los próximos miércoles o jueves.Después de algunas dudas, se impuso mi sentido práctico y estimé que lo más oportuno eracongelar mis investigaciones en Washington. Tonsmann era una pieza básica en mi segundoproyecto y no podía desperdiciar su fugaz estancia en México. Después de todo, yo era el únicoque poseía la clave del secreto del mayor y eso me daba una cierta tranquilidad.Y antes de que pudiera arrepentirme, hice las maletas y embarqué en el vuelo 905 de laEaster Lines, rumbo a las ciudades de Atlanta y México (D.F.). Aquel miércoles, 14 de octubrede 1981, iba a empezar para mí una segunda aventura, que meses más tarde quedaríareflejada en mi libro número catorce: El misterio de Guadalupe.A mí me suelen ocurrir estas cosas…Durante horas había permanecido ante la tumba del presidente Kennedy, incapaz de atisbarel secreto de aquella tercera frase en la clave del mayor.Abre tus ojos ante John Fitzgerald Kennedy.Pues bien, mis ojos se abrieron a 10.000 metros de altura y cuando me hallaba a miles dekilómetros de Washington.Mientras el reactor se dirigía a la ciudad de Atlanta, nuestra primera escala, tuve laocurrencia de intentar encajar el número 21 en las tres últimas frases del mensaje.Debí cambiar de color porque la guapa azafata de la Easter, con aire de preocupación yseñalando la taza de café que oscilaba al borde de mis labios, comentó al tiempo que seinclinaba sobre el respaldo de mi asiento:¿Es que no le gusta el café?-Perdón…-Le pregunto si se encuentra bien.,-¡Ah! -repuse volviendo a la realidad-, sí, estoy perfectamente… La culpa es del número21…La azafata levantó la vista y comprobó el número de mi asiento.-No, disculpe -me adelanté, en un intento por evitar que aquel diálogo para besugosterminara en algo peor-, es que últimamente sueño con el número 21…La muchacha esbozó una sonrisa de compromiso y colocando su mano sobre mi hombro,sentenció:-¿Ha probado a jugar a la lotería?Y desapareció pasillo adelante, convencida -supongo- de que el mundo está lleno de locos.Por un instante, las largas piernas de la auxiliar de vuelo lograron sacarme de mis reflexiones.Apuré el calé y volví a contar las letras que formaban el nombre y apellidos del fallecidopresidente norteamericano. No había duda. ¡Sumaban 21!Aquel segundo hallazgo -y muy especialmente el hecho de que ambos apuntaran hacia elnúmero 21- confirmó mis sospechas iniciales. El mayor tenía que haber guardado su secreto enalgún depósito o recinto estrechamente vinculados con dicha cifra y, obviamente, con la llaveque me había entregado en Chichén Itzá. Consideré también la posibilidad de que «Benjamín»fuera algún familiar o amigo del mayor, pero, en ese caso, ¿qué pintaban en todo aquello elnúmero y la llave?Durante mi prolongada estancia en México, tentado estuve de hacer un alto en lasinvestigaciones sobre la Virgen de Guadalupe y volar al Yucatán para visitar a Laurencio. Peromis recursos económicos habían disminuido tan alarmantemente que, muy a pesar mío y si deverdad quería rematar mis indagaciones en Washington, tuve que desistir y posponer aquellavisita a Chichén para mejor ocasión.Caballo de TroyaJ. J. Benítez21Un año después, en diciembre de 1982, al retornar a México con motivo de la presentaciónde mi libro El misterio de la Virgen de Guadalupe, comprobé con cierto espanto que de haberviajado en aquellas fechas al Yucatán mi visita habría sido estéril: según me confirmaron lasautoridades locales, Laurencio y su mujer habían abandonado la ciudad de Chichén Itzá pocodespués del fallecimiento del mayor. Y aunque no he desistido del propósito de localizarlos,hasta el momento sigo sin noticias del fiel compañero del ex oficial de las fuerzas aéreasnorteamericanas. Ni que decir tiene que mis primeros pasos en aquel invierno de 1982 fueronencaminados a la localización de la tumba de mi amigo. Allí, frente a la modesta cruz demadera, sostuve con el mayor mi último diálogo, agradeciéndole que hubiera puesto en mismanos su mayor y más preciado tesoro…Al pisar nuevamente Washington, mi primera preocupación no fue «Benjamín». Sentadosobre la cama de la habitación de mi nuevo hotel -en esta ocasión, mucho más modesto que elMarriot-, extendí sobre la colcha todo mi capital. Después de un concienzudo registro, misreservas ascendían a un total de 75 dólares y 1500 pesetas.Aunque la tragedia parecía inevitable, no me dejé abatir por la realidad. Aún tenía lastarjetas de crédito…Durante aquellos días limité mi dieta a un desayuno lo más sólido posible y a un vaso deleche con un modesto emparedado a la hora de acostarme. La verdad es que, enfrascado en laspesquisas, y puesto que tampoco soy hombre de grandes apetitos, la cosa tampoco fueexcesivamente dolorosa. Mi gran obsesión, aunque parezca mentira, fueron los taxis. Aquello simermó -¡y de qué forma! mi exiguo capítulo económico.«Llave y ritual conducen a Benjamín.»Esta segunda frase en el código cifrado del mayor fue una cruz que me atormentó durantecuatro días. En ese tiempo, tal y como tenía previsto antes de mi partida de Washington, meempleé en cuerpo y alma en la revisión de las enciclopédicas guías telefónicas de la capitalfederal, así como en las correspondientes visitas a las estaciones de ferrocarril, central decorreos y los aeropuertos Dulles y National.Les servicios de consigna de las estaciones fueron tachados de mi lista, a la vista de lasensible diferencia entre las llaves utilizadas en dichos depósitos y la que obraba en mi poder.Por su parte, los aeropuertos carecían de semejantes taquillas por lo que mi interés terminó porcentrarse en las cajas de seguridad de los bancos y en los apartados postales. Estas dosúltimas alternativas parecían más lógicas a la hora de guardar «algo» de cierto valor…Y empecé por los bancos.Repasé el centenar largo de centrales y sucursales financieras de la ciudad, no hallando niuna sola pista que hiciera mención o referencia al nombre de «Benjamin».Por otra parte, y según pude comprobar personalmente, si el mayor hubiera encerrado suinformación en una de las cajas de seguridad de cualquiera de estos bancos, ni yo ni nadiehubiera podido tener acceso a la misma, de no disponer de la correspondiente documentaciónque le acreditase como legítimo propietario o usuario de la caja. En algunos casos, incluso,estas medidas de seguridad se veían reforzadas con la existencia de una segunda llave, enposesión del responsable o vigilante de la cámara acorazada del banco. No obstante, y porapurar hasta el último resquicio, inicié una última y doble investigación. Yo conocía la identidaddel mayor y comencé a pulsar una serie de resortes y contactos -a nivel de Embajada Españolay del propio Pentágono-, a fin de esclarecer si el fallecido militar norteamericano conservabaalgún pariente en Washington. Aquélla, a todas luces, fue mi mayor imprudencia, a juzgar porlo que sucedería dos días después…El segundo frente -al que gracias a Dios concedí mayor dedicación- consistió en chequear lasdirecciones de las dos centrales y cincuenta y ocho sucursales de correos en la ciudad. En la U.5. Postal Service (Head Quarters), que viene a ser el cerebro central del servicio de correos detodo el país, un amable funcionario extendió ante mí la larga lista de estaciones postalesradicadas en Washington D.C.Al echarme a la cara la citada relación, en busca de algún indicio sobre el refractario nombrede «Benjamin», mis ojos no pudieron pasar de la primera sucursal. Pegué un respingo. En lalista aparecía lo siguiente:Box Nos. - 1-999. - Benjamin Franklin. Sta. (Washington D.C.20044).Caballo de TroyaJ. J. Benítez22Anoté los datos, sin poder evitar que mi mano temblara en una mezcla de emoción ynerviosismo. Prendí un nuevo cigarrillo, buscando la manera de calmarme. Tenía que estarabsolutamente seguro de que aquélla era la ansiada pista. Y recorrí las sesenta direcciones conuna meticulosidad que ni yo mismo logro explicarme.Con sorpresa descubrí que el nombre de Benjamin Franklin se repetía tres veces más: en lospuestos 14, 19 y 33 de la mencionada relación. En el resto de las oficinas de correos deWashington el nombre de Benjamin no figuraba para nada.Pero había algo que no terminaba de comprender. ¿Por qué cuatro servicios de correos en lamisma calle de Benjamín Franklin? En el situado en el lugar número 14, el encabezamientovenía marcado por los números 6100-6199. El que ocupaba el puesto 19 en la lista registrabalas cifras 7100-7999 y el último, en el número 33, era precedido por la numeración 14001-14999.Me dirigí nuevamente al funcionario y le rogué que me explicara el significado de aquellanumeración. La respuesta, rotunda y concisa, disipó mis dudas:-Son cuatro secciones, correspondientes a otros tantos P. Box o apartados de correos. En laprimera de la lista, como usted ve, figuran los comprendidos entre los números 1 y 999, ambosinclusive…Supongo que aquel empleado de correos no había recibido hasta ese día un thank you tanefusivo y feliz como el mío…Salté de tres en tres las escalinatas de la gigantesca U. 5. Postal Service y me colé como unmeteoro en el primer taxi que acertó a pasar. Eran las doce del mediodía del 4 de noviembre de1981.Mientras me aproximaba a la calle Benjamin Franklin, dispuesto a aprovechar aquella rachade buena suerte, volví sobre la clave del mayor. Ahora empezaba a ver claro. «Mi llave y el“ritual” -es decir, el número 21- conducen a Benjamin.»«Casualmente», de las 60 oficinas de correos de todo Washington, sólo una se encuentra enuna calle con el nombre de Benjamin. Y curiosamente también, en esa -y sólo en esa- sucursalse hallaba el apartado de correos número 21. Si tenemos en cuenta que las sesenta oficinassumaban en 1981 más de 24000 apartados, ¿a qué conclusión podía llegar?Pero, a medio trayecto, mi gozo se vio en un pozo. ¡Había olvidado la llave en el hotel!En este caso, mi franciscana prudencia me había jugado una mala pasada. Consulté la hora.No había tiempo de volver al hotel y salir después hacia la sucursal de correos. Malhumorado,entré en las oficinas, dispuesto al menos a echar un vistazo.Pregunté por la venta de sellos y, con la excusa de escribir algunas tarjetas postales,merodeé durante poco más de quince minutos por las inmensas y luminosas salas. En laprimera planta, adosados en una pared de mármol negro, se alineaban cientos de pequeñaspuertecitas metálicas, de unos 12 centímetros de lado, con sus correspondientes números. Allíestaba mi objetivo.Afortunadamente para mí, el trasiego de ciudadanos era tal que el policía negro que vigilabaaquella primera planta no se percató de mis movimientos. Antes de abandonar la sucursal hiceuna rápida inspección de los casilleros, deteniéndome unos segundos frente al número 21. Porun momento tuve la sensación de que era el blanco de decenas de miradas. El orificio de lacerradura parecía corresponder -por su reducido tamaño- al de una llave como la que yoguardaba…Al reemprender el camino hacia el hotel, me di cuenta que las tarjetas postales seguíanentre mis sudorosas manos. Ni Ana Benítez, ni mis padres, ni Alberto Schommer, ni Raquel, niCastillo, ni Gloria de Larrañaga llegaron a recibir jamás tales recuerdos.Aquella tarde, en un último esfuerzo por relajarme, acudí al Museo del Espacio, en el paseode Jefferson. A pesar de lo inminente, y aparentemente sencillo, de la fase final de la búsquedade la información del mayor, las dudas se habían recrudecido. ¿Y si estuviera equivocado? ¿Y siaquel apartado de correos no fuera lo que buscaba con tanto empeño?La verdad es que estaba llegando al limite de mis posibilidades. Aquéllas -estaba seguro-eran mis últimas horas en los Estados Unidos. Si no conseguía resolver el dilema, deberíaolvidarme del asunto durante mucho tiempo. Sentado en el hall del museo, inevitablementesolo y con una angustia capaz de matar a un caballo, eché de menos a alguien con quiencompartir aquellos momentos de tensión. En el centro de la sala, una larga fila de turistas yCaballo de TroyaJ. J. Benítez23curiosos aguardaba pacientemente su turno para pasar ante la urna en la que se exhibe unfragmento de roca lunar, no más grande que un cigarrillo. Un segundo trozo, mucho másreducido, había sido incrustado al pie de la vitrina. Y como si se tratara de una reliquia sagrada,cada visitante, al cruzar frente a la urna, pasaba sus dedos sobre la negra y desgastada piedra.Por pura inercia abrí mi cuaderno de notas y fui describiendo cuanto observaba. Y,naturalmente, terminé cayendo sobre la clave del mayor. Pero esta vez me detuve en eloriginal, en la versión inglesa.Mi pésima costumbre de subrayar, dibujar y trazar mil garabatos sobre los libros o apuntesque manejo, estaba a punto de sacudirme aquella profunda tristeza.En realidad, todo empezó como un juego; como un simple e inconsciente alivio a la tensiónque soportaba. Sé de muchas personas que, cuando hablan por teléfono, meditan o,sencillamente, conversan, acompañan sus palabras o pensamientos con los más absurdosdibujos, líneas, círculos, etc., trazados sobre cualquier hoja de papel. Pues bien, como digo, enaquellos instantes me dediqué a recuadrar -sin orden ni concierto- algunas de las palabras decada una de las cinco frases que formaban el mensaje cifrado.La fortuna -¿o no sería la suerte?- quiso que yo encerrara en sendos rectángulos, entreotras, las primeras palabras de cada una de las frases de la clave. A continuación, siguiendocon aquel pasatiempo, me entretuve en atravesarlos con otras tantas líneas verticales.Al leer de arriba abajo aquel aparente galimatías, una de las absurdas construcciones medejó de piedra. Las cinco primeras palabras de cada frase, leídas en este sentido vertical,encerraban un significado. ¡Y qué significado!: «La llave abre el pasado.»El resto de las frases así confeccionadas, sin embargo, no tenía sentido.Antes de dar por buena la nueva pista, repasé el mensaje, trazando y uniendo las palabrasde arriba abajo, de izquierda a derecha y hasta en diagonal. Pero fue inútil. Las únicas quearrojaban algo coherente -«casualmente»- eran las cinco primeras…The guard -rezaba el mensaje en inglés- who keeps the vigil in front of the Tomb will revealthe ritual ofArlington Cementery to you.Key and ritual leadyou to Benjamin.Open your eyes before John Fitzgerald Kennedy.The brother lies to rest in 44-W. The shadow of the medlar tree covers him in the lateafternoon.Past and future are my legacy.¿Qué había querido decir el mayor con esta sexta pista? Intuitivamente ligué la nueva frasecon la última del mensaje: Pasado y futuro son mi legado. ¿Qué relación podía existir entre lallave, el pasado y el futuro?Animado por aquel súbito descubrimiento, aunque impotente-lo reconozco- para despejar tanto misterio, me dispuse a esperar las primeras luces deaquel jueves, que presentía particularmente intenso…Al apearme aquel jueves, 5 de noviembre de 1981, frente a la sucursal de correos de la calleBenjamin Franklin, noté que las rodillas se me doblaban. En mi mano derecha, cerrada como uncepo, la pequeña llave que me entregara el mayor en el Yucatán aparecía ligeramenteempañada por un sudor frío e incómodo. Inspiré profundamente y crucé el umbral,dirigiéndome con paso decidido hacia el muro donde relucía el enjambre de casilleros metálicos.Había sido un acierto, sin duda, esperar a que el reloj marcara las diez de la mañana.Decenas de personas se afanaban en aquellos momentos en las diferentes dependencias decorreos. Al situarme frente al apartado número 21, un nutrido grupo de ciudadanos -especialmente personas de edad-, procedía a abrir sus respectivos depósitos, indiferentes acuanto les rodeaba.Pasé la llave a mano izquierda y, en un gesto mecánico, sequé el creciente sudor de lapalma derecha contra la pana de mi pantalón gris. Volví a respirar lo más hondo posible yrecobré la pequeña llave, llevándola temblorosamente hasta la cerradura. Pero los nervios metraicionaron. Antes de que pudiera comprobar siquiera si entraba o no en el orificio, la llave seme fue de entre los dedos, cayendo sobre el pulido embaldosado blanco. El tintineo de la piezaen sus múltiples rebotes sobre el pavimento me hizo palidecer. Me lancé como un autómataCaballo de TroyaJ. J. Benítez24tras la maldita llave, furioso contra mí mismo por tanta torpeza. Pero, cuando me disponía arecogerla, una mano larga y segura se me adelantó. Al levantar la vista, un hilo de fuego meperforó el estómago El servicial individuo era uno de los policías de servicio en la sucursal. Ensilencio, y con una abierta sonrisa por todo comentario. el agente extendió su mano y meentregó la llave. Dios quiso que supiera corresponder a aquel gesto con otra sonrisa decircunstancias y que, sin abrir siquiera los labios, diera media vuelta en dirección al casilleronúmero 21.Ahora tiemblo al pensar en lo que hubiera podido ocurrir si aquel representante de la ley mehubiera hecho alguna pregunta…Con el susto todavía en el cuerpo, tanteé el orificio con la punta de la llave. El corazónbrincaba sin piedad.«¡Por favor, entra…! ¡Entra…!»Dulcemente, como si me hubiera oído, la llave penetró hasta la cabeza.Me dieron ganas de gritar. ¡Había entrado! En realidad no era mi mano derecha la quesujetaba la llave. Era mi corazón, mi cerebro y todo mi ser…Antes de proseguir, miré cautelosamente a izquierda y derecha. Todo parecía normal.Tragué saliva e intenté abrir. Por más que tiré hacia afuera, la portezuela metálica norespondió. Sentí cómo otra ola de sangre golpeaba mi estómago. ¿Qué estaba pasando? Lallave había entrado en la ranura… ¿Por qué no conseguía abrir el apartado?En mitad de tanto nerviosismo y ofuscación comprendí que estaba forzando la cerradura enun solo sentido: el izquierdo. Giré entonces hacia la derecha y la portezuela se abrió con unleve chirrido.Me hubiera gustado poder detener el tiempo. Después de tantos sacrificios, angustias yquebraderos de cabeza, allí estaba yo, a las 10.15 del jueves, 5 de noviembre de 1981, a puntode esclarecer el «misterio del mayor»…En aquellos instantes, aunque parezca increíble, antes de proceder a la exploración delapartado, sentí no disponer de una cámara fotográfica. Pero un elemental sentido de laprudencia me hizo dejar el equipo en el hotel.Alargué la mano y tanteé la superficie metálica del casillero. En la semipenumbra medioadiviné la presencia de un par de bultos. Estaban al fondo del estrecho nicho rectangular. Alpalparlos los identifiqué con algo parecido a tubos o cilindros. Extraje uno y vi que se trataba deuna especie de cartucho de cartón, de unos treinta centímetros de longitud, perfecta ysólidamente protegido por una funda de plástico o de papel plastificado. Su peso era muyliviano. No presentaba inscripción o nombre alguno, excepción hecha de un pequeño número(un «1»), dibujado en negro y a mano sobre una pequeña etiqueta blanca, pegada o adherida asu vez sobre una de las caras circulares del cilindro. Todo ello, como digo, bajo un brillantematerial plástico, cuidadosamente fijado al cartucho.Me apresuré a sacar el segundo bulto. Era otro cilindro, gemelo al primero, pero con un «2»en otra de sus caras.De pronto comencé a experimentar una extraña prisa. Tuve la intensa sensación de que eraobservado. Pero, dominando el deseo de volverme, introduje la mano en el apartado> haciendoun tercer registro. Mis dedos tropezaron entonces con un sobre. Lo situé en la boca del nicho y,antes de retirarlo, me aseguré que el casillero quedaba vacío. Repasé, incluso, las paredessuperior y laterales. Una vez convencido de que el box número 21 había quedado totalmentelimpio, eché mano de aquel sobre blanco y, sin examinarlo siquiera, procedí a cerrar la puerta.Aparentando naturalidad, guardé la llave y me dirigí a la salida de la sucursal.Por un momento me dieron ganas de correr. Pero, sacando fuerzas de flaqueza, me detuve amedio camino. Prendí uno de los últimos ducados y aproveché aquella fingida excusa paravolverme. La verdad es que no aprecié nada sospechoso. El intenso movimiento de ciudadanoshabía disminuido ligeramente, aunque aún se apreciaban pequeños grupos frente a las mesasde mármol, en los distintos mostradores y junto a los bloques de los apartados. Algo mássosegado, y suponiendo que aquel presentimiento podía deberse a mi excitación, crucé elumbral, alejándome de la oficina de correos.Tres cuartos de hora más tarde colgaba en el pomo de la puerta de mi habitación el cartelverde de: No molesten. Deposité ambos cartuchos sobre el cristal de la mesita que me servíade escritorio y retrocedí un par de pasos.Caballo de TroyaJ. J. Benítez25«¡Lo había conseguido!»Durante algunos minutos, con el sobre entre las manos, disfruté de aquel espectáculo. Nopodía sospechar siquiera lo que contenían aquellos cilindros de cartón, pero eso -en aquellosinstantes- era lo de menos.«¡Lo había conseguido…!»Lo daba todo por bien empleado: tiempo, dinero, soledad…Me dejé caer sobre el entarimado y, como si se tratase de una película, fui recordando lospasos que había seguido en aquellos meses.Pero, finalmente, la curiosidad se impuso y rasgué el sobre. En el exterior no había una solapalabra o indicación. Nada más sacar la hoja de papel que contenía identifiqué la letra picuda yagitada del mayor.Estaba fechada el 7 de abril de 1979, en Washington D.C. En ella, simplemente, hacíaconstar que su hermano… en el «gran viaje» había fallecido dos años atrás -en 1977- y que,siguiendo los impulsos de su propia conciencia, ese mismo 7 de abril de 1979 daba porconcluido el diario de dicho viaje…El breve mensaje finalizaba con las siguientes palabras:Sólo pido a Dios que nuestro sacrificio pueda ser conocido algún día y que lleve la paz a loshombres de buena voluntad, de la misma forma que mi hermano… y yo tuvimos la gracia deencontraría.Al pie de la nota, el mayor suplicaba que la persona que tuviera acceso al diario y a lapresente misiva, respetara el anonimato de ambos.Por esta razón he suprimido la identidad de la persona a la que hace mención el mayor,denominándole «hermano» suyo. Puedo aclarar -eso sí- que no se trata en realidad de unhermano de sangre, sino de una calificación puramente espiritual…Mi primera reacción al leer la esquela fue consultar la clave. Aquella confesión del fallecidooficial de la USAF parecía encajar de lleno en la cuarta y no menos misteriosa frase:El hermano duerme en 44-W. La sombra del níspero le cubre al atardecer.De nuevo brotó en mí el nombre de Arlington.«Sí, ahora si puede tener sentido -me dije a mí mismo-. Ahora empiezo a comprender…»Había que visitar de nuevo el cementerio. En realidad, tal y como pude verificar al leer eldiario del mayor, las dos últimas frases de su mensaje cifrado no eran otra cosa que unaconfirmación -para la persona que llegara hasta su legado- de la realidad física de sucompañero en el «gran viaje» y, obviamente, de la naturaleza del referido diario.En honor a la verdad, después de conocer aquella increíble información que había sidoencerrada en los cilindros, tampoco era vital la localización del fallecido compañero de míamigo. Los que me conocen un poco saben, sin embargo, que me gusta apurar lasinvestigaciones y con mayor motivo si -como en aquellos momentos- me hallaba tan cerca delfinal.Pero las sorpresas no se habían terminado en aquel imborrable jueves… Antes de proceder ala solemne apertura de los cartuchos de cartón, coloqué el sobre junto a los cilindros y losfotografié a placer. Acto seguido, y tras comprobar que el plástico protector no ofrecía el menorresquicio por donde empezar la labor de extracción, tomé una de mis cuchillas de afeitar y,delicadamente, separé el círculo que cubría una de las caras del cilindro. Precisamente, laopuesta a la que presentaba aquella pequeña etiqueta con el número «1».Nerviosamente palpé el cartón. Parecía muy sólido. Después de un minucioso -casi meatrevería a llamarlo microscópico- examen, me vi obligado a sajarlo por su circunferencia. Unahora después, la pertinaz tapadera (de cinco milímetros de espesor y diez centímetros dediámetro) saltaba al fin, dejando al descubierto el interior del tubo.Segundos después aparecía ante mí un mazo de papeles, perfectamente enrollados. Habíasido introducido en una funda de plástico transparente, herméticamente grapada por la partesuperior. Tuve que valerme de un pequeño cortauñas para hacer saltar las diecisiete grapas.Con una excitación difícil de transcribir, eché una primera ojeada a los documentos y comprobéCaballo de TroyaJ. J. Benítez26que habían sido mecanografiados a un solo espacio y en lo que nosotros conocemos como papelbiblia. Cada folio (de 20 X 31 centímetros), hasta un total de 250, había sido firmado yrubricado en la esquina inferior izquierda por el mayor. Era la misma letra -y yo diría que lamisma tinta- que figuraba al pie de la misiva que había retirado del apartado de correosnúmero 21 y que acababa de abrir.El texto, en inglés, me arrebató desde el momento en que fijé mis ojos en él. Y creo que nohubiera podido despegarme de su lectura, de no haber sido por aquella inesperada llamadatelefónica…Hacia las 13 horas, como digo, el teléfono de mi habitación me devolvió a la cruda realidad.-¿Señor Benítez…?-Soy yo… Dígame.-Dos señores preguntan por usted… Están aquí…-¿Dos señores? -pregunté a mí vez, desconcertado ante la súbita visita-. ¿Quiénes son?-Un momento -dudó el empleado del hotel-, no lo sé…¿Quién podía tener interés en verme? Es más -pensé con un extraño presentimiento-, ¿quiénsabe que estoy en Washington?-Uno de ellos -me anunció el recepcionista a los pocos segundos- afirma ser del FBI…-¡Ah! -exclamé con un hilo de voz-. Bueno…, ahora mismo bajo…Todo había sido tan rápido e imprevisto que, al poco de colgar el auricular, comencé apalidecer. No era lógico ni normal que el FBI se interesara por mí. ¿Qué podía haber ocurrido?¿En qué nuevo lío me había metido?De pronto recordé. Días atrás yo había cometido la torpeza de interesarme cerca de laEmbajada Española y del Pentágono por los posibles familiares del mayor. Mientras recogíaprecipitadamente los cilindros y el sobre, ocultándolos en el fondo de la bolsa de mis cámaras,un torbellino de temores, hipótesis y contrahipótesis embarullaron aún más mi cerebro.Con la llave de mi habitación entre las manos y muerto de miedo, me presenté en el hall.Dos individuos de fuerte complexión y pulcramente trajeados se levantaron de los butaconessituados frente a la puerta del ascensor. No tuve oportunidad siquiera de aproximarme almostrador de recepción y preguntar por mis insólitos visitantes.Con una sonrisa un tanto forzada, uno de ellos me salió al paso extendiendo su mano.-¿El señor Benítez?Al presentarme, el que había estrechado mi mano en primer lugar y que parecía llevar la vozcantante, me invitó a sentarme con ellos.No se preocupe -anunció con un evidente deseo de tranquilizarme-, se trata de una simplerutina…Yo también me esforcé en sonreír, al tiempo que les rogaba que se identificaran.-Por teléfono -añadí- me han dicho que uno de ustedes es agente del FBI. ¿Podría ver suscredenciales?Instantáneamente, y como si aquella petición mía formara parte de un ceremonialigualmente rutinario y habitual, ambos sacaron del interior de sus chaquetas sendas carteras deplástico negro. En la primera -perteneciente al que me había identificado nada más verme en elhall- pude leer, con caracteres que destacaban sobre el resto, las palabras Federal Bureau ofInvestigation. Aquello, en efecto, correspondía a las famosas siglas FBI u Oficina Federal deInvestigación.En la segunda credencial -que no fue retirada de mi vista con tanta rapidez como la delagente del FBI- pude leer, en cambio, lo siguiente: Departamento de Estado. Oficina de Prensay algo así como una dirección: 2201 «C» Street… (Washington D.C.) y un número queempezaba por (202) 632….-Muchas gracias -repuse con más miedo, si cabe-. Ustedes dirán…-Sabemos quién es usted y conocemos igualmente su condición de periodista español -replicó el miembro del FBI, al tiempo que abría una pequeña libreta y rechazaba amablementeuno de mis cigarrillos-, y se nos ha comunicado que el pasado martes, a las 11.15 de lamañana, usted se interesó por los posibles parientes del mayor…«¡Joder qué tíos! -pensé-. ¡Vaya servicio de información!»Pues bien -prosiguió el agente, indicándome las notas que aparecían en su block-, en primerlugar queríamos averiguar si estos datos son correctos.-Efectivamente. Lo son…Caballo de TroyaJ. J. Benítez27-En ese caso, nos gustaría saber por qué tiene usted ese interés por la familia del mayor.Mi cerebro, despierto a causa -digo yo- del miedo, fue buscando las respuestas con unafrialdad que aún me asusta.-Bueno, es una vieja historia. Conocí al mayor en uno de mis viajes a México y entablé con éluna sincera amistad. Nos escribimos y hace unas semanas -mentí- al visitar nuevamente aquelpaís, supe que había fallecido.Sin pestañear, sostuve la desconcertada mirada del yanqui. Quizá esperaba otra versión y, alcomprobar que le decía la verdad (cuando menos, parte de la verdad), se mostró indeciso. Esefue su primer error.Antes de que acertara a formular una nueva pregunta, aproveché aquellos segundos y toméla iniciativa:-Ustedes sabrán también que yo soy investigador y escritor del fenómeno ovni…El agente sonrió.-En cierta ocasión -seguí improvisando- el mayor me dio a entender que sabía de ciertainformación… relacionada con este tema. Y me dio el nombre de un compañero que reside enlos Estados Unidos… Él me daría los datos, siempre y cuando yo supiera esperar a quefalleciera el mayor…Mi interlocutor, tal y como yo deseaba, mordió el anzuelo.-¿Puede decirnos el nombre de esa persona?Fingí una cierta resistencia y añadí:-La verdad es que no me gustaría perjudicar a nadie…-No se preocupe…-Está bien. No tengo inconveniente en darles el nombre de esa persona que busco, siemprey cuando ustedes me mantengan al margen y respondan a una pregunta…Los dos personajes cruzaron una mirada de complicidad y el funcionario del Departamentode Estado, que no había abierto la boca hasta ese momento, preguntó a su vez:-¿De qué se trata?-¿Podrían ustedes proporcionarme una pista sobre algún familiar del mayor o sobre eseamigo al que trato de localizar?Antes de que su compañero tuviera tiempo de responder el agente del FBI intervino denuevo:-Trato hecho. Díganos: ¿cómo se llama esa persona con la que usted debe contactar?Al tomar nota del nombre y primer apellido del «hermano de viaje» del mayor, el agente,titubeó y cruzó una nueva y fugaz mirada con su acompañante. Ese fue su segundo error.Aquella casi imperceptible vacilación terminó por alertarme. En ese instante -por primeravez- comencé a tomar conciencia de que me había aventurado en un asunto sumamentepeligroso. Aquellos individuos -eso saltaba a la vista- sabían mucho más de lo que decían. Perolo peor no era eso. Lo dramático es que -por esas casualidades del destino- tenía en mi poderuna información que empezaba a quemarme entre las manos y por la que los servicios deInteligencia de los Estados Unidos hubieran sido capaces de todo.-¿Y qué hay de esa pista? -presioné con fingido aire de satisfacción.El agente del FBI guardó silencio y, tras escribir algo en una de las hojas de su libreta, laarrancó, poniéndola en mis manos.-Es todo lo que podemos decirle -masculló con desgana-. Creemos que se trata de uno delos parientes del mayor…En el papel pude leer el nombre de la ciudad de Nueva York y dos apellidos.Simulé una cierta contrariedad.-Pero, ¿no pueden decirme algo más?Los individuos se pusieron en pie y, tras desearme suerte, se alejaron hacia la puerta desalida. Sin quererlo, aquellos «gorilas» me habían brindado la mejor de las excusas para salirde Washington a toda prisa.Antes de regresar a mi habitación tuve el acierto de asomarme disimuladamente por lapuerta giratoria del hotel y ver cómo los agentes se introducían en un coche azul metalizado,aparcado a veinte o treinta metros de donde me encontraba. Me interné de inmediato en elhall, dirigiéndome hacia el ascensor y notando sobre mí el peso de la curiosa mirada delrecepcionista.Caballo de TroyaJ. J. Benítez28Antes de cerrar la puerta de mi habitación volví a colgar el anuncio de No molesten y eché lacadena de seguridad. Las rodillas empezaron entonces a temblarme y tuve que dejarme caersobre la cama. Supongo que mi perturbación se debía en parte a aquella -digamos- «delicada»visita y, sobre todo, a lo que contenía aquel primer cilindro.No sé el tiempo que permanecí tumbado en la cama, con la vista perdida en la penumbra demi habitación. Una cosa sí estaba clara en todo aquel embrollo: ahora más que nunca tendríaque actuar con pies de plomo. Si el FBI había tomado cartas en el negocio era porque,lógicamente, estaba al corriente del «gran viaje» que habían realizado el mayor y su«hermano». No hacía falta ser un águila para percibir que los servicios de Inteligencianorteamericanos no estaban dispuestos a que aquella información secreta se filtrara a laprensa.De momento, la exquisita prudencia del mayor me había proporcionado una cierta ventaja. Yestaba dispuesto a utilizarla, naturalmente. Si el FBI y el Departamento de Estado -que sabíanmuy bien del fallecimiento de los dos veteranos de la USAF-, seguían creyendo que yo sólotrataba de localizar al «amigo» del mayor, quizá mi salida del país fuera más fácil de loprevisto. Esta, en síntesis, fue la resolución más importante que terminé por adoptar en aquelmediodía del jueves 5 de noviembre de 1981: volver a España de inmediato… y con mi tesoro,por supuesto.Salté de la cama y me dispuse a poner en práctica la última fase de mi plan: la visita alCementerio Nacional de Arlington. Aunque, repito, la confirmación de la muerte del compañeroy «hermano» de mi amigo no revestía ya una especial importancia, en mí fuero internonecesitaba cerrar aquel misterioso círculo que constituía la clave.Preparé las cámaras y consulté mi reloj. Eran las dos de la tarde. Aún me restaban otras treshoras para que el camposanto cerrara sus puertas al público.Pero, cuando me disponía a abandonar la habitación, un elemental sentido de la prudenciame obligó a asomarme a la ventana. Por un momento no reaccioné. Aparcado junto a la acerade la fachada del hotel, en el mismo lugar en que yo lo había visto a eso de las 13.30 horas,seguía el turismo de color azul metalizado de los agentes que me habían visitado.Instintivamente me eché atrás y cerré la ventana. No podía tratarse de una casualidad. Aquélera el vehículo del FBI. Estaba claro que había subestimado a los agentes…«Si me arriesgo a salir ahora -reflexioné, buscando una solución-, ¿qué puede ocurrir?»Cabía la nada fantástica posibilidad de que fuera discretamente seguido, o lo que podía sermucho peor, que aprovecharan mi ausencia para registrar la habitación. Esta última idea mellenó de espanto. ¿Qué podía hacer?Tampoco me resignaba a permanecer enclaustrado entre aquellas cuatro paredes…De pronto me vino a la memoria la escalera de incendios.«Sí -me dije a mí mismo, tratando de animarme- ahí puede estar la salida.»Prendí la televisión y, procurando hacer el menor ruido posible, abrí lentamente la puerta. Elpasillo aparecía desierto. Rápidamente me situé al fondo del corredor, frente a la salida deemergencia. A diferencia de lo que suele ocurrir con los hoteles españoles, los norteamericanosprocuran que estas puertas permanezcan permanentemente abiertas. Al asomarme al exterior,desde la plataforma metálica o descansillo que une la escalera con la sexta planta en la que meencontraba, comprobé que aquella salida conducía directamente a una calle estrecha y pocotransitada. En las inmediaciones no había un solo vehículo. Eso me tranquilizó.A los pocos minutos cerraba de nuevo la puerta de mi habitación y me preparé para la fuga.Lo más importante era no levantar sospechas. Así que, siguiendo un metódico plan, telefoneé alroom service y solicité un frugal almuerzo. A continuación me desnudé, enfundándome elpijama. Marqué el número de conserjería y adoptando un tono lento y cansino, le expliqué alempleado de turno que estaba muy fatigado y que deseaba dormir. Por último, y tras insistir enque no me pasara ninguna llamada, le rogué que me despertara a las seis y media de la tarde.Si, como yo sospechaba, los responsables del hotel tenían órdenes de vigilar y comunicar misentradas y salidas, ésta podía ser una buena coartada.A los quince minutos, un camarero llamaba a la puerta. Empujó el carrito con la comida y,tras depositar en su mano una sustanciosa propina, le anuncié que no se molestara en regresarpara recoger la pequeña mesa rodante.«Yo mismo la sacaré al pasillo cuando me despierte», remaché.Caballo de TroyaJ. J. Benítez29El hombre pareció conforme y desapareció corredor adelante, mientras yo volvía a colgar elcartel de No molesten.Me vestí en segundos, pellizqué uno de los panecillos y cargué con la bolsa de las cámaras,en cuyo fondo había depositado los cartuchos de cartón y la carta del mayor. Mi reloj señalabalas 14.45.Tras asegurarme que la puerta de mi habitación quedaba perfectamente cerrada, guardé lallave y, como un fantasma, salvé los treinta pasos escasos que me separaban de la salida deurgencia. Al cerrarla tras de mí dediqué unos segundos a una exhaustiva exploración de la calley de los tramos que debía descender. Todo se hallaba tranquilo.Sin perder un minuto más, me precipité escaleras abajo, procurando pisar con las puntas delas botas. Al alcanzar el penúltimo descansillo me detuve. El corazón no me cabía en el pecho…Lancé una ojeada y, tras comprobar que el camino seguía expedito, continué con un exceso deoptimismo. Y hago esta observación porque, al encararme con los últimos peldaños, a puntoestuve de romperme la crisma. Yo no había contado con un pequeño-gran obstáculo: laescalera de incendios moría a una considerable altura sobre el suelo.Me asomé y comprendí con angustia que, sí pretendía mantener mi fuga, primero deberíasaltar aquellos dos o tres metros. (La verdad es que nunca supe con certeza a qué distancia mehallaba del pavimento.) Tenía que actuar con rapidez: o regresaba a la sexta planta o melanzaba. Mi posición al final de aquella escalera de incendios era francamente comprometida.Cualquier viandante que acertara a pasar en aquellos instantes podía descubrirme.Tragué saliva y pegué la bolsa a mi vientre, rodeándola con ambos brazos. Después, en unacto de pura inconsciencia, salté.A pesar de la flexión de piernas, el golpe fue respetable. En mi afán por proteger el equipofotográfico, me incliné en exceso hacia un costado, rodando cuan largo soy por el durocemento.Pocas veces me he incorporado a tanta velocidad. Mi única preocupación -la verdad seadicha era que alguien hubiera podido verme saltar. Pero la fortuna parecía aún de mi lado. Lacallejuela seguía solitaria. Limpié la zamarra con un par de palmetazos y salí pitando hacia elcruce que se adivinaba al fondo. Si todo funcionaba como yo deseaba, al otro lado de lamanzana y en dirección opuesta a la que yo había tomado, debería continuar el turismo del FBI.Veinte minutos más tarde -cuando mi reloj estaba a punto de señalar las tres y media- untaxi me situaba en el Memorial Drive, a las puertas mismas del cementerio.Aunque en mi rápido desplazamiento hasta Arlinglon yo no habla apreciado -a pesar de misconstantes miradas hacia atrás- que nos siguiera el temido vehículo azul, en esta nueva visitaal cementerio de los héroes norteamericanos evité el ingreso por la puerta principal. Caminépor el paseo de Schley y a los cinco minutos me presenté ante el mostrador del TemporaryVisitors Center.Sinceramente, mientras le explicaba a una de las funcionarias que mi propósito era localizarla tumba de un viejo amigo, mis esperanzas -a la vista de los escasos datos que poseía- noeran muy sólidas. La mujer tomó nota del nombre y apellidos, así como del año del supuestofallecimiento (1977), y sin más, como si aquella consulta fuera una de tantas, dio media vueltay se dirigió a un monitor de televisión, situado a la izquierda de la sala. Le vi teclear y a lospocos segundos en la pantalla del terminal del ordenador surgieron unos signos y palabras decolor verde que no alcancé a descifrar. Acto seguido, la funcionaria tomó uno de los pequeñosmapas que yo ya conocía y escribió en rojo el primer apellido y el nombre de «mi amigo» y enla línea inferior, en negro y en los espacios destinados a la grave (tumba) y a la section(sección), los números correspondientes a cada una de ellas.-¿Conoce el cementerio? -me preguntó.-No mucho…-Bien, es fácil -añadió con su tono monótono-. Nosotros estamos aquíCon el rotulador rojo marcó el Temporary Visitors Center y a continuación trazó una líneasobre el paseo de L’Enfant y de Lincoln. Con una precisión que me dejó estupefacto señaló unpunto en la sección 43, concluyendo:-Aquí hallará la lápida. Si va a pie son diez minutos…-Muchas gracias.Caballo de TroyaJ. J. Benítez30Es posible que la señorita interpretara aquel agradecimiento y mí larga sonrisa como unsentimiento lógico al poder ubicar tan rápidamente a la persona que buscaba. Pero los tirosiban en otra dirección…Mientras caminaba hacia el punto indicado en el plano, mi excitación fue en aumento. Elhecho de que la computadora de Arlington hubiera respondido afirmativamente -declarando queallí, en efecto, había sido sepultado el «hermano» del mayor-, me había hecho vibrar deemoción, olvidando momentáneamente mis pasados sinsabores.En el cruce de L’Enfant Drive con el Lincoln Drive me detuve. Si las indicaciones de lafuncionaria no estaban equivocadas, debía encontrarme a poco más de 300 metros de lasepultura. Al repasar el mapa advertí otro detalle que precipitó mi alegría: ¡las coordenadas 44y W confluían matemáticamente en aquella área de la sección 43! Esto despejaba la primeraparte de la cuarta frase de la clave del mayor: El hermano duerme en 44-W.El pequeño sendero asfaltado me condujo hasta una pradera en la que se alineaban cientosde lápidas blancas, de apenas medio metro de altura. Consulté el número de la tumba y, trasvarios paseos por el cuidado césped, el nombre y apellidos del también oficial de la USAFsurgieron ante mí casi como un milagro.Una pequeña cruz encerrada en un circulo, había sido grabada -como en el resto de lassepulturas de Arlington-, en la parte superior de la piedra. Debajo, la identidad del fallecido, sugraduación, el Ejército al que había pertenecido y las fechas de su nacimiento y muerte,respectivamente. Eso era todo.Sentí una mezcla de rabia y tristeza. Aquel hombre, al igual que mi viejo amigo, el mayor,había sido inhumado sin una sola alusión a la fascinante misión que había llevado a cabo envida. Y lo peor es que su propio país -al menos los servicios de Inteligencia- estaba empeñadoen que dicho «viaje» siguiera clasificado como «secreto y confidencial»…En el horizonte, difuminado entre el verde, el amarillo y el rojo de los árboles del CementerioNacional, el blanco monolito erigido a la memoria del primer presidente de los Estados Unidosseñalaba paradójicamente a los cielos…Me arrodillé y juré que lucharía hasta el final. Nada ni nadie me detendría ante aquelcompromiso de difundir el legado de aquellos hombres.A las cuatro y media, después de fotografiar la lápida, y cuando me disponía a retirarme,una sombra me sobresaltó. Parte de la inscripción había empezado a oscurecerse. Levanté lavista y reparé en un arbolillo. ¡Era un níspero!La sombra del níspero -recordé la última parte de la cuarta frase del mensaje del mayor- lecubre al atardecer.Quedé absorto, contemplando cómo la cimbreante sombra de aquel humilde compañero desoledad iba robando la luz de la piedra, segundo a segundo. Al observar la pradera caí en lacuenta que aquél era el único árbol que crecía junto a esta sección del camposanto. Ya no habíaduda: la clave estaba resuelta.Recogí algunas de las níspolas que habían caído sobre el césped y las guardé en mi bolsa.Por último, corté una pequeña rama y la deposité al píe de la lápida.Poco a poco, con un sol moribundo a mis espaldas, fui alejándome de aquel lugar. No hevuelto a ver el frágil níspero de hojas verdes y diminutas que acompaña al héroenorteamericano, pero ambos sabemos que aquella tarde, parte de mi corazón quedó enArlington.En mi plan original de fuga yo no había previsto, ni mucho menos, que el regreso fueseprecisamente por la puerta principal del hotel. Ahora que lo pienso con una cierta perspectiva,de haber sabido entonces que no existía posibilidad de acceso desde la callejuela posterior a laescalera de incendios, lo más seguro es que no me hubiera jugado el todo por el todo poraquella innecesaria comprobación en el Cementerio Nacional de Arlington. Pero ya no podíaecharme atrás. Soy hombre que acepta los riesgos y, además, encantado.El crepúsculo había empezado a adormilar los colores de la gran ciudad cuando el taxi sedetuvo frente a la puerta giratoria de mi hotel. Mientras abonaba la carrera, respiré aliviado alreconocer frente a mí, a una veintena de pasos, el turismo de mis perseverantes guardianes. Omucho me equivocaba, o aquellos individuos me creían durmiendo a pierna suelta. Pronto iba acomprobarlo…Caballo de TroyaJ. J. Benítez31Salté del taxi y crucé la acera, mirando de reojo hacia mi izquierda. Aunque fue cuestión desegundos, pude percibir cómo uno -el que permanecía al volante- se agitaba, tocando conprecipitación el hombro de su compinche, que se hallaba leen o un periódico. No sé qué pudosuceder después. Me colé en el hall como una exhalación, evitando el ascensor. Gracias al cielo,el recepcionista se encontraba de espaldas y presumo que no me vio desaparecer escalerasarriba.Jadeando y maldiciendo el tabaco irrumpí en mi habitación, en el momento preciso en quesonaba el teléfono. Traté de recobrar el pulso y lo dejé sonar un par de veces. Al descolgarloreconocí la voz del recepcionista:Disculpe, señor -anunció el empleado en un tono muy poco convincente-, ¿me dijo usted quele llamara a las cinco y media o a las seis y media…?Me dieron ganas de ponerle como un trapo. Pero disimulé, dando por sentado que junto alrecepcionista debía encontrarse alguno de los agentes, sino los dos…-A las seis y media, por favor -respondí con voz seca y cortante.-Disculpe, señor… Ha sido un error.Acepté las disculpas y, por lo que pudiera ocurrir, me desnudé, dando buena cuenta delolvidado almuerzo. Eran las cinco y media de la tarde. Si el FBI tragaba el cebo y estimaba quetodo había sido una confusión y que yo no me había movido para nada de mi habitación, quizáaquellas últimas horas en Washington no fueran demasiado difíciles. Pero, ¿y si no era así?Había que salir de dudas.Y empecé a maquinar un nuevo plan. Era necesario que averiguase hasta qué punto creíanen mis palabras…Mi preocupación, como es fácil adivinar, estaba centrada en los documentos. Tenía queponerlos a salvo a cualquier precio. Pero, ¿cómo? Pasé más de media hora reconociendo yexplorando hasta el último rincón de la habitación. Sin embargo, ninguno de los posiblesescondites me pareció lo suficientemente seguro. Llegué, incluso, a desenroscar la alcachofa dela ducha, considerando la posibilidad de enrollar y ocultar parte del diario del mayor en el tuboque sobresalía algo más de 35 centímetros de la pared del baño. Gracias a Dios, el instinto o laintuición -o ambos a un mismo tiempo- me hicieron recelar y, finalmente, me decidí por lasolución más simple… y arriesgada. Perforé cuidadosamente el segundo cilindro y extraje otropaquete de folios, igualmente protegido en una funda de plástico transparente yminuciosamente grapada.Arrojé todas las grapas en el interior de la botella de vino, que había quedado medio vacía, ycon la ayuda de varias tiras de cinta adhesiva, sujeté ambos mazos de folios a mi pecho yespalda, respectivamente.Después me vestí cuidadosamente, procediendo a rellenar los cartuchos de cartón con rollosde fotografía, aún sin estrenar. Los deposité en el fondo de la bolsa de las cámaras y retiré laspelículas de ambas máquinas, sustituyéndolas por otras, aún vírgenes.Mi propósito era salir del hotel, a cuerpo descubierto y dejar el campo libre a los tipos delFBI. Corría el gravísimo peligro de que, en lugar de registrar mi habitación, optaran porseguirme y cachearme. En este segundo supuesto, los documentos habrían volado en cuestiónde minutos.. En previsión de que esa delicada circunstancia llegara a hacerse realidad, guardélos rollos de TRI-X y de diapositivas que había obtenido en mi reciente investigación en México,así como las imágenes de Arlington, en los bolsillos de la zamarra y del pantalón. «En caso deregistro -pensé- siempre es mejor que localicen primero las películas. Quizá se den porsatisfechos y se olviden del resto…»No es que aquella estratagema me convenciera excesivamente pero, ¿qué otra cosa podíahacer?Corté las colas de las películas de una decena de rollos, todavía sin emplear, y los alineésobre el reducido escritorio, simulando que se trataba del fruto de mi trabajo gráfico enaquellos últimos días.A las seis y quince minutos tomé una hoja de papel, con el membrete del hotel, y escribí contrazos descuidados:Viernes (6-XI-81)… llamar a D. Garrón a las 13 horas (teléfono 6525783).Caballo de TroyaJ. J. Benítez32Rasgué la hoja en trozos pequeños y los dejé caer en la papelera metálica, separandopreviamente uno de los cuadraditos de papel en el que podía leerse el siguiente fragmento:éfono 6525. Deposité esta parte del escrito en el suelo de la habitación, muy cerca de lapapelera, como si en la maniobra -al lanzar los papeles-, uno de ellos hubiera caído fuera delrecinto.Después vacié uno de los ceniceros en la citada papelera y procedí a desordenar la cama,arrugando minuciosamente las sábanas.A las seis y treinta, tal y como esperaba, sonó el teléfono. El empleado, en un tono muchomás amable, me recordó la hora.-Muchas gracias -repuse, aprovechando la oportunidad para rematar mi plan-. Por cierto,quisiera ir al cine… ¿Sabe si hay alguno por aquí cerca?-Sí señor… ¿Qué tipo de película desea ver el señor…?-Bueno, si es tan amable, vaya mirándolas usted mismo. Ahora bajo.Al colgar me froté las manos. A pesar de los pesares, aquello resultaba electrizante…Por último, y antes de abandonar la habitación, envolví cuidadosamente mi cuaderno denotas en un par de periódicos, escondiendo entre sus páginas la carta que había rescatado delbox número 21. Comprobé que llevaba el pasaporte, los billetes -todavía «abiertos»- de miviaje de regreso a España, vía Nueva York, y mis últimos treinta dólares y, abriendo la puerta,empujé el carrito del almuerzo hasta el pasillo. Retiré el cartel de No molesten y cerré. Alencaminarme hacia el ascensor pasé ante una bandeja -con algunos restos de comida- quehabía sido depositada en el piso, junto a otra de las habitaciones. De pronto recordé las grapasy, retrocediendo, tomé mi botella de vino, cambiándola sigilosamente por la de aquel huésped.Una vez en el hall conversé sin prisas con el recepcionista, que, gentilmente -y a peticiónmía- me acompañó hasta la calle, señalándome el camino más corto para llegar al cine elegido.Simulé no haber comprendido bien y el hombre repitió sus indicaciones con todo lujo dedetalles. Tanto él como yo observamos furtivamente el coche azul metalizado, que continuabaaparcado a corta distancia. Aquella comedia, en realidad, formaba parte de la segunda fase demi plan. Deseaba que quedara perfectamente establecido que, en el transcurso de las dos horassiguientes, yo iba a tratar de disfrutar pacíficamente de una película. Y, naturalmente, era vitalhacerse notar…Con las manos en los bolsillos y el «dietario de campo» bien sujeto bajo el brazo, camufladoentre los periódicos, fui alejándome con aire distraído, como quien inicia un apacible paseo. Elpeso de los folios -en especial los del tórax- empezaba a lastimarme.Con dos o tres paradas, aparentemente casuales, frente a otros tantos comercios, fue másque suficiente como para comprobar que los agentes no se habían movido del interior delturismo. Con aquel paso igualmente displicente desaparecí de la calle 17, en busca de lapopulosa avenida de Pennsylvania, entre cuyos restaurantes, galerías comerciales, pub ycinematógrafos siempre resulta más fácil pasar inadvertido.Adquirí un boleto y a las siete y media penetraba en una de las salas de proyección. Pero miintención no era ver una película. A los 15 minutos, y ante la indiferencia del portero, abandonéel cine, dirigiéndome a una cabina telefónica.Aunque me hallaba muy cerca de la calle 14, estimé que era mucho más prudente llamarprimero a la oficina de la agencia Efe en Washington. Uno de los periodistas -viejo amigo- iba ajugar un papel decisivo en esta última parte del plan. Como era de esperar, el primer númerocomunicaba sin cesar. Marqué el segundo -3323120- y, al fin, logré hablar con la redacción.No me vi forzado a darle demasiadas explicaciones. El compañero y colega, cuya identidadno puedo revelar, por razones obvias, intuyó que me ocurría algo fuera de lo normal y aceptóverme de inmediato.A eso de las ocho y media de la noche retrocedí hasta McPherson Square y, convencido deque nadie me seguía, me deslicé rápidamente hacia el vetusto ascensor del National PressBuilding, en la mencionada calle 14 del sector NW de la ciudad. Mi amigo me aguardaba en eldepartamento 969, sede de la agencia Efe.Una hora después, con el mismo aire de despreocupación, empujaba la puerta giratoria delhotel. De buen grado, y sin hacer demasiadas preguntas, el periodista me había prometido suayuda. A las diez de ¡a mañana del día siguiente -tal y como habíamos acordado- sepresentaría en mi hotel..Caballo de TroyaJ. J. Benítez33Mi intuición no falló esta vez. Al aproximarme a la puerta principal del hotel descubrí que elcoche azul metalizado había desaparecido.Al reclamar mi llave en conserjería observé que los empleados eran otros. Y aunqueúltimamente los dedos se me hacían huéspedes, comprendí que se trataba de un nuevo turno.Di orden para que me despertasen a las 8.30 del viernes y con un preocupante hormigueo en elestómago, tomé el camino de la sexta planta. No podía borrar de mi mente la sospechosacircunstancia de que el vehículo del FBI no se encontrara ya frente al hotel. ¿Qué podía habersucedido en estas tres horas?No necesité mucho tiempo para averiguarlo. Nada más cerrar la puerta de mi habitación, misojos se clavaron en el pequeño escritorio. ¡Los rollos vírgenes que yo había alineado de formapremeditada sobre la lámina de cristal que cubría la mesa habían desaparecido! Antes deproceder a una rigurosa inspección general, abrí la bolsa de las cámaras, comprobando conalivio que mis máquinas seguían allí. Sin embargo, tal y como había supuesto, también losrollos -a medio impresionar- que yo había sustituido en el último momento habían sidoextraídos (posiblemente rebobinados) de las respectivas cajas. El resto del equipo seguíaintacto. Los cilindros de cartón, repletos de película, no parecían haber llamado la atención delos intrusos. Seguían en el fondo de la bolsa, cubiertos por las minitoallas verdes que yo suelo«tomar prestadas» en los hoteles donde acierto a cobijarme y que, siguiendo la costumbre demi maestro y compadre Fernando Múgica, suelo utilizar para evitar los choques y roces entrecámaras y objetivos.Tampoco las cuatro o cinco níspolas que yo había recogido en Arlington habían sidosustraídas por los agentes. Porque, a estas alturas, y tal y como pude confirmar minutos mástarde, saltaba a la vista que mi habitación había sido registrada por el FBI. (Por una vez en mivida había acertado de pleno.)En un primer chequeo pude deducir que el resto de mis enseres -maleta, ropa, útiles deaseo, etc.- seguía donde yo los había dejado. El individuo o individuos que habían irrumpido enla estancia habían sido sumamente cuidadosos, procurando no alterar el rígido orden quesiempre impongo a mi alrededor.Aquellos tipos buscaban información -cualquier dato que pudiera estar relacionado con elmayor o con el «amigo» que yo decía estar buscando- y no iba a tardar en confirmarlo.Algo más tranquilo después de aquel rápido inventario, me situé frente a la papelera en laque había arrojado los trocitos de papel, así como las colillas de uno de los ceniceros.Los papelillos seguían en el fondo del recipiente, excepción hecha del que dejé caerintencionadamente sobre el entarimado de la habitación. Este, en un lamentable error delagente, fue encontrado por mí en el fondo de la papelera, junto a sus hermanos… Conociendocomo conozco, a los servicios de Información, yo sabía que uno de los lugares donde siempremiran es precisamente en las papeleras. La trampa había dado resultado. El agente, después dereconstruir la hoja de papel que yo había troceado, la devolvió a la papelera, procurando quelas 28 partes cayeran íntegramente en el cubo de metal.Aquel torpe representante del FBI había dejado, además, sobre el cristal del escritorio, otrorastro de su paso. Como habrá imaginado el lector, el hecho de vaciar uno de los ceniceros enla papelera -y más concretamente sobre los papelillos- no fue un gesto de higiene, aunque ésapueda ser la primera impresión…Aquella maniobra estuvo perfectamente calculada. Y ahora, al examinar el vidrio sobre elque, a todas luces, había sido minuciosamente reconstruida la hoja de papel, no tardé endetectar, como digo, la huella del intruso.Al ir encajando los pedacitos de papel, el agente no se percató de que una mínima porciónde ceniza -pero suficiente para mis propósitos- caía sobre el cristal de la mesa.Una vez desvelado el rompecabezas, el individuo restituyó los restos a su correspondientelugar, no teniendo la precaución de limpiar la superficie sobre la que había trabajado.Con la ayuda de una minúscula lupa, Agfa Lupe 8x, que siempre me acompaña y que resultade gran utilidad para el examen de diapositivas, localicé al instante numerosas partículasblancogrisáceas, que no eran otra cosa que parte de la ceniza con la que había cubierto lospapelillos.Si los agentes -como era fácil suponer- habían tomado buena nota de lo que estaba escritoen dicha hoja, había una alta posibilidad de que cayeran en una nueva trampa…Caballo de TroyaJ. J. Benítez34Antes de acostarme, y en previsión de que mi teléfono estuviera intervenido, marqué elnúmero de la Cancillería Española, haciéndole saber a la persona que me atendió que era amigodel señor Garzón, consejero de Información, y que, por favor, le dejara escrito que letelefonearía hacia las 13 horas del día siguiente. De esta forma, y en el más que probablesupuesto de que mi conversación hubiera sido grabada, el FBI recibía así la confirmación a loque, sin duda, habían leído en mi habitación.Dejé prácticamente hecha la maleta y me dispuse a descansar. Pero al ir a cepillarme losdientes, recibí otra sorpresa. Aquellos malditos agentes habían perforado -de parte a parte ypor tres puntos- el tubo de la pasta dentífrica. Al revisar la crema de afeitar, tal y como metemía, encontré el tubo igualmente agujereado.«¿De qué habrán sido y de qué serán capaces estos “gorilas”?», empecé a preguntarme coninquietud.Aquella noche, y por lo que pudiera acontecer, eché la cadena de seguridad y apuntalé lapuerta con la única silla existente en la habitación. Como última precaución, decidí no despegarlos documentos de mi pecho y espalda. En contra de lo que yo mismo podía suponer, aquellaincómoda carga no fue óbice para que el sueño terminara por rendirme. Tenía gracia. Era laprimera vez que dormía con un «alto secreto»…, entre pecho y espalda.De acuerdo con el plan trazado la tarde anterior en la sede de la agencia de noticias Efe, alas diez en punto de la mañana del viernes deposité la llave de mi habitación en la conserjería,dirigiéndome seguidamente a uno de los taxis que aguardaban a las puertas del hotel.Tras desayunar en la habitación, había procedido a rellenar los cartuchos de cartón con partede mi ropa sucia -pañuelos y calcetines, fundamentalmente-, cerrándolos nuevamente yescribiendo en cada uno de ellos mi nombre, apellidos y dirección en Vizcaya. Y aunque eltiempo en Washington D.C. era fresco y soleado, me enlundé una gabardina color hueso.Con las cámaras al hombro y los cilindros del mayor entre las manos me introduje en el taxi,pidiéndole que me llevara hasta el Main Post Office o Central de Correos de la ciudad.Si el FBI seguía mis movimientos, aquellos cartuchos y mi colega, el periodista, meayudarían a darles un buen esquinazo.A las 10.30 horas, el taxista detenía su vehículo frente al edificio de correos. Con la promesade una excelente propina, le rogué que esperase unos minutos; el tiempo justo de franquear ycertificar ambos paquetes. El hombre accedió amablemente y yo salté del coche, al tiempo queobservaba cómo un turismo de color negro rebasaba el taxi, aparcando a unos ochenta o cienmetros por delante.Con el presentimiento de que los ocupantes de aquel vehículo tenían mucho que ver con losque habían irrumpido y registrado mi habitación la noche anterior, me adentré en la concurridacentral. Gracias a Dios, mi amigo esperaba ya en el interior. A toda velocidad, y ante losatónitos ojos de una jovencita que rellenaba no sé qué impresos en la misma mesa donde mehabía reunido con el reportero de Efe, me quité la gabardina y se la pasé a mi compañero.Escribí la matrícula del taxi en uno de los formularios que se alineaban en los casilleros y, alentregarle el papel, le advertí -en castellano- que tuviera cuidado con el turismo que había vistoaparcar a escasa distancia del taxi.Siguiendo el plan previsto, mí colega se embutió en la gabardina, mientras yo me confundíaentre el gentío, en dirección a la ventanilla de facturación de paquetes. Si todo salía bien, a loscinco minutos, el periodista debería introducirse en el taxi que esperaba mi retorno. Con el finde hacer aún más difícil su identificación, le pedí que acudiera hasta la oficina de correos conuna bolsa del mismo color y lo más parecida posible a la que yo cargaba habitualmente.Cuando el funcionario guardó los cilindros de cartón, me dirigí hacia la puerta y, desde elumbral, comprobé que el taxi y el turismo negro habían desaparecido.Sin perder un minuto, me encaminé hacia la boca del metro de Gallery Place. Desde allí,siguiendo la línea Mcpherson-Farragut West, reaparecí en la estación de Foggy Bottom. Eran las11.30.Una hora después, otro taxi me dejaba en el aeropuerto nacional de Washington. O muchome equivocaba, o los agentes del FBI estaban a punto de llevarse un solemne «planchazo»… Alas 13.25 de aquella agitada mañana, el vuelo 104 de la compañía BN me sacaba -al fin- de lacapital federal.Caballo de TroyaJ. J. Benítez35Difícilmente puedo describir aquellas últimas cuatro horas en el aeropuerto de Nueva York. Simi amigo no había logrado engañar a los empecinados agentes norteamericanos, mi seguridad-y lo que era mucho peor: mi tesoro- corrían grave riesgo.A las cuatro en punto de la tarde, tal y como habíamos convenido, marqué el teléfono de Efeen Washington. Mi cómplice -al que nunca podré agradecer suficientemente su audacia ycooperación- me saludó con la contraseña que sólo él y yo conocíamos:-¿Desde Santurce a Bilbao…?Voy por toda la orilla -respondí con la voz entrecortada por la emoción. Aquello significaba,entre otras cosas, que nuestro plan había funcionado.En cuatro palabras, mi enlace me puso al corriente de lo que había ocurrido desde elmomento en que se introdujo en el taxi. Mis sospechas eran fundadas: aquel turismo de colornegro, que se habla estacionado a corta distancia de la fachada principal de la oficina decorreos, reanudó su discreto seguimiento. Los agentes, tres en total, no podían imaginar quemi amigo habla ocupado mi puesto y que todo aquel laberinto no tenía otro objetivo quepermitir mi fulminante salida del país.Siguiendo las indicaciones del nuevo pasajero, el taxista -que vio incrementado el importe desu carrera con una súbita propina de cincuenta dólares (propina que, según mi colega, le volviótemporalmente mudo y sordo)- y ante la presumible desesperación de los hombres del FBI,condujo su vehículo hasta el interior de la Cancillería Española, en el número 2700 de la calle15. Allí permanecieron ambos hasta las 13.30. A esa hora, uno de los vuelos regularesdespegaba de Washington, situándome, como ya he referido, en la ciudad de Nueva York.El desconcierto de los «gorilas» -que habían esperado pacientemente la salida del taxi- debióde ser memorable al ver aparecer el citado vehículo, pero con otros dos ocupantes en el asientoposterior. Mi amigo, que había abandonado la gabardina y la bolsa en el interior de lacancillería, se encasquetó una gorra roja y se hizo acompañar por uno de los funcionarios yamigo.El FBI mordió nuevamente el cebo y, creyendo que yo seguía en el interior de la embajada,siguió a la espera.« Es posible -comentó divertido el reportero de Efe- que aún sigan allí…»A las 19.15 horas, con los documentos sólidamente adheridos a mi pecho y espalda y -porqué negarlo- al borde casi de la taquicardia, el vuelo 904 de la TWA me levantaba a diez milmetros, rumbo a España.Al día siguiente, sábado, una vez confirmado mi aterrizaje en Madrid-Barajas, el colega sepersonó en el hotel, recogiendo mi maleta y saldando la cuenta. Por supuesto, y tal comosospechaba, los cilindros de cartón que había certificado en Washington, jamás llegaron a sulegítimo destino…Caballo de TroyaJ. J. Benítez36¡Qué equivocado estaba! Mis angustias no terminaron con el rescate del diario del mayor.Fue a partir de la lectura de aquellos documentos cuando mi espíritu se vio envuelto en todasuerte de dudas…Durante dos años, siempre en el más impenetrable de los silencios, be desplegado mildiligencias para intentar confirmar la veracidad de cuanto dejó escrito el fallecido piloto de laUSAF. Sin embargo -a pesar de mis esfuerzos-, poco he conseguido. La naturaleza del proyectoresulta tan fantástica que, suponiendo que haya sido cierto, la losa del «alto secreto» lo hasepultado, haciéndolo inaccesible. Algo a lo que soviéticos y norteamericanos -dicho sea depaso- nos tienen muy acostumbrados desde que se empeñaron en la loca carreraarmamentista. No hace falta ser un lince para comprender que, tanto en la conquista delespacio como en el desarrollo del potencial bélico, unos y otros ocultan buena parte de laverdad y -lo que es peor- no sienten el menor pudor a la hora de mentir y desmentir. Tampocoes de extrañar, por tanto, que haya caído una cortina de hierro sobre el proyecto que relata elmayor en su legado.En el presente trabajo he llevado a cabo la transcripción -lo más fiel posible- de los primeros350 folios del total de 500 que contenían ambos cilindros. Aunque no voy a desvelar por elmomento el contenido del resto del proyecto, puedo adelantar -eso sí- que responde a undenominador común: «un gran viaje», tal y como los define el propio mayor. Un «viaje» queharía palidecer a Julio Verne…No soy tan necio, por supuesto, como para creer que con el hallazgo y posterior traslado deestos documentos fuera de los Estados Unidos han desaparecido los riesgos. Al contrarío. Esprecisamente ahora, con motivo de su salto a la luz pública, cuando los servicios de Inteligenciapueden «estrechar» su cerco en torno a este inconsciente periodista. Es un peligro que asumo,no sin cierta preocupación…Pero, como hombre prevenido vale por dos, después de una fría valoración del asunto, yotambién he tomado ciertas «precauciones». Una de ellas -la más importante, sin duda- ha sidodepositar los originales del mencionado proyecto en una caja de seguridad de un banco, anombre de mi editor, José Manuel Lara. En el supuesto de que yo fuera «eliminado», la citadadocumentación sería publicada ipso facto.Naturalmente, nada más pisar España, una de mis primeras preocupaciones -amén de ponera buen recaudo ambas documentaciones originales- fue fotocopiar, por duplicado, los 500 foliosque había sacado de Washington. Con el fin de evitar en lo posible el riesgo de «desaparición»de dicho diario, una de las reproducciones ha sido guardada -junto con los documentos oficialesque me fueron entregados en 1976 por el entonces general jefe del Estado Mayor del Aire, donFelipe Galarza 1- en otra caja de seguridad, a nombre de un viejo y leal amigo, residente enuna ciudad costera española.A lo largo de estos dos años, como digo, y tras conocer el «testamento» del mayor, hellevado a cabo numerosas consultas -especialmente con científicos y médicos- intentandoesclarecer, cuando menos, la parte de ficción que destilan ambos «viajes». Vaya por delante -yen honor a la verdad- que los primeros se han mostrado escépticos en cuanto a la posibilidadde materialización de semejante proyecto. A pesar de ello, y antes de pasar al diariopropiamente dicho, quiero dejar sentado que mi obligación como periodista empieza y concluyeprecisamente con la obtención y difusión de la noticia. Será el lector -y quién sabe siloshombres del futuro, como ocurrió con Julio Verne- quien deberá sacar sus propias conclusionesy otorgar o retirar su confianza a cuanto encuentre en las próximas páginas.1 Estos trescientos folios forman parte de doce investigaciones secretas de la Fuerza Aérea Española sobre otrostantos casos de ovnis en España. Han sido publicados en el libro Ovnis: Documentos oficiales de¡ Gobierno españolCaballo de TroyaJ. J. Benítez37En todo caso -y con esto concluyo- si el «gran viaje» del mayor fue sólo un sueño de aquelhombre extraño y atormentado, que Dios bendiga a los soñadores.Caballo de TroyaJ. J. Benítez38EL DIARIOHoy, 7 de abril de 1977, al año de mi retiro voluntario a la selva del Yucatán, una vezconocida la muerte de mi hermano… y al cuarto año de nuestro regreso del «gran viaje», pidohumildemente al Todopoderoso que me conceda las fuerzas y vida necesarias para dejar porescrito cuanto sé y contemplé -por la infinita misericordia de Dios- en Palestina.Es mi deseo que este testimonio sea conocido entre los hombres de buena voluntad -creyentes o no- que, como nosotros, caminan a la búsqueda de la Verdad.Sé desde hace más de un año -como también lo supo mi hermano en el «gran viaje»- quemi muerte está cercana. Por ello, siguiendo sus reiteradas peticiones y los cada vez más firmesimpulsos de mi propia conciencia, he procedido a ordenar mis notas, recuerdos y sensaciones.Espero que la persona o personas que algún día puedan tener acceso a este humilde y sincerodiario hagan suya mi voluntad de permanecer, como mi hermano, en el más rigurosoanonimato. No somos nosotros los protagonistas, sino «ÉL».No es fácil para mi resumir aquellos años previos a la definitiva puesta en marcha del «granviaje». Y aunque nunca ha sido mi propósito desvelar los programas y proyectos confidencialesde mi país, a los que he tenido acceso por mi condición de militar y miembro activo -hasta1974- de la OAR (Oflice of Aerospace Research)1, entiendo que antes de ofrecer los frutos denuestra experiencia en Israel, debo poner en antecedentes a cuantos lean este informe dealgunos de los hechos previos a aquel histórico enero de 1973.Debo advertir igualmente que, dada la naturaleza del descubrimiento efectuado por nuestroscientíficos y las dramáticas consecuencias que podrían derivarse de una utilización errónea opremeditadamente negativa del mismo, mis aclaraciones previas sólo tendrán un carácterpuramente descriptivo. Como he mencionado antes, no es el medio lo que importa en estecaso, sino los resultados que gozosamente tuvimos a bien alcanzar. Descargo así misescrúpulos de conciencia y confío en que algún día -si la humanidad recupera el perdido sentidode la justicia y de los valores del espíritu- sean los responsables de este sublime hallazgoquienes lo den a conocer al mundo en su integridad.Fue en la primavera de 1964 cuando, confidencialmente y por pura casualidad, llegó hastamis oídos la existencia de un ambicioso y revolucionario proyecto, auspiciado por la AFOS! y laAFORS2 y en el que trabajaba desde hacía años un nutrido equipo de expertos del Instituto deTecnología de Massachusetts.Yo había sido seleccionado en octubre de 1963, con otros trece pilotos de la USAF, para unode los proyectos de la NASA. En mi calidad de médico e ingeniero en física nuclear, y puestoque seguía perteneciendo a la OAR, me encomendaron un trabajo específico de supervisión delllamado VIAL o Vehículo para la Investigación del Aterrizaje Lunar. En la mencionada primaverade 1964, dos de estas curiosas máquinas voladoras -en las que se iniciaron los primerosensayos para los futuros alunizajes del proyecto Apolo- llegaron al fin al lugar donde yo habíasido destinado: el Centro de Investigación de Vuelos de la NASA, en la base de Edwards, de lasfuerzas aéreas norteamericanas, a ochenta millas al norte de Los Angeles.1 La OAR es la Oficina de Investigación Aeroespacial. (Nota del traductor.)2 AFOSI y AFORS son las siglas de la Air Force Office of Special Investigations (Oficina de InvestigacionesEspaciales de la Fuerza Aérea) y de la Air Force Office of Scientific Research (Oficina de Investigación Científica de laFuerza Aérea), respectivamente. (N. del t.)Caballo de TroyaJ. J. Benítez39En aquel paisaje desolado -en pleno corazón del desierto Mojave- permanecí hasta últimosde 1964, en que concluyeron con éxito las pruebas preliminares de vuelo de los VIAL.No tengo que repetir que aquellas pruebas y otros proyectos -en especial los de la USAF-habían sido calificados como «altamente secretos». El ingreso en el recinto de la base y en elde las experiencias en particular era limitado al personal especialmente acreditado.Durante meses conviví con otros candidatos a astronautas, oficiales, científicos y técnicos -todos ellos en posesión de la top secret security clearance1 llegando a mis oídos un fantásticoproyecto: la Operación Swivel (“Eslabón”).Una vez finalizado mi trabajo en Edwards, la NASA estimó que debía incorporarme al CentroMarshall, de vuelos espaciales. Mi verdadera vocación ha sido siempre la investigación.Concretamente, el joven «mundo» de la teoría unificada de las partículas elementales. Sinembargo, mis inquietudes en aquel mes de diciembre de 1964 discurrían por otros derroteros.Los costos de la NASA habían empezado a dispararse y el Centro Marshall trabajaba día y nochepara encontrar nuevos sistemas o fuentes de energía, que abaratasen las costosas baterías«químicas» de los proyectos Explorer, Mercury y Geminis.Una semana antes de Navidad, y por motivos de mi trabajo, tuve que volar nuevamente a labase de Edwards. Durante uno de los almuerzos con el personal especializado conocí al nuevojefe del proyecto Swivel, el general…, un hombre sereno y de brillante inteligencia, que supoescuchar pacientemente mis disquisiciones y lamentos sobre la miopía mental de algunos altoscargos de la NASA, que habían rechazado una y otra vez mis sugerencias sobre la necesidad desustituir las anticuadas baterías químicas por células de carburante o por baterías atómicas.El general pareció interesarse por algunos de los detalles de las pilas atómicas y yo -loreconozco- me desbordé, saturándole con la lluvia de datos e información en torno a lasexcelencias del plutonio 238, del curio 244 y del prometio 147… Antes de retirarse de la mesa,el general me hizo una sola pregunta: «¿Quiere trabajar conmigo? »Gracias al cielo, mi respuesta fue un fulminante: «Sí.»De esta forma, en enero de 1965 abandonaba definitivamente la NASA, para incorporarme almódulo de experiencias de la USAF, en Mojave. Yo había conocido a buena parte de loscientíficos y militares que se afanaba en aquel fantástico proyecto durante mi anterior etapa enla base de Edwards. Esto facilitó las cosas y mi definitiva integración en la Operación Swivel fuerápida y total.Durante los primeros meses, mi papel -de acuerdo con los deseos del general que me habíacontratado y al que de ahora en adelante llamaré con el nombre supuesto de «Curtiss»- secentró en una frenética investigación en torno a un sistema auxiliar de abastecimiento deenergía mediante una batería atómica llamada SNAP-9A, que son las siglas de Systems forNuclear Auxiliary Powers2.En esas fechas, el proyecto había superado ya las primeras y obligadas fases deexperimentación. Estas habían tenido lugar -siempre en el más férreo de los secretos- entre1959 y 1963. Nunca supe -y tampoco me preocupó en exceso- quién o quiénes habían sido lospromotores o descubridores del sistema básico que había permitido concebir semejanteaventura. En algunas de mis múltiples conversaciones con el general Curtiss, este insinuó que -aunque en el equipo inicial habían participado algunos de los veteranos científicos del proyectoManhattan, que «dio a luz» la bomba atómica- «el cambio de criterios en relación con lanaturaleza de las mal llamadas partículas elementales o subatómicas procedía de Europa». Alparecer, y a través de la CIA, las fuerzas aéreas norteamericanas habían recibido -procedentesde Europa occidental- una serie de documentos en los que se hablaba de un brusco cambio de180 grados en la interpretación de la física cuántica.En esencia, ya que no es mi intención aquí y ahora alargarme excesivamente en cuestionespuramente técnicas, ese «sistema básico» que había impulsado la operación consistía en eldescubrimiento de una entidad elemental -generalizada en el cosmos- en la que la ciencia no1 Autorización para tener acceso a determinados secretos que afectan a la defensa nacional en los Estados Unidas.(N. del t.)2 Sistema de Energía Nuclear Auxiliar. Fueron utilizados, en efecto, por la NASA y el AEC para usos espaciales.Estas baterías de isótopos radiactivos pueden producir varios centenares de vatios de electricidad durante períodossuperiores a un año. (N. del t.)Caballo de TroyaJ. J. Benítez40había reparado hasta ese momento y que ha resultado, y resultará en el futuro, la «piedraangular» para una mejor comprensión de la formación de la materia y del propio universo.Esa entidad elemental que fue bautizada con el nombre de swivel puso de manifiesto quetodos los esfuerzos de la ciencia por detectar y clasificar nuevas partículas subatómicas no eranotra cosa que un estéril espejismo. La razón -minuciosamente comprobada por los hombres dela operación en la que trabajé- era tan sencilla como espectacular: un swivel tiene la propiedadde cambiar la posición u orientación de sus hipotéticos «ejes»1 transformándose así en unswivel diferente.El descubrimiento dejó perplejos a los escasos iniciados, arrastrándolos irremediablemente auna visión muy diferente del espacio, de la configuración íntima de la materia y del tradicionalconcepto del tiempo.El espacio, por ejemplo, no podía ser considerado ya como un «continuo escalar» en todasdirecciones. El descubrimiento del swivel echaba por tierra las tradicionales abstracciones del«punto», «plano» y «recta». Estos no son los verdaderos componentes del universo. Científicoscomo Gauss, Riemann, Bolyai y Lobatschewsky habían intuido genialmente la posibilidad deampliar los restringidos criterios de Euclides, elaborando una nueva geometría para un «nespacio». En este caso, el auxilio de las matemáticas salvaba el grave escollo de la percepciónmental de un cuerpo de más de tres dimensiones. Nosotros habíamos supuesto un universo enel que los átomos, partículas, etc., forman las galaxias, sistemas solares, planetas, camposgravitatorios, magnéticos, etc. Pero el hallazgo y posterior comprobación del swivel nos dio unavisión muy distinta del Cosmos: el Espacio no es otra cosa que un conjunto asociado defactores angulares, integrado por cadenas y cadenas de swivels. Según este criterio, el cosmospodríamos representarlo -no como una recta-. Sino como un enjambre de estas entidadeselementales. Gracias a estos cimientos, los astrofísicos y matemáticos que habían sidoreclutados por el general Curtiss para el proyecto Swivel fueron verificando con asombro cómoen nuestro universo conocido se registran periódicamente una serie de curvaturas uondulaciones, que ofrecen una imagen general muy distinta de la que siempre habíamos tenido.Pero no quiero desviarme del objetivo principal que me ha empujado a escribir estas líneas.A principios de 1960, y como consecuencia de una más intensa profundización en los swivels,uno de los equipos del proyecto materializó otro descubrimiento que, en mi opinión, marcará unhito histórico en la humanidad: mediante una tecnología que no puedo siquiera insinuar, esoshipotéticos ejes de las entidades elementales fueron invertidos en su posición. El resultado llenóde espanto y alegría a un mismo tiempo a todos los científicos: el minúsculo prototipo sobre elque se había experimentado desapareció de la vista de los investigadores. Sin embargo, elinstrumental seguía detectando su presencia…A partir de entonces, todos los esfuerzos se concentraron en el perfeccionamiento delreferido proceso de inversión de los swivels. Cuando yo me incorporé al proyecto, el general meexplicó que, con un poco de suerte, en unos pocos años más estaríamos en condiciones deefectuar las más sensacionales exploraciones… en el tiempo y en el espacio.Poco tiempo después comprendí el verdadero alcance de sus afirmaciones.Al multiplicar nuestros conocimientos sobre los swivels y dominar la técnica de inversión dela materia, apareció ante el equipo una fascinante realidad: «más allá» o al «otro lado» denuestras limitadas percepciones físicas hay otros universos (las palabras sólo sirven paraamordazar la descripción de estos conceptos) tan físicos y tangibles como el que conocemos(?). En sucesivas experiencias, los hombres del general Curtiss llegaron a la conclusión de que1 Aún hoy y puesto que este sensacional hallazgo no ha sido dado a conocer a la comunidad científica del mundo,numerosos investigadores y expertos en física cuántica siguen descubriendo y detectando infinidad de subpartículas(neutrinos, mesones, antiprotones, etc.) que sólo contribuyen a oscurecer el intrincado campo de la física. El día que loscientíficos tengan acceso a esta información comprenderán que todas esas partículas elementales que conforman lamateria no son otra cosa que diferentes cadenas de swivel, cada uno de ellos orientado en una forma peculiar respectoa los demás. Tanto los especialistas que trabajaron en esta operación, como yo mismo, tuvimos que doblegar nuestrasviejas concepciones del espacio euclideo, con su trama de puntos y rectas, para asimilar que un swivel está formadopor un haz de ejes ortogonales que «no pueden cortarse entre sí». Esta aparente contradicción quedó explicada cuandonuestros científicos comprobaron que no se trataba de «ejes» propiamente dichos, sino de ángulos. (De ahí que hayaentrecomillado la palabra «eje» y me haya referido a hipotéticos ejes.) La clave estaba, por tanto, en atribuir a losángulos una nueva propiedad o carácter: el dimensional. (Nota del mayor.)Caballo de TroyaJ. J. Benítez41nuestro cosmos goza de un sinfín de dimensiones desconocidas. (Matemáticamente fue posiblela comprobación de diez.)De estas diez dimensiones, tres son perceptibles por nuestros sentidos y una cuarta -eltiempo- llega hasta nuestros órganos sensoriales como una especie de «fluir», en un sentidoúnico, y al que podríamos definir groseramente como «flecha o sentido orientado del tiempo».En ese raudal de información apareció ante nuestros atónitos ojos otro descubrimiento quecambiará algún día la perspectiva cósmica y que bautizamos como nuestro cosmos «gemelo»1A mí, personalmente, al igual que al general jefe del proyecto, lo que terminó porcautivarnos fue el nuevo concepto del « tiempo». Al manipular con los ejes de los swivels secomprobó que estas entidades elementales no «sufrían» el paso del tiempo. ¡Ellas eran eltiempo!Largas y laboriosas investigaciones pusieron de relieve, por ejemplo, que lo que llamamos«intervalo infinitesimal de tiempo» no era otra cosa que una diferencia de orientación angularentre dos swivels íntimamente ligados. Aquello constituyó un auténtico cataclismo en nuestrosconceptos del tiempo2.No fue muy difícil detectar que -por uno de esos milagros de la naturaleza- los ejes del tiempode cada swivel apuntaban en una dirección común… para cada uno de los instantes quepodríamos definir puerilmente como «mi ahora». Al instante siguiente, y al siguiente y alsiguiente -y así sucesivamente- esos ejes imaginarios variaban su posición dando paso adistintos «ahora». Y lo mismo ocurría> obviamente, con los «ahora» que nosotros llamamos1 Me extenderé poco sobre nuestro «biocosmos» o cosmos gemelo, pero me resisto a ocultar algunas de lascaracterísticas básicas del mismo. Aquellos análisis humillaron aún más si cabe nuestra soberbia científica. En realidad,no existe un único cosmos -como siempre habíamos creído- sino infinito número de pares de Cosmos. La diferenciafundamental detectada entre los elementos de uno y otro (los nuestros, por ejemplo), estriba en que sus estructurasatómicas respectivas difieren en el signo de la carga eléctrica y que nuestros científicos han llamado y siguen llamandoincorrectamente «materia y antimateria«. Nuestro cosmos gemelo, por ejemplo, presenta las siguientes diferencias:1) En sus átomos, la corteza está formada por electrones positivos orbitales y su núcleo por antiprotones(protones negativos).2) Jamás podrán ponerse en contacto ambos cosmos. Tampoco tiene sentido pensar que puedan superponerse yaque no los separan relaciones «dimensionales». (No hay distancias ni simultaneidad en el tiempo.)3) Ambos cosmos poseen la misma masa y el mismo radio, correspondiente a una hiperesfera de curvaturanegativa.4) Cada uno goza de singularidades distintas; es decir, en nuestro cosmos gemelo no hay el mismo número degalaxias ni aquéllas poseen la misma estructura que las «nuestras». No hay, por tanto, otro planeta Tierra gemelo.5) Ambos cosmos fueron «creados» simultáneamente, pero sus flechas del tiempo no tienen por qué estarorientadas en el mismo sentido. (No podemos hablar, en consecuencia, de que dicho cosmos coexiste con el nuestro enel tiempo o de que existió antes o de que existirá después. Únicamente podemos afirmar que existe.)Pero quizá lo que más impresionó a nuestro equipo de investigadores fue verificar que ese cosmos gemelo ejerceuna determinada influencia sobre el nuestro…, y presumiblemente -porque esto no ha sido comprobado aún -el nuestroactúa también sobre aquél. (N. del m.)2 Las sucesivas verificaciones demostraron, por ejemplo, que el tiempo puede asimilarse a una serie de swivelscuyos ejes están orientados ortogonalmente con respecto a los radios vectores que implican distancias. Según esto,descubrimos que puede darse el caso -si la inversión de ejes es la adecuada- que un observador, en su nuevo marco dereferencia, aprecie como distancia lo que en el antiguo sistema referencial era valorado como «intervalo de tiempo». Esfácil comprender entonces por qué un suceso ocurrido lejos de la Tierra (por ejemplo, en un planeta del cumuloglobular M13, situado a 22 500 anos luz) no puede ser jamás simultáneo a otro que se registre en nuestro mundo. Estonos dio la explicación de por qué un objeto que pudiera viajar a la velocidad de la luz acortaría su distancia sobre el ejede traslación, hasta reducirse a una pareja de swivels. Distancia que, aunque tiende a cero, no es nula como apuntaerróneamente una de las transformaciones del matemático Lorentz. (Quizá pueda referirme en otro apartado de esterelato a lo que descubrimos en torno a la velocidad limite o de la luz, al invertir los ejes de los swivels y pasar, portanto, a otros marcos dimensionales.)Y ya que he mencionado el proceso de inversión de ejes de los swivels, debo señalar que, al principio, muchos delos intentos de inversión de la materia resultaron fallidos, precisamente por una falta de precisión en dicha operación.Al no lograr una inversión absoluta, el cuerpo en cuestión -por ejemplo, un átomo de molibdeno- sufría el conocidofenómeno de la conversión de la masa en energía. (Al desorientar en el seno del átomo de Mo1 un solo nucleón -unprotón, por ejemplo-, obteníamos un isótopo del Niobio-10.) Cuando esa inversión fue absoluta, el protón parecíaaniquilado, pero sin quebrar el principio universal de la conservación de la masa y de la energía. (N. del m.)Caballo de TroyaJ. J. Benítez42pasado. Aquel potencial -sencillamente al alcance de nuestra tecnología- nos hizo vibrar deemoción, imaginando las más espléndidas posibilidades de «viajes» al futuro y al pasado1.A partir de esos momentos (1966), el proyecto se subdividió en tres ambiciosos programas.Aunque estrechamente vinculados, los tres equipos se afanaron en la puesta a punto deotros tantos módulos que nos permitieran la exploración -sobre el «terreno»- en tresdirecciones bien distintas:En primer lugar, con un «viaje» a otro marco dimensional dentro de nuestra propia galaxia2.En segundo término, y forzando los ejes del tiempo de los swivels hacia adelante, trasladartodo un laboratorio -con astronautas incluidos- a nuestro propio futuro inmediato.Por último, y siguiendo un proceso contrario, situar otro módulo o laboratorio en el pasadode la Tierra.Yo fui asignado a este tercer proyecto -bautizado como Caballo de Troya- y a él, y a cuantole rodeó basta que fue consumado en enero de 1973, me referiré en esta primera parte deldiario.Desde 1966 a 1969, nuestro módulo -bautizado entre los miembros del equipo como la«cuna» a causa de su parecido con dicho mueble- experimentó sucesivas modificaciones, hastaalcanzar un volumen lo suficientemente grande como para albergar a dos tripulantes.La atención del reducido grupo de científicos que fuimos seleccionados para la OperaciónCaballo de Troya estuvo fija durante muchos meses en la consecución de un sistema quepermitiera una total y segura manipulación de los ejes del tiempo de los swivels de toda la«cuna», tanto manual como electrónicamente.Finalmente, y con la colaboración de la Bell Aerosystems Co., de Niagara Falls -la mismaempresa que diseñó y construyó el ML o módulo lunar para el proyecto Apolo- nos hicimos conun laboratorio de diez pies de alto, con cuatro puntos de apoyo extensibles, de trece pies cadauno y un peso total de 3000 libras.A diferencia del módulo del primero de los proyectos que he citado -cuya operación fuebautizada como Marco Polo- el nuestro no precisaba de un sistema de propulsión. La operaciónde inversión de todas las subpartículas atómicas de la «cuna», incluido el recinto geométrico delmismo, sus ocupantes y la totalidad de los gases, fluidos, etc., que lo integran, podíaefectuarse «en seco»; es decir, sin que el habitáculo y sus pies de sustentación tuvieran que1 Aunque ya he hecho una ligera alusión a este trascendental descubrimiento, trataré de señalar algunas de laslíneas básicas en lo que a esta nueva definición de «intervalo dc tiempo» se refiere. Como he dicho, nuestros científicosentienden un intervalo de tiempo «T» como una sucesión de zwivels cuyos ángulos difieren entre 51 cantidadesconstantes. Es decir, consideremos en un swivel los cuatro ejes (que no son otra cosa que una representación delmarco tridimensional de referencia), y que no existen en realidad: en otras palabras, que son tan convencionales comoun símbolo aunque sirven al matemático para fijar la posición del ángulo real. Si dentro de ese marco ideal oscila elángulo real, imaginemos ahora un nuevo sistema referencial de los ángulos, cada uno de los cuales forma 90 gradoscon los cuatro anteriores. Este nuevo marco de acción de un ángulo real y el anteriormente definido, definenrespectivamente espacio y tiempo. Observemos que los «ejes rectores» que definen espacio y tiempo poseen grados delibertad distintos. El primero puede recorrer ángulos-espacio en tres orientaciones distintas, que corresponden a las tresdimensiones típicas del espacio; el segundo está «condenado» a desplazarse en un solo plano. Esto nos lleva a creerque dos swivels cuyos ejes difieran en un ángulo tal que no exista en el universo otro swivel cuyo ángulo esté situadoentre ambos, definirán el mínimo intervalo de tiempo. A este intervalo, repito, lo llamamos «instante». (N. del m.)2 Como he expresado anteriormente, no puedo sugerir siquiera la base técnica que conduce a la mencionadainversión de todos y cada uno de los ejes de los swivels, pero puedo adelantar que el proceso es instantáneo y que laaportación de energía necesaria para esta transformación física es muy considerable. Esa energía necesaria. puesta enjuego hasta el instante en que todas las subpartículas sufren su inversión, es restituida «íntegramente» (Sin pérdidas),retransformándose en el nuevo marco tridimensional en forma de masa. Los experimentos previos demostraron que,inmediatamente después de ese salto de marco tridimensional, el módulo se desplazaba a una velocidad superior, sinque el cambio brusco de la velocidad (aceleración infinita) en el instante de la inversión fuera acusado por el vehículo.Este procedimiento de viaje como es fácil adivinar- hace inútiles los restantes esfuerzos de los ingenieros y especialistasen cohetería espacial, empeñados aún en lograr aparatos cada vez más sofisticados y poderosos…, pero siempreimpulsados por la fuerza bruta de la combustión o de la fisión nuclear. (Quizá ahora se empiece a entender por qué nopuedo ni debo extenderme en los pormenores técnicos de semejante descubrimiento…) Al llevar a cabo estos saltos ocambios de marco tridimensionales observamos con desconcierto que -en el nuevo marco- la velocidad limite ovelocidad de la luz (299 792,4580 más-menos 0,0012 kilómetros por segundo) cambiaba notablemente. Hasta el puntoque la única referencia que puede reflejar el cambio de ejes es precisamente la medida de esa velocidad o constante C.Tendremos así una familia de valores: C0 C1 C2 C3… C,,, que se extiende desde C0 = 0 (velocidad de la luz nula) a Cn =infinito, cada una representando a un sistema referencial definido. (N. del m.)Caballo de TroyaJ. J. Benítez43moverse del lugar elegido. Nuestro hábitat de trabajo en todos aquellos años (el corazónsalitroso del desierto de Mojave) reunía, además, otro requisito de gran importancia para lasprimeras y decisivas experiencias dé la Operación Caballo de Troya. Los informes geológicosnos tranquilizaron sobremanera al asegurarnos que aquella zona -a pesar de hallarse en el filode la placa tectónica norteamericana, de gran actividad telúrica- no había sufrido grandescambios desde finales del período jurásico, hace más de 135 millones de años, cuando seprodujo la llamada «perturbación Nevadiana». A pesar de todo y como medida complementaria,la «cuna» fue provista de un equipo auxiliar de propulsión, consistente en un motor gemelo aldel VIAL en el que yo había trabajado en el año 1964. General Electric nos proporcionó unmotor principal (de turbina a chorro CF-200-2V), que fue montado verticalmente y que permitíaun rápido y seguro movimiento ascensional1.Estas medidas de seguridad, que fueron muy poco utilizadas, revisten sin embargo una granimportancia. Una de nuestras obsesiones, mientras iba perfilándose el primer «gran viaje» delproyecto Caballo de Troya, era acertar con la orografía del terreno elegido para el salto haciaatrás en el tiempo. Si nuestros informes técnicos erraban en lo que a la configuración física ygeológica del punto de contacto se refería, la inversión de los ejes del tiempo de los swivelspodía resultar catastrófica. La «cuna», por ejemplo, posada en pleno siglo XX en una planicie,podía quedar desintegrada si «aparecía» -por error- en el interior de una montaña y que en elpasado podía haber ocupado ese espacio que hoy estábamos utilizando como punto decontacto.Por tanto, después de infinidad de cálculos y estudios, los hombres del general Curtissaceptamos de buen grado que -salvo contadas excepciones- la fase de inversión debíaprovocarse siempre en el aire, en estado estacionario. Una vez localizado electrónica yvisualmente el punto de contacto, la «cuna» podría ser aterrizada con toda comodidad y sinriesgo alguno de choque o desintegración.Las primeras pruebas de vuelo de la «cuna», cuyo equipo de inversión de masa fuesuprimido en aquellas fechas por elementales razones de seguridad, fueron llevadas a cabo porel entonces piloto-jefe de investigaciones del Centro de la NASA en Edwards, Joseph A. Walker,ya fallecido, y que en los años 1964 y 1965 dirigió y tomó parte en más de 24 vuelosexperimentales del VIAL. Él conocía bien los sistemas de propulsión de los simuladores delmódulo de aterrizaje lunar y su veredicto fue positivo: la «cuna» -a pesar de su destartaladoaspecto- respondía con docilidad.En 1969, con un centenar de ensayos altamente satisfactorios, el equipo fijó definitivamenteen ochocientos pies la altitud ideal para proceder a la inversión de masa. El tiempo medioconsumido en la operación de despegue y estacionario, antes de la fase de inversión, fue fijadoen cinco minutos.Al fin, en el otoño de 1969, el general dio luz verde y cuatro de aquellos singularesastronautas que formábamos el primer equipo de «vuelo al pasado», tuvimos la fortuna deexperimentar hasta un total de seis retrocesos en el tiempo. Todos ellos ejecutados siempre porparejas y en el estacionario fijado (ochocientos pies de altura), en pleno desierto Mojave.Ocuparme ahora de estas fascinantes experiencias me llevaría muy lejos de mi verdaderopropósito. Prescindiré, por tanto, de su descripción, porque, además, quedaron minuciosamenteregistradas en otros tantos informes, actualmente en poder de la Air Force Office of SpecialInvestigations y, desgraciadamente, de la DIA (Defense Intelligence Agency).1 Éste no era otra cosa que un motor a propulsión a chorro J85 al que se le había acoplado un ventilador en lapopa, aumentando así su empuje de velocidad cero desde 2 800 a 4 200 libras. Fue montado en un anillo cardan ymantenido giroscópicamente, apuntando recto hacia abajo, incluso en el caso de posible inclinación de la «cuna». En lasexperiencias previas de aterrizaje. su empuje era regulado exactamente a cinco sextos del peso del módulo.La restante sexta parte del peso del habitáculo completo fue sostenido por otros dos cohetes auxiliaresascensionales, regulables, de peróxido de hidrógeno de quinientas libras de empuje máximo cada uno. Fueronmontados en la estructura principal de la «cuna», pudiendo inclinarse con el vehículo. Ocho pequeños motores cohete,también propulsados por peróxido de hidrógeno, controlaban la posición de la «cuna». Cada cohete de Posición podíaser accionado por una válvula selenoidal individual del tipo de intervalos. Como si se tratase de un pequeño avión, elpiloto podía controlar el cabeceo por medio del movimiento proa-popa, y el bamboleo por el movimiento derechaizquierda,de una palanca. La «cuna» iba provista, incluso, de pedales que proporcionaban el control de «guiñada»Tanto la palanca como los pedales fueron conectados eléctricamente con las válvulas selenoidales. (N. del m.)Caballo de TroyaJ. J. Benítez44Si apuntaré, no obstante, que el delicado sistema de retroceso y ajuste de los ejes deltiempo de los swivels en las fechas programadas por el equipo resultaron asombrosamenteprecisos, gracias a la revolucionaria red de computadores1 que había servido desde uncomienzo para la localización de los swivels y que fueron incorporados al sistema de inversiónde masa.Como es natural, de poco hubiera servido aquel gigantesco esfuerzo si nuestra tecnología nohubiera sido capaz de modificar los haces de los swivels -y concretamente los ejes del tiempo-forzándolos a los nuevos ángulos. La red de ordenadores, por un complejo procedimiento, llegóa afinar ese «traslado» de los «ejes» y, en definitiva, del módulo> con un error de «más-menosdos horas» en las fechas deseadas.Y al fin llegó el gran día. El general Curtiss nos convocó a una reunión de urgencia.Los hombres de la Operación Caballo de Troya -siempre bajo el mando de Curtiss- perfilaronmedia docena de «viajes», a cual más fascinante. Sin embargo, la lógica y un estricto sentidodel orden hacían poco recomendable la puesta en marcha de varios proyectos a un mismotiempo. Había que decidirse por una primera exploración, sin relegar por ello al olvido el restode las proposiciones. Tras muchas horas de debate, y por unanimidad, la cumbre de científicosy especialistas -en sesión de urgencia en la base de Edwards- eligió tres «momentos» de lahistoria de la humanidad como posibles e inmediatos candidatos para una elección final. Era el10 de marzo de 1971.Los tres objetivos en cuestión fueron los siguientes:1.º Marzo-abril del año 30 de nuestra era. Justamente, los últimos días de la pasión ymuerte de Jesús de Nazaret.2.º El año 1478. Lugar: Isla de Madera. Objetivo: tratar de averiguar si Cristóbal Colón pudorecibir alguna información confidencial, por parte de un predescubridor de América, sobre laexistencia de nuevas tierras, así como sobre la ruta a seguir para llegar hasta ellas.3.º Marzo de 1861. Lugar: los propios Estados Unidos de América del Norte. Objetivo:conocer con exactitud los antecedentes de la guerra de Secesión y el pensamiento del reciénelegido presidente Abraham Lincoln.1 Aunque tampoco considero oportuno desvelar la naturaleza íntima de este formidable conjunto de ordenadores, sípuedo aclarar que, a diferencia de los sistemas tradicionales de computadores, los utilizados en la Operación Caballo deTroya no están integrados por circuitos electrónicos. Es decir, por tubos de vacío, componentes basados en el estadosólido, tales como transistores o diodos sólidos, conductores y semiconductores, inductancias, etc., sino por unosórganos integrados topológicamente en cristales estables llamados «amplificadores nucleicos». Su característicaprincipal es que en ellos no se amplifican las tensiones o intensidades eléctricas como en los amplificadores comunes,sino la potencia. Una función energética de entrada inyectada al amplificador nucleico es reflejada en la salida en otrafunción analíticamente más elevada. La liberación controlada de energía se realiza a expensas de la masa integrada enel amplificador, y el fenómeno se verifica dimensionalmente a escala molecular. En el proceso intervienen lossuficientes átomos para que la función pueda ser considerada macroscópicamente como continua.En cuanto a la estructura básica de estos superordenadores -y también con carácter puramente descriptivo- puedodecir lo siguiente:Los computadores digitales usados corrientemente utilizan generalmente una memoria central de núcleosmagnéticos de ferrita y diversas unidades de memoria periférica, de cinta magnética, discos, tambores, varillas conbanda helicoidal, etc. Todas ellas son capaces de acumular, codificados magnéticamente, un número muy limitado debits, aunque siempre se hable de cifras de millones de dígitos. Las bases técnicas, en cambio, de los ordenadores delproyecto Caballo de Troya -basados en el titanio- son distintas. Sabemos que la corteza electrónica de un átomo puedeexcitarse, alcanzando los electrones diversos niveles energéticos que llamamos «cuánticos». El paso de un estado aotro lo realiza liberando o absorbiendo energía cuantificada que lleva asociada una frecuencia característica. Así, unelectrón de un átomo de titanio puede cambiar de estado en la corteza, liberando un fotón, pero en el átomo de titanio,como en otros elementos químicos, los electrones pueden pasar a varios estados emitiendo diversas frecuencias. A estefenómeno lo denominamos «espectro de emisión característico de este elemento químico», que permite identificarlo porvaloración espectroscópica. Pues bien, si logramos alterar a voluntad el estado cuántico de esta corteza electrónica deltitanio, podemos convertirlo en portador, almacenador o acumulador de un mensaje elemental: un número. Si el átomoes capaz de alcanzar, por ejemplo, doce o más estados, cada uno de esos niveles simbolizará o codificará un guarismodel cero al doce. Pero una simple pastilla de titanio consta de billones de átomos. Podemos imaginar, pues, lainformación codificada que será capaz de acumular. Ninguna otra base macrofísica de memoria puede comparársele.De momento, no me es lícito explicar cómo conseguimos la excitación de esos átomos del titanio… (N. del m.)Caballo de TroyaJ. J. Benítez45Cada uno de los proyectos había sido preparado exhaustivamente, hasta en sus más mínimosdetalles. Yo encabezaba y defendí enconadamente el segundo de los «viajes». A través denumerosas lecturas y contactos con expertos de la universidad de Yale, había llegado alconvencimiento de que Colón no fue el primer descubridor de las tierras americanas y aquéllaera una magnífica oportunidad de conocer la verdad. Pero, tanto el «viaje» a la guerra deSecesión como a la isla portuguesa de Madera terminaron por ser aparcados, en beneficio delprimero: el traslado en el tiempo al año 30 de nuestra era. A pesar del natural disgusto de losdefensores de los proyectos eliminados, todos reconocimos que el nivel de riesgos erasensiblemente inferior en el «gran viaje» a la Jerusalén de Cristo que a la guerra de Secesiónestadounidense o al siglo XV. En el caso de la exploración en tiempos de Lincoln, losastronautas elegidos podían correr evidentes peligros físicos y ni el general Curtiss ni el restode los componentes de la Operación Caballo de Troya estábamos dispuestos a poner en juegola seguridad de nuestros hombres. En cuanto al «viaje» que yo propugnaba, la falta deprecisión en la fecha exacta en que el «prenauta» pudo arribar con su carabela a la isla deMadera fue determinante. Nuestra aportación histórica, aunque rigurosa, arrojaba un inevitablemargen de error1.Como un solo hombre, a partir de aquella decisiva y final determinación, los 61 miembrosdel equipo Caballo de Troya -de «exploración al pasado»- nos volcamos en la puesta a punto dela que iba a ser nuestra primera aventura oficial en el tiempo.No voy a negar que en aquellas semanas que siguieron a mí elección por el general Curtisspara tripular la «cuna» y «descender» en el tiempo de Jesús de Nazaret, mi estado de ánimo sevio profundamente alterado. A pesar de la innegable alegría que supuso el formar parte de laprimera pareja de «exploradores» a otro tiempo, la responsabilidad de tan compleja operaciónme abrumó y fueron necesarios muchos días para lograr adaptarme y asimilar serenamente micompromiso.Nunca supe con exactitud por qué el jefe del proyecto Swivel me designó para aquel «granviaje». Es muy posible que, a la hora de valorar conocimientos y condiciones personales, otroscompañeros deberían haber ocupado mi puesto por un amplio margen de méritos. Curtiss, enuna de las múltiples entrevistas que celebré con él a raíz de mi nombramiento, dejó entreverque la naturaleza de la exploración exigía, fundamentalmente, la presencia de un hombreescéptico en materia religiosa. Al contrario de otros muchos miembros del equipo, yo nomilitaba en iglesia o movimiento religioso alguno, siendo patente mi carácter agnóstico. Por mírígida educación científica y militar, y aunque siempre procuré respetar las creencias einclinaciones religiosas de los demás, yo no había sentido jamás la menor necesidad derefugiarme o de buscar aliento en ideas trascendentales.¡Qué poco podía imaginar lo que me reservaba el destino! Y tuve que reconocer con elgeneral que, en efecto, la objetividad era una de las condiciones básicas para desempeñaraquella «observación» de la historia con un mínimo de rigor.Mi trabajo en aquel «traslado» al año 30 -al igual que el de mi compañero- exigía laaceptación y cumplimiento de una norma, que se había convertido en regla de oro para latotalidad del equipo del proyecto Caballo de Troya: los exploradores no podían -bajo ningúnconcepto, ni siquiera el de la propia supervivencia- alterar, cambiar o influir en los hombres,grupos sociales o circunstancias que fueran el objetivo de nuestras observaciones o que,sencillamente, pudieran surgir en el transcurso de las mismas. Cualquier vacilación a la hora deasumir esta premisa principal era motivo de una fulminante expulsión del grupo deexploradores. Este hecho inviolable presuponía ya una absoluta objetividad en losobservadores. No obstante, el general, en un rasgo de sutil prudencia, prefirió que -en nuestrocaso- la objetividad fuera de la mano de una especial asepsia en materia religiosa.Como es fácil comprender, un medio tan poderoso como la manipulación de los ejes deltiempo de los swivels podría ser sumamente peligroso, de caer en manos de individuos sin1 Tomando como referencia -más que probable- la fecha de 1478 para el asentamiento de Cristóbal Colón en la islade Madera, donde su suegra regentaba una taberna, y de acuerdo con los testimonios de Las Casas y de la leyendataina, era muy posible que los misteriosos «predescubridores» de América hubieran visitado las islas del Caribe(especialmente La Española) en los meses inmediatamente anteriores a dicha fecha. Quizá en 1476 o 1477. Hubierasido; por tanto, en ese año de 1478 cuando pudo producirse el retorno de los involuntarios «descubridores» haciaEuropa, con una fortuita escala en la referida isla portuguesa. (N. del m.)Caballo de TroyaJ. J. Benítez46escrúpulos o con una visión fanática y partidista de la historia. En las seis primeras inversionesde masa que fueron practicadas con carácter puramente experimental en el desierto de Mojavepudo comprobarse que el trasvase del módulo y de los pilotos a otras fechas remotas noafectaba a la naturaleza física de los mismos ni tampoco al psiquismo o a la memoria de lostripulantes. Estos, mientras duró el «salto hacia atrás», fueron conscientes en todo momentode su propia identidad, recordando con normalidad a qué época pertenecían. En el grupo sediscutió a fondo y con toda honestidad las gravísimas repercusiones que hubiera entrañadopara una persona, o para una colectividad, la trágica circunstancia de que «alguien» de unaépoca pasada pudiese resultar muerto en un enfrentamiento, por ejemplo, con alguno denuestros exploradores. Si el principio causa-efecto respondía a una realidad, los resultadoshistóricos podían ser funestos.De ahí que nuestra misión -por encima de todo- sólo podía aspirar a la observación y análisisde los hechos, personajes o épocas elegidos. Y no era poco…Por fortuna para el proyecto Caballo de Troya, nuestras relaciones con el Estado de Israeleran inmejorables, en especial a partir de la guerra de los Seis Días. Era primordial para laejecución del «gran viaje» que la «cuna» pudiera ser trasladada a Palestina y ubicada en el«punto de contacto» elegido. Todo ello -además- sin levantar sospechas. Pero poco puedoreferir sobre estas gestiones, que pesaron íntegramente sobre las espaldas del general Curtiss.Sólo al final, cuando apenas faltaban dos meses para la cuenta atrás, los más allegados al jefedel proyecto supimos de los obstáculos surgidos, de las duras condiciones impuestas por elGobierno de Golda Meir y de los fallidos pero irritantes intentos de la CIA por hacerse con elcontrol de la operación.Aquellos combates en la oscuridad de los despachos y de la burocracia estatal pasaroninadvertidos para mi y para el resto del equipo, enfrascados en la última fase de lospreparativos de la aventura. (Ahora doy gracias al Cielo por esta supina ignorancia…)El resto de 1971, así como la casi totalidad de 1972, mi centro de operaciones cambiónotablemente. Durante esos dos años, mi tiempo se repartió entre el pueblecito de Malula, launiversidad de Jerusalén y la base de Edwards. La Operación Caballo de Troya contemplaba dosfases perfectamente claras y definidas.Una primera, en la que el módulo sufriría el ya conocido proceso de inversión de masa,forzando los ejes del tiempo de los swivels hasta el día, mes y año previamente fijados. En esteprimer paso, como es lógico, mi compañero y yo permaneceríamos a bordo hasta el «ingreso»en la fecha designada y definitivo asentamiento en el Punto de contacto.La segunda -sin duda la más arriesgada y atractiva- obligaba al abandono de la «cuna» porparte de uno de los exploradores, que debía mezclarse con el pueblo judío de aquellos tiempos,convirtiéndose en testigo de excepción de los últimos días de la vida de Jesús el Galileo. Ese erami «trabajo».Este cometido -en el que no quise pensar hasta llegado el momento final- me obligó duranteesos años a un febril aprendizaje de las costumbres, tradiciones más importantes y lenguas deuso común entre los israelitas del año 30.Buena parte de esos 21 meses los dediqué a la dura enseñanza de la lengua que hablabaCristo: el arameo occidental o galilaico. Siguiendo los textos de Spitaler y de su maestro en launiversidad de Munich, Bergsträsser, no fue muy difícil localizar los tres únicos rincones delplaneta donde aún se habla el arameo occidental: la aldea de Ma’lula, en el Antilibano, y laspequeñas poblaciones, hoy totalmente musulmanas, de Yubb’adin y Bah’a, en Siria1.Y aunque el árabe ha terminado por saltar las montañas del Líbano, contaminando ellenguaje de los tres pueblos, la fonética y morfología siguen siendo fundamentalmentearameas.1 Como información complementaria puedo añadir que el acceso a la aldea de Ma’lula -al menos en los años 1971 y1972- podía efectuarse por la carretera de Damasco a Homs. Al alcanzar el kilómetro cincuenta hay que tomar undesvío a la izquierda. Tras remontar nueve kilómetros de pendiente aparece ante la vista un monasterio católico demonjes basilios. Al pie de ese monasterio se encuentra Ma’lula, con sus escasos mil habitantes. Toda la población eracatólica. La iglesia está a cargo de un sacerdote libanés que habla árabe. En esta lengua, precisamente, se desarrolla laliturgia, aunque el lenguaje del pueblo es el arameo occidental, muy mezclado ya por el propio árabe y otras palabras yexpresiones turcas, persas y europeas. (N. del m.)Caballo de TroyaJ. J. Benítez47Una oportuna documentación que me acreditaba como antropólogo e investigador delenguas muertas por la universidad de Cornell, me abrió todas las puertas, pudiendo completarmis estudios en la universidad de Jerusalén. Allí contrasté mis conocimientos del arameogalilaico, aprendido entre las sencillas gentes del Antilíbano, con otras fuentes como el Targumpalestino y el arameo literario de Qumrán, el nabateo y palmireno.Por último -como complemento- mi preparación se vio enriquecida con unas nociones básicaspero suficientes del griego y el hebreo míshnico, que también se hablaban en la Palestina deCristo.Recorrí infinidad de veces los llamados por los católicos Santos Lugares, aunque eraconsciente de que aquel reconocimiento del terreno de poco iba a servirme a la hora de laverdad…Tampoco quise profundizar excesivamente en los textos bíblicos en los que se narra lapasión, muerte y resurrección del Salvador. Por razones obvias, preferí enfrentarme a loshechos sin ideas preconcebidas y con el espíritu abierto. Si mi obligación era observar ytransmitir la verdad de lo que ocurrió en aquellos días, lo más aconsejable era conservaraquella actitud limpia y desprovista de prejuicios.Al retornar a la base de Edwards, a finales de 1972, todo eran caras largas. Pronto supe -y laconfirmación final llegó de labios del propio Curtiss- que, a pesar de las gestiones, al más altonivel, el Gobierno israelí no daba su autorización para la entrada en su país de la «cuna» y delresto del sofisticado equipo. Lógicamente, tenían derecho a saber de qué se trataba y el jefe delproyecto Caballo de Troya tampoco había dado facilidades para solventar este extremo de lacuestión.El más estricto sentido de la seguridad, sin embargo, hacia inviable que el general pudieraadvertir a los israelitas sobre la auténtica naturaleza de la operación. ¿Qué podíamos hacer?Después de un agitado diciembre -en el que, sinceramente, llegamos a temer por el éxito del«gran viaje»- el Pentágono, siguiendo las recomendaciones de Curtiss, planeó una estrategiaque doblegó a los judíos. Desde 1959, tanto la Unión Soviética como nuestro país veníandesarrollando un programa secreto de satélites espías destinados a una mutua observación detodo tipo de instalaciones militares, industriales, agrícolas, urbanas, etc. Estos «ojos volantes»fueron ganando en penetración, especialmente a partir de los llamados «satélites de la tercerageneración» en 1966. En una cuarta generación, el Pentágono con la colaboración de empresasespecializadas en fotografía (la Eastman Kodak, la Itek Corporation y la Perkin-Elmer) habíaconseguido situar en órbita un nuevo modelo de satélite (la serie Big Bird), cuyo instrumentalera capaz de fotografiar, a 150 kilómetros de altura, los titulares del periódico de un hombreque estuviera sentado en la plaza Roja de Moscú. A pesar de la gran reserva del NationalReconnaissance Office -un departamento especializado y responsable de este tipo deinformaciones, con sede en el propio Pentágono- algunas de las características del Big Birdterminaron por filtrarse entre los servicios de Inteligencia de otros países. El Gobierno de GoldaMeir había presionado en numerosas ocasiones para que la precisa red de nuestros satélitesespías pudiera proporcionarles información gráfica de los movimientos de tropas, asentamientode rampas, nuevas construcciones, etc., de los países árabes. Pues bien, aquélla fue nuestraoportunidad.Desde hacia aproximadamente año y medio -desde comienzos de 1971- el Pentágono habíaempezado a trabajar en un nuevo diseño de satélites Big Bird: el KH II.Curtiss, previa autorización del Alto Estado Mayor del Ejército de los Estados Unidos y trasentrevistarse personalmente con el presidente Nixon y el secretario de Estado Kissinger, volónuevamente a Jerusalén. Esta vez si ofreció a la primer ministro, Golda Meir, y a su ministro dela Guerra, el legendario Moshe Dayan, una explicación «satisfactoria»: dentro del más rigurosode los secretos, EE.UU. deseaba colaborar con el país amigo -Israel- montando un laboratoriode recepción de fotografías para sus Big Bird. De esta forma, los judíos podían disponer de unrápido y fiel sistema de control de sus enemigos y mi país, de una nueva y estratégica estación,que ahorraba tiempo y buena parte de la siempre engorrosa maniobra de recuperación de lasocho cápsulas desechables que portaba cada satélite y que eran rescatadas cada quince días enlas cercanías de Hawai. Desde un punto de vista puramente militar, la Operación resultaba,además, de gran interés para los Estados Unidos, que podían así fotografiar a placer franjas tan«inestables» (políticamente hablando) como las de las fronteras de la URSS con Irán yCaballo de TroyaJ. J. Benítez48Afganistán y otras zonas de Pakistán y del Golfo Pérsico, pudiendo recibir cientos de negativosen la nueva estación «propia» (la israelita), a los tres minutos de haber sobrevolado dichasáreas1.Gracias a este sutil engaño, el general Curtiss y parte del equipo del proyecto Caballo deTroya, conseguían aterrizar a primeros de enero de 1973 en Tel Aviv. Para evitar sospechas, yde mutuo acuerdo con el Mossad (servicio de Inteligencia israelí), la USAF acondicionó un aviónJumbo, en el que habían sido eliminados los asientos, cargando en sus cabinas diez toneladasde instrumental «altamente secreto». Del falso reactor de pasajeros, camuflado, incluso, conlos distintivos de la compañía judía El Al, descendió un nutrido grupo de aparentes y pacíficosturistas norteamericanos. Era el 5 de enero.Lo que nunca supieron los sagaces agentes del servicio de Inteligencia israelí es quemezclada con el material para la estación de recepción de fotografías vía satélite, viajabatambién nuestra «cuna»El plan de Curtiss era sencillo. En un minucioso estudio elaborado en Washington por elCIRVIS (Communication Instruction for Reporting Vital Intelligence Sightings)2, con lacolaboración del Departamento Cartográfico del Ministerio de la Guerra de Israel, la instalaciónde la red receptora de imágenes del Big Bird debía efectuarse en un plazo máximo de seismeses, a partir de la fecha de llegada del material. Los especialistas debían proceder -en unaprimera etapa- a la elección del asentamiento definitivo. Los militares habían designado tresposibles puntos: la cumbre del monte Olivete o de los Olivos -a escasa distancia de la ciudadsanta de Jerusalén-; los Altos del Golán, en la frontera con Siria, o los macizos graníticos delSinaí.Astutamente, el general Curtiss había hecho coincidir la primera de las posibles ubicacionesde la estación receptora con nuestro punto de contacto para el «gran viaje». Mucho antes deque el Gobierno de Golda Meir obstaculizara la marcha de nuestra operación, los especialistasdel proyecto Caballo de Troya habían estimado que el referido monte Olivete era la zonaapropiada para la toma de tierra de la «cuna». Su proximidad con la aldea de Betania y conJerusalén la habían convertido en el lugar estratégico para el «descenso». Y aunque losisraelitas mostraron una cierta extrañeza por la designación de aquella colina, como la primerade las tres bases de experimentación, parecieron bastante convencidos ante las explicacionesde los norteamericanos. Israel se veía envuelto aún en numerosas escaramuzas con susvecinos, los egipcios y sirios. De haber iniciado la instalación de la estación receptora por elSinaí o por el Golán, los riesgos de destrucción por parte de la aviación enemiga hubieran sidomuy altos.Era necesario ganar tiempo y -sobre todo- adiestrar a los judíos en el manejo de los equiposcon un amplio margen de seguridad y sin sobresaltos.Una vez localizado el asentamiento ideal, verificados los numerosos controles e instruidos losisraelitas, el laboratorio entraría en la fase operativa, compartido siempre por ambos países.Eso suponía, según todos los indicios, un plazo de tiempo más que suficiente para nuestrotrabajo.Los judíos, en suma, aceptaron con excelente sumisión los consejos de los norteamericanosy colaboraron estrechamente en el transporte y vigilancia de los equipos.Los hombres de la Operación Caballo de Troya estaban de acuerdo desde mediados de 1972en que el «punto de contacto» debía ser la pequeña plazoleta que encierra la mezquitaoctogonal llamada de la Ascensión del Señor. El alto muro que rodea la reliquia de la época delas cruzadas era el baluarte perfecto para esquivar las miradas de los curiosos. Curtiss, con elresto del grupo, habían previsto hasta los más insignificantes detalles. La experiencia fue fijada1 La serie de satélites artificiales Big Bird o Gran Pájaro -y en especial el prototipo KH II- pueden volar a unavelocidad de 25 000 kilómetros por hora, necesitando un total de 90 minutos para dar una vuelta completa al planeta.Como ésta oscila ligeramente durante ese lapso de tiempo (22 grados, 30 minutos), el Big Bird sobrevuela durante lavuelta siguiente una banda diferente de la Tierra y vuelve a su trayectoria original al cabo de 24 horas. Si el Pentágono«descubre« algo de interés, el satélite puede modificar su órbita, alargando el tiempo de revolución durante algunosminutos y haciéndolo descender a órbitas de hasta 120 kilómetros de altitud. Una diferencia de un grado y treintaminutos, por ejemplo, cada día, permite cubrir cada diez días una zona conflictiva, sobrevolando todas sus ciudades yzonas de «interés militar». Posteriormente, el Big Bird es impulsado hasta una órbita superior. (N. del m.)2 Instrucciones de Comunicación para Informar Avistamientos Vitales de Inteligencia. (N. del t.)Caballo de TroyaJ. J. Benítez49inexcusablemente para el día 30 de enero de 1973. Era el momento perfecto por varíasrazones: en primer lugar, porque el montaje de los equipos electrónicos de la estaciónreceptora del Big Bird debería iniciarse entre el 20 y 25 de ese mismo mes de enero. Ensegundo término, porque, en esas fechas, la afluencia de peregrinos a los Santos Lugaresexperimentaría un notable descenso. Por último, porque el grupo deseaba honrar así lamemoria de uno de los hombres más grandes de la humanidad: Mahatma Gandhi. Justamenteen ese 30 de enero de 1973 se celebraría el 25 aniversario de su muerte.Por supuesto, la razón primordial era la primera. Caballo de Troya necesitaba una semanapara el ensamblaje y chequeo general de la «cuna». El general Curtiss, a la hora de redactar elproyecto de instalación del laboratorio receptor de fotografías vía satélite, había impuesto unacondición que fue entendida y aceptada por Golda Meir y su gabinete: dado el carácteraltamente secreto de los scanners ópticos utilizados y de algunos elementos electrónicos, elmontaje del instrumental debería correr a cargo -única y exclusivamente- de losnorteamericanos. La seguridad y vigilancia interior de la estación, mientras durase esta fase,sería misión ineludible de los Estados Unidos. El Gobierno de Israel tendría a su cargo laprotección exterior, pudiendo participar en el proyecto una vez ultimado dicho ensamblaje. Estaargucia no tenía otra justificación que mantener alejados a los judíos, permitiéndonos así eldesarrollo completo de nuestro verdadero programa.El salto en el tiempo -programado, como digo, para el martes, 30 de enero- había sidolimitado a un total de once días. Caballo de Troya disponía, por tanto, de un máximo de tressemanas para la puesta a punto de la «cuna», para la ejecución de la aventura propiamentedicha y para el no menos delicado retorno.Varios días antes de que el falso grupo de turistas norteamericanos partiese de EE. UU. condestino a Tel Aviv, Moshe Dayan había dado las órdenes oportunas para que su servicio secretoactivase una minioperación, de escasa envergadura, pero vital para la «toma de posesión» dela citada mezquita de la Ascensión. Era preciso que nuestros técnicos pudiesen trabajar en elinterior de dicha plazoleta, sin levantar sospechas entre la población y mucho menos entre losmusulmanes, responsables del culto en el tabernáculo octogonal que se levanta en el centro delrecinto.En aquellos días, tanto la OLP (Organización para la Liberación de Palestina), como losservicios secretos egipcios (el Mukhabarat el Kharbeiyah), en perfecta conexión con los agentessoviéticos que todavía operaban en El Cairo, habían desplegado una intensa oleada terrorista enIsrael. Las bombas «postales» estaban de moda y raro era el día en que no se detectaba oestallaba uno de estos mortíferos artefactos en Jerusalén, Tel Aviv o en el resto del país.(Justamente la víspera de nuestra operación -29 de enero- se recibieron en distintasdependencias y organismos de la ciudad de Jerusalén un total de nueve de estas bombas«postales».)El plan del eficacísimo servicio secreto israelí (El Mossad) se consumó en la tarde del 1 deenero. Una pareja de jóvenes agentes, con todo el aspecto de turistas, «olvidó» un sospechosomaletín junto a los recios muros del tabernáculo de la Ascensión. El propio Mossad se encargóde dar la alarma y en cuestión de minutos, la plazoleta y el octógono fueron desalojados,mientras un equipo de especialistas en desactivación de explosivos se encargaba de«inspeccionar» y hacer estallar allí mismo el paquete-bomba de los supuestos terroristas. Elsuceso, dada la naturaleza del lugar y previo acuerdo con los responsables de la custodia de losSantos Lugares, fue ocultado a los medios informativos.Tal y como habían previsto los israelitas de Dayan, la explosión apenas si provocó daños enlas paredes exteriores de la mezquita. Sin embargo, en una rutinaria pero obligada inspeccióndel resto del octógono, agentes del Mossad -haciéndose pasar por arquitectos de la División deZapadores del Ejército- «descubrieron» y enseñaron a los custodios del lugar unas placas oradiografías de los cimientos de la cara este de la mezquita, seriamente afectados por elatentado. Aquello dejó confundidos a los musulmanes. Pero El Mossad lo tenía todo previsto. Enun gesto de «buena voluntad» -y ante el desconcierto de los árabes- el vicepresidente judío,Ygal Allon, convocó a los responsables de la mezquita, informándoles que el Gobierno habíatomado la decisión de reparar los daños, «como muestra de buena fe». La inminenteproximidad de la Pascua judía y de la Semana Santa católica justificó a las mil maravillas lasinusitadas prisas del Gobierno de Golda Meir por acometer la reparación del monumento. NadieCaballo de TroyaJ. J. Benítez50podía sospechar que, bajo aquella oportuna y aparente maniobra política de los judíos, seamparaba una doble intención.La comedia resultó sencillamente perfecta. Aunque los cimientos de la mezquita se hallabanintactos, nadie se atrevió a poner en duda los informes de los supuestos arquitectos.A las cuarenta y ocho horas de la explosión, una «división especial», integrada porarqueólogos y expertos de la universidad de Jerusalén, de la Escuela Bíblica y Arqueológicafrancesa de la Ciudad Santa y del Museo de Antigüedades de Amman, inició los trabajos deexcavación en torno al perímetro de la pequeña mezquita, ante el beneplácito de los árabes.Sinceramente, nunca supimos cómo el Servicio Secreto israelí se las ingenió para «embarcar» adicho grupo en semejante labor de restauración. En algunos momentos, incluso, llegamos asospechar que aquellos discretos y diligentes arqueólogos no eran otra cosa que hombres delMossad.El caso es que, cuando el general Curtiss y el resto del proyecto Caballo de Troya giramosuna primera visita de inspección a la plazoleta de la Ascensión, los obreros habían abiertozanjas junto a la mezquita, levantando dos grandes barracones; uno a cada lado del octógono yde acuerdo con las medidas previamente facilitadas por Curtiss al ejército de Dayan. Los 71pies de diámetro de la plazoleta, cercada por un muro de piedra de otros nueve píes de altura,eran más que suficientes para nuestros propósitos y, por supuesto, para la instalación dellaboratorio receptor de fotografías.Desde el 7 de enero, de una forma escalonada y aprovechando las constantes entradas ysalidas de material, los israelitas y norteamericanos se las arreglaron para introducir en losbarracones la totalidad del material secreto.Una semana después, con el lógico regocijo de Curtiss y de la totalidad de los científicos ymilitares que habíamos tomado parte en el transporte del instrumental, todo estaba dispuestopara el supuesto ensamblaje de la estación receptora del Big Bird. Aquello significó un adelantode casi siete días en el programa.A partir del 15 de enero, el jefe del proyecto Caballo de Troya comunicó a las autoridadesmilitares israelitas que los ingenieros norteamericanos se disponían a iniciar los trabajos demontaje del laboratorio y que, en consecuencia y de acuerdo con lo pactado, el acceso a losbarracones quedaba rigurosamente prohibido a la totalidad del personal no americano. Losjudíos se retiraron al exterior del recinto, manteniéndose, no obstante, un pasillo neutral por elque pudieran circular los «arqueólogos», cuyo cometido no debía ser suspendido bajo ningúnconcepto. Si los árabes llegaban a intuir que aquellas obras de reparación de su mezquita noeran otra cosa que una «tapadera» para ocultar otros objetivos puramente militares, Caballo deTroya y la propia ubicación de la estación receptora se habrían visto en una situación muycomprometida.Los equipos de restauración, por tanto, prosiguieron con su misión, a los pies de los murosdel octógono, mientras nosotros desembalábamos el material, entregándonos a una frenéticatarea de montaje de la «cuna»Pero la alegría del general y también la nuestra iban a sufrir un súbito revés.Los venenosos tentáculos de la CIA -nunca supimos cómo- habían tocado y detectado laoperación conjunta judionorteamericana y la Defense Intelligence Agency1 estaba presionandopara que Kissinger les pusiera al corriente. Las sucesivas negativas del secretario de Estadocrearon fuertes tensiones entre la CIA y los reducidos círculos militares del Pentágono queestaban al tanto de la misión. La situación fue tan insostenible que el general Curtiss fuereclamado a Washington, a fin de apaciguar los ánimos e intentar hallar una solución.Mientras tanto, el resto del equipo Caballo de Troya siguió en su empeño, aunque con losánimos encogidos por la cercanía de la siempre peligrosa sombra de la CIA.En este caso, la manifiesta habilidad de Curtiss no sirvió de gran cosa. El director de laAgencia Central de Inteligencia (CIA), Richard Helms, no estaba dispuesto a ceder. Ante lagravedad de los acontecimientos, y por sugerencia expresa de Kissinger, el presidente Nixon«aconsejaría» pocos días después que Helms dimitiera como director de la CIA. Con el fin dereforzar la confianza del Pentágono, el 4 de enero era designado el general e intimo colaboradorde Curtiss, Alexander Haig, como vicejefe del Alto Estado Mayor del Ejército de los Estados1 Agencia de Inteligencia de la Defensa. (N. del t.)Caballo de TroyaJ. J. Benítez51Unidos. Los periódicos publicaron entonces que la dimisión del director de la CIA se debía a«profundos desacuerdos de Helms con Kissinger en asuntos relacionados con la seguridad delEstado». No iban descaminados, aunque nunca supieron las verdaderas razones de aquelladrástica «operación quirúrgica» en la cúspide de la Agencia Central de Inteligencia y del AltoEstado Mayor del Ejército de Estados Unidos.Una vez capeado el temporal, Curtiss regresó a Jerusalén, reincorporándose a los últimospreparativos de la que -sin duda- iba a ser una de las más grandes aventuras de la Historia dela Humanidad.El 25 de enero de 1973, la «cuna» reposaba ya en el centro del barracón principal. Habíasido montada en su totalidad, excepción hecha de los cuatro puntos de apoyo. Estos, porelementales razones de prudencia, no serían ensamblados hasta pocas horas antes deldespegue. Un hábil dispositivo hidráulico permitía una total apertura de la techumbre delimprovisado hangar en el que se desarrollaban nuestras operaciones. De esta forma, y según loprevisto, el lanzamiento del módulo en la noche del 30 de enero no tendría por qué presentarespeciales dificultades.Supongo que la persona que lea este diario se preguntará cómo un artefacto de lascaracterísticas de nuestra «cuna» podía elevarse sobre el monte Olivete sin llamar la atenciónde la población y del ejército israelita. Mucho antes de poner en marcha esta operación, elproyecto Swivel había incorporado a sus módulos -como condición básica para todas o casitodas las misiones futuras- un sistema de emisión permanente de radiación infrarroja. La«cuna», en el caso que me ocupa, disponía de una especie de «membrana» exterior querecubría la totalidad del vehículo y cuyas funciones -entre otras que no puedo especificar- eranlas siguientes1:1.ª Apantallamiento del módulo, mediante un «escudo» o «colchón» de radiación infrarroja(por encima de los 700 nanómetros).Esta fuente de luz infrarroja hacía invisible la totalidad del aparato, pudiendo maniobrar porencima de cualquier núcleo humano sin ser vistos. Como apuntaba anteriormente, esterequisito era del todo imprescindible para nuestras observaciones, no lastimando así el ritmonatural de los individuos que se pretendía estudiar o controlar.2.ª Absorción -sin reflejo o retorno- de las ondas decimétricas, utilizadas fundamentalmenteen los radares. (En el caso de las pantallas militares israelitas, estos dispositivos de seguridadfueron previamente ajustados a las ondas utilizadas por tales radares: 1 347 y 2 402megaciclos.) Este sencillo procedimiento anulaba la posibilidad de localización electrónica delmódulo, mientras era elevado a 800 pies, punto ideal para la inmediata fase de inversión demasa.3.ª La «membrana» que cubre el blindaje exterior de la «cuna» (cuyo espesor total es de0,0329 metros) debía provocar una incandescencia artificial que eliminase cualquier tipo degermen vivo y que siempre podían adherirse a su superficie. Esta precaución evitaba que talesgérmenes resultaran invertidos tridimensionalmente con la nave. Un involuntario «ingreso» detales organismos en otro «tiempo» o en otro marco tridimensional hubiera podido acarrearimprevisibles consecuencias de carácter biológico.En cuanto al inevitable rugido del motor a chorro J85, que debía situarnos en el«estacionario» ya mencionado, los científicos habían logrado reducirlo a un afilado silbido,mediante la incorporación de potentes silenciadores.1 Como información puramente descriptiva puedo decir que dicha membrana o cubierta de la «cuna» posee unaspropiedades de resistencia estructural muy especiales. Una finísima red vascular, por cuyos conductos fluye unaaleación licuable, mantiene activa la membrana. (Algunos de sus elementos -para que se hagan una idea- no ocupanvolúmenes superiores a 0,07 milímetros cúbicos, estando compuestos, a su vez, por microdispositivos fabricados aescala celular.)Este recubrimiento poroso de la «cuna» -de composición cerámica goza de un elevado punto de fusión: 7 260,64grados centígrados, siendo su Poder de emisión externa igualmente muy alto. Su conductividad térmica, en cambio,resulta muy baja: 2,07113 10-6 « Col/Cm/s/oC/. (Para esta membrana es muy importante que la ablación se mantengadentro de un margen de tolerancia muy amplio.) Para ello se utiliza un sistema de enfriamiento por transpiración, enbase al litio licuado. Además, fue provista de una fina capa de platino coloidal, situada a 0,0108 metros de la superficieexterna. (N. del m.)Caballo de TroyaJ. J. Benítez52Otra cuestión -imposible de solventar hasta ese momento- era el «trueno» provocado en elinstante de la inversión de masa de la «cuna». Afortunadamente para nosotros, ese estampidopodía ser atribuido a cualquiera de los cazas israelitas que evolucionaban día y noche sobre elterritorio y que al cruzar la barrera del sonido desequilibraban las moléculas del aire, dandolugar a lo que en términos aeronáuticos se conoce como un «bang sónico»1.Como había ocurrido en las seis pruebas precedentes, en el desierto de Mojave, el cada vezmás cercano lanzamiento del módulo alteró nuestros ánimos. Curtiss procuró que micompañero de viaje y yo nos apartáramos durante un par de días de la mezquita de laAscensión Pero nuestros pasos terminaban siempre por conducirnos hasta el hangar.Tres días antes del inicio del «gran viaje», el jefe de Caballo de Troya nos convocó a unaúltima reunión, en la que repasamos las líneas maestras de la operación. Curtiss parecíaobsesionado por nuestra seguridad. Ambos conocíamos nuestras respectivas obligaciones, perola insistencia del general nos inquietó. ¿Qué podía estar ocultando el director del proyectoSwivel? Meses después de aquella experiencia, mi «hermano» y yo tuvimos ocasión de conocerla verdadera razón de su inquietud…La estrategia a seguir en el «descenso» al tiempo de Jesús de Nazaret había sido meditada afondo. Una vez en tierra, y tras varias horas de revisión de controles, mi compañero de módulo-a quien de ahora en adelante llamaré «Elíseo»- deberla permanecer durante los once días deexploración al mando de la «cuna». Sólo en caso de alta emergencia podría abandonar la nave.Mi papel, como creo que ya he insinuado, exigía el desembarco a tierra y la aproximación alMaestro de Galilea, a quien debería seguir y observar durante todo el tiempo que me fueraposible.Con el fin de evitar una posible tentación por parte de los exploradores de rebasar el tiempofijado para la operación, el ordenador central de la «cuna» había sido previamente programado-sin posibilidad alguna de prórroga o anulación de dicho programa- para el despegueautomático y el retorno de los ejes del tiempo de los swivels a las 7 horas del 12 de febrero de1973. En esos instantes, todo estaría preparado en el recinto de la mezquita de la Ascensiónpara el reingreso del módulo y su fulminante desmantelamiento.Mientras durase la aventura, los hombres de Curtiss darían por concluido, en el segundobarracón, el montaje del laboratorio receptor de fotografías del Gran Pájaro. Esto permitiría unarápida evacuación del material de Caballo de Troya, así como la entrada del personal israelí enlos hangares.Antes de levantar aquella última sesión de trabajo, Curtiss nos comunicó que -deconformidad con el Pentágono y, por supuesto, con Kissinger- 24 o 36 horas antes deldespegue la atención mundial seria centrada a miles de millas de Jerusalén, reforzando así lasmedidas de seguridad de nuestro salto hacia el siglo I.1 Para un hipotético observador que se encontrase a corta distancia de nuestro módulo -y suponiendo que hubieransido desactivados los sistemas infrarrojos de camuflaje- en el instante de la denominada inversión de masa, aquéltendría la sensación de que la nave había sido «aniquilada». Nada más lejos de la realidad. Como ya he reiterado enotras oportunidades, en el instante en que todos los swivels correspondientes al recinto limitado por la membranacambian los ejes en el marco tridimensional en que está situado el observador, toda la masa integrada en dicho recintodeja de poseer existencia física. No es que dicha masa sea «aniquilada», puesto que el substrato de tal masa laconstituyen los swivels. Dicho de otro modo: la masa deberá interpretarse como una especie de plegamiento de laurdimbre de los Swivels. Nuestros científicos interpretan este fenómeno como si la orientación de esta «depresión» o«pliegue» de las entidades constitutivas del espacio cambiase de sentido, de modo que los órganos sensoriales o losinstrumentos físicos del observador no son capaces de captar tal cambio.En ese instante -que podemos llamar To- el vacío en el recinto es absoluto. No ya una sola molécula gaseosa, y porsupuesto cualquier partícula sólida o líquida, sino ni siquiera una partícula subatómica (protón, neutrino, fotón, etc.)pueden localizarse probabilísticamente en dicho recinto o módulo. Dicho con otras palabras: la función de probabilidades nula en T0. Sin embargo, tal situación inestable dura una fracción infinitesimal de tiempo. El recinto se ve invadidoconsecutivamente por cuantums energéticos. (Es decir, se propagan en su seno campos electromagnéticos ygravitatorios de distintas frecuencias.) Inmediatamente es atravesado por radiaciones iónicas y, al final, se produceuna implosión, al precipitarse el gas exterior en el vacío dejado por la estructura «desaparecida». (N. del m.)Caballo de TroyaJ. J. Benítez53Efectivamente, tal y como había anunciado el general, el 28 de enero de 1973, y después de«intensos esfuerzos por ambas partes», los Estados Unidos y Vietnam firmaban en París eldefinitivo acuerdo que prometía poner fin a la trágica guerra…El 30 de enero, Elíseo y yo apenas si salimos del hangar. La casi totalidad de la jornadatranscurrió en el interior de la «cuna», revisando los equipos. Mi compañero tuvo quesometerse a una última y delicada operación: la inserción en el recto de una reducida sonda,dispuesta para recoger las heces fecales. Éstas, tratadas previamente con unas corrientesturbulentas de agua a 38 grados centígrados, serian succionadas durante los once días de suobligada permanencia en el módulo por un dispositivo miniaturizado que fue acoplado a susnalgas. De esta forma, las heces son descompuestas en sus elementos químicos básicos. Partede éstos son gelificados y transmutados en oxígeno e hidrógeno, sirviendo así para la obtenciónsintética de agua, que es recuperada y devuelta al ciclo orina-agua para la ingestión. El restode los elementos es convertido en lodo y expulsado en forma gaseosa al exterior. En mi caso,este dispositivo para la defecación no era aconsejable, ya que una de las normas básicas deconducta para los exploradores que debían trabajar en el exterior era la de portar el equipomínimo imprescindible y siempre oculto a la vista de los posibles observadores.Sí debía llevar, sin embargo, lo que en el argot de Caballo de Troya llamábamos la «piel deserpiente». Mediante un proceso de pulverización, el explorador cubría su cuerpo desnudo conuna serie de distintos aerosoles protectores, formando una epidermis artificial y milimétrica,capaz de proteger zonas vitales tanto de una posible agresión mecánica como bacteriológica.Aunque esta segunda piel podía adherirse a la totalidad del cuerpo, en razón a la indumentariaque debía vestir, el jefe del proyecto estimó que la coraza -transparente y de extremaelasticidad- debía ser limitada desde los órganos genitales a las respectivas áreas del cuello queprotegen a ambas arterias carótidas.Este eficacísimo traje protector -que algún día resultará de gran utilidad a nuestrosastronautas, submarinistas, etc.-, puede resistir, a la manera de los anticuados chalecosantibala, impactos como el de un proyectil (calibre 22 americano), a veinte pies de distancia,sin interrumpir por ello el proceso normal de transpiración y evitando, como digo, la filtración através de los poros de agentes químicos o biológicos.El proyecto Swivel había desarrollado -en especial para los astronautas de la fascinanteoperación Marco Polo- otros dispositivos que harían palidecer de envidia a los técnicos de laNASA. He aquí algunos de los más sugestivos:Los ojos y boca de los exploradores a otros marcos tridimensionales de nuestra galaxiapueden ir protegidos con un sistema absolutamente revolucionario. Los primeros, por ejemplo,van equipados con un sistema óptico -formado por lentes de gas- que, perfectamentecontroladas por un ordenador, permiten la adecuación de la visión tanto en un medioatmosférico adverso como en el vacío de los espacios siderales.Los oídos de los astronautas, por otra parte, pueden llevar incorporadas sendas cápsulasacústicas miniaturizadas, excitadas por un equipo receptor por ondas gravitatorias. Estosdispositivos sirven para transmitir cortos mensajes entre los componentes de un grupo o, comoen nuestro caso, para sostener una permanente comunicación durante los once días que iba adurar la aventura. Gracias a estas «cabezas de cerillas» -fácilmente ocultas en el interior deloído- tanto Elíseo como yo pudimos saber el uno del otro, sin necesidad de cargar conincómodos aparatos de radio, que hubieran quebrantado, por otra parte, la estricta pureza de laexploración.En cuanto a la alimentación, en el caso de viajes de larga duración, los astronautas sondotados de un doble tubo que conduce, por un extremo, a un dispositivo especial ubicado en laregión lumbar y, por el otro, a un mecanismo sumamente frágil y sujeto al labio inferior. Eltubo está preparado en su interior con una red de cilios mecánicos que impulsan lentamenteunas cápsulas que encierran diversos alimentos concentrados. Estas son de sección elíptica yvan protegidas por una delgadísima película gelatinosa muy soluble en la saliva. El párpado delastronauta, abierto y cerrado una serie secuencial de veces, envía una señal codificada alequipo de la zona lumbar y las cápsulas son impulsadas hasta la boca.La otra conducción transporta un suero nutritivo, con diferentes concentraciones reguladas.Por último, unas cápsulas alojadas en las fosas nasales generan oxígeno y nitrógeno,partiendo de transmutación del carbono puro. Además, el C02 es captado por el mismoCaballo de TroyaJ. J. Benítez54dispositivo y descompuesto en sus elementos básicos: carbono y oxígeno y convertidos, elprimero con liberación energética que se utiliza para el caldeo de la epidermis.Aunque nuestro módulo iba preparado con estos equipos, en realidad apenas si fueronutilizados, a excepción de la «piel de serpiente» y del sistema de transmisión auditiva. La«cuna» había sido dotada con una reserva especial de agua y alimentos, suficiente para ambosexpedicionarios durante un período de tiempo algo superior a los catorce días. Por mi parte, elproblema de la dieta alimenticia no revestía excesivas complicaciones. En mi intensoentrenamiento durante los dos años precedentes, había aprendido los esquemas del régimenalimenticio de los judíos, así como el de los gentiles que convivían en aquellos tiempos con lospobladores de la Judea. Como extranjero -mi atuendo y costumbres habían sido fijados porCaballo de Troya como los de un comerciante griego en vinos y madera-, sabia perfectamentecuáles eran mis limitaciones en este sentido, No obstante, en el supuesto de una emergencia,siempre existía el recurso por mi parte de un retorno al módulo.Mi única salida fuera del hangar fue al atardecer de aquel inolvidable martes. Sin saber porqué, sorteé el andamiaje de los arqueólogos que venían trabajando en la restauración de lamezquita y me introduje en el interior del octógono.Era extraño. Allí, solitario frente a las tres pequeñas velas que alumbran la piedra en la que -según la piadosa imaginación de los peregrinos católicos- aún se ve la huella de un pie que seeleva, me pregunté por qué Caballo de Troya había elegido precisamente la mezquita de laAscensión de Cristo a los cielos como nuestro punto de partida para aquella otra ascensión…En silencio, Eliseo y yo abrazamos a Curtiss y al resto de los compañeros. No hubo muchaspalabras en aquella despedida. Todos éramos conscientes del momento histórico queprotagonizábamos y de los oscuros peligros que podían aguardarnos al «otro lado».-Hasta el 12 de febrero… -murmuró el general con un punto de emoción en sus palabras.-¡Suerte! -añadieron los hombres de Caballo de Troya.Y a las 23 horas (G.M.T., hora Greenwich), la «cuna» comenzó a elevarse hacia unfirmamento blanqueado por las estrellas.En treinta segundos alcanzamos la cota de 800 pies, llevando a cabo el estacionario delmódulo. Todos los sistemas funcionaban según el plan previsto.Aunque nuestra nave no iba a viajar por el espacio -tal y como ocurriría meses después con losexpedicionarios del proyecto Marco Polo- Eliseo y yo, siguiendo las especificaciones del jefe dela Operación Swivel, teníamos la misión de probar uno de los trajes espaciales, especialmentediseñados para los procesos de inversión de ejes de los swivels y para una mejor resistencia enlas fortísimas aceleraciones1.1 El «gran viaje» al año 30 de nuestra Era -como he citado oportunamente-, no suponía un traslado físico por elespacio o por otros marcos tridimensionales, tal y como los humanos concebimos habitualmente los viajes. Sinembargo, en expediciones inmediatamente posteriores a la nuestra -como fue el caso de Marco Polo- los astronautassise vieron sometidos a la dinámica de estas fortísimas aceleraciones, alcanzando en algunos momentos hasta 245metros por segundo cada segundo. Y aunque estos picos de gradientes en la función velocidad duraron fracciones desegundo, tanto la nave como el grupo de pilotos tuvieron que ser debidamente protegidos. No voy a entrar ahora en lospormenores de dicha aventura, pero sí resumiré, a título puramente descriptivo, algunas de las extraordinariascaracterísticas de los trajes espaciales, probados por mi compañero y yo y que habían sido diseñados y desarrollados -en parte- por la Hamilton Standard División de la United Aircraft, en Windson Locks (Connecticut).Este traje consta de una membrana sumamente compleja que rodea periféricamente el cuerpo del astronauta, sinestablecer contacto mecánico alguno con la piel del piloto. Ese espacio que media entre la superficie interna del trajeespacial y la epidermis humana está rigurosamente controlado en función del grado de vasodilatación capilar de dichapiel, así como de su transpiración. De este modo, la temperatura corporal mantiene su valor normal, permitiendo alviajero desarrollar su actividad física. Los componentes del medio interno son regulados en función de la informaciónque brindan detectores de la actividad fisiológica de los aparatos respiratorio y circulatorio, así como de la epidermis.Los equipos de control fisiológico han sido dotados de sondas que verifican casi todas las funciones orgánicas, sinnecesidad de introducir dispositivos accesorios en el interior de los tejidos orgánicos. Desde la actividad muscular y lavaloración de los niveles de glucosa y ácido láctico hasta el control de la actividad neurocortical, que suministra datosprecisos sobre el estado psíquico del sujeto, así como toda la gama de dinamismos biológicos, son registrados ycanalizados a través de casi 2,16.106 «túneles» o «redes» informativos. Un computador central las compara conpatrones estándar, dictando las respuestas motrices correspondientes. Este traje va provisto, en el rostro delastronauta, de una ampliación -en forma troncocónica- que permite una visión natural o artificial. La base de dichotronco, abarcable desde el ojo con un ángulo de 130 grados sexagesimales, se encuentra a una distancia de 23centímetros. Se trata en realidad de una pantalla que permite la visión artificial, en casos concretos del viaje. Vaprovista en toda su superficie de unos 16 107 centros excitables, capaces de radiar individualmente, y con distintosniveles de intensidad, todo el espectro magnético, entre 3,9 · 1014 ciclos por segundo. La visión binocular se consigueCaballo de TroyaJ. J. Benítez55A las 23 horas y 3 minutos, el computador central accionaba electrónicamente el sistema deinversión axial de las partículas subatómicas de la totalidad de la «cuna», así como de la capalímite de la membrana exterior, empujando los ejes del tiempo de los swivels a unos ángulosequivalentes al retroceso deseado: 709 137 días. En otras palabras, al 30 de marzo del año 30.Décimas de segundo después de la sustitución de nuestro antiguo sistema referencial de tresdimensiones por el nuevo tiempo, y según nos explicaron los hombres de Caballo de Troya anuestro regreso, una fortísima explosión se dejó sentir sobre la cumbre del monte de los Olivos,con la consiguiente alegría de nuestros compañeros y el desconcierto de los israelitas.gracias a la disposición prismática de cada núcleo emisor. La excitación de caras opuestas de modo que cualquiera delos ojos no tenga acceso a la imagen o mosaico del otro se consigue por un método muy complejo. Una sonda registralos campos eléctricos generados por los músculos oculares de ambos ojos (auténticos electromiogramas) y el ordenadorcentral del módulo conoce así en cada instante la orientación del eje pupilar. Por otra parte, los prismas excitables queintegran la pantalla -de dimensiones microscópicas- están situados en la superficie de una capa de emulsión viscosaque les permite el libre giro. Estos prismas están controlados mecánicamente por medio de un campo magnético doble,de modo que la mitad obedece a una componente horizontal del campo y los restantes, a la transversal. Así, uno y otrogrupo orientan sus caras independientemente, al igual que dos persianas orientan sus láminas cuando se tira de lascuerdas que regulan el ángulo para la entrada de la luz. (En este caso, las «cuerdas» serían ambos campos magnéticosy el factor motor, la respuesta del computador central a los micromovimientos musculares del globo ocular.)La percepción binocular ofrece imágenes de relieve normal, de modo que el astronauta cree estar viviendo unmundo real lejos de la envoltura y la masa gelatinosa que lo envuelve en determinados momentos del viaje. Endeterminadas fases del vuelo, en que la nave se ve obligada a experimentar grandes pendientes en la funciónvelocidad, el interior del módulo se llena previamente de una masa viscosa en estado de gel. Se trata de un compuestode bajo punto de gelificación, en suspensión hidrosol. Su coagulación en unos casos y regresión ulterior al estado «sol»coloidal se efectúa gracias a las características del disolvente empleado, puesto que para una temperatura umbral de24,611 grados centígrados pasa a convertirse en un electrolito de elevada conductividad. Sus propiedades tixotrópicasson nulas, de forma que cualquier efecto dinámico en su seno -agitación, por ejemplo- no provoca su transformación en«sol». Entre otras funciones, esta jalea viscosa actúa como protector o amortiguador frente a los elevados picos deaceleración que experimenta el módulo en determinadas ocasiones. Una vez desaparecidas estas circunstancias, lamasa gelificada es llevada mediante un doble efecto de cambio térmico e ionización controlada al estado de hidrosol,siendo bombeada al exterior de la cabina de mando. (N. del m.)Caballo de TroyaJ. J. Benítez5630 DE MARZO, JUEVESFue quizás el instante de mayor tensión. Eliseo y yo, enfundados en nuestros trajesespaciales, percibimos cómo nuestros corazones aceleraban su frecuencia, hasta el umbral delas 150 pulsaciones. El ordenador marcaba las 23 horas, 3 minutos y 22 segundos del jueves,30 de marzo del año 30. Habíamos «retrocedido» un total de 17 019 289 horas.Poco a poco recuperamos el control de la frecuencia cardíaca centrándonos en la operaciónde mantenimiento del estacionario y en la revisión general de los sistemas. Nada parecía habercambiado. La fuente exterior de luz infrarroja seguía apantallándonos y los altímetros marcabanlos primitivos valores: cota de 800 pies sobre el terreno y oscilación nula en el módulo. Duranteel proceso infinitesimal de inversión de masa, la pila nuclear SNAP-10A había seguidoalimentando el motor principal de turbina a chorro CF 200-2V. Nuestra posición en el espacio,por tanto, no había variado.Una vez chequeados los circuitos principales, Eliseo y yo efectuamos un primer contactovisual de la zona. Al Oeste de nuestra posición, y a poco más de 1000 pies, divisamos unextenso núcleo luminoso. A pesar de las muchas horas de entrenamiento, la emoción nos dejósin habla. Los radares confirmaban el perfil de un asentamiento humano, con un sin fin deconstrucciones de baja estructura y dos edificaciones de superior envergadura: una ubicada enla cara este de la ciudad -mucho más voluminosa-y otra al suroeste. Luego supimos que setrataba del gran complejo del templo y la torre Antonia y el palacio de Herodes,respectivamente. Nuestras suposiciones -a pesar de la cerrada oscuridad- eran correctas:aquellas luces amarillas y parpadeantes correspondían a la ciudad santa de Jerusalén. Latotalidad del núcleo urbano aparecía cerrado por una muralla. Un segundo muro, decaracterísticas muy similares al que constituía el perímetro de la población dividía Jerusalén porsu tercio norte, justamente desde la cara oeste del templo a la fachada norte del palacioherodiano.Al este-sureste de nuestro módulo se apreciaban igualmente otros dos grupos de lucesmortecinas, infinitamente más pequeños que el primero y situados prácticamente en la faldadel monte sobre el que nos encontrábamos estacionados y que presumíamos como el Olivete.Los equipos de ondas de 740 milímetros de longitud remitieron unas primeras y confusasimágenes de estos núcleos humanos, no siendo posible confirmar si -como sospechábamos- setrataba de las aldeas de Betania y Betfagé.Tras aquel primer rastreo de nuestros inmediatos alrededores, mi hermano de exploración yyo ejecutamos la segunda fase del plan: una nueva inversión de masa, con el fin de polarizarlos ejes de los swivels hasta la hora límite, que nos serviría de auténtico punto de partida paraun posterior descenso sobre la cumbre del Olivete. A las 23 horas y 33 minutos, el módulo«retrocedió» en el tiempo, «apareciendo» 15 horas antes. Aunque el caudal del generadoratómico nos hubiera permitido el mantenimiento de la nave en estacionario hasta el amanecerdel día siguiente, 31 de enero, los objetivos de la exploración recomendaban esta segundainclinación de los ángulos del tiempo de los swivels hasta alcanzar las 8 horas y 33 minutos del30 de enero del año 30. Aunque no deseo adelantar acontecimientos, nuestras fuentesinformativas previas apuntaban al viernes, 31 de enero, como la fecha en que el Maestro deGalilea entró en Betania, procedente de la vecina ciudad de Jericó, situada a unos 34 kilómetrosde la citada población de Betania, donde residía la familia de Lázaro. Si todo discurría connormalidad, yo debería estar allí con una antelación aproximada de veinticuatro horas.¿Cómo poder describir aquel amanecer del 30 de enero sobre la vertical del monte de losOlivos?Caballo de TroyaJ. J. Benítez57El sol naciente había apagado las antorchas de Jerusalén, ofreciendo a nuestros atónitos ojosun inmenso racimo de casitas blancas y ocres, apretadas las unas contra las otras y rotas enmil direcciones por quebradas callejuelas. Y destacando sobre aquel mosaico, una formidablefortaleza rectangular, levantada en la cara este de la ciudad. Era el templo erigido por Herodesel Grande, con inmensas columnatas limitando espaciosos patios y atrios. Tal y como habíadescrito el historiador Flavio Josefo, una brillante cúpula -correspondiente al santuario-resplandecía cual «montaña cubierta de nieve».De norte a sur, al pie de la muralla este de Jerusalén, divisamos el cauce seco y afilado deuna torrentera que identificamos como el Cedrón.Hacia el este-sureste, ligeramente difuminada por una calina, se perdía en el horizonte lahoya del mar Muerto. Su superficie azul espejeaba tímidamente, resaltando como un milagrosobre las resecas y cenicientas ondulaciones del desierto de Judá. Mucho más al fondo,perdidas en un verdiazul inverosímil, las estribaciones de Moab.Alborozados, Eliseo y yo descubrimos junto al vértice sur de las murallas de la ciudad santael diminuto rectángulo de aguas marrones que, según nuestras cartas, tenía que correspondera la piscina de Siloé. En esa misma dirección, y a escasa distancia de los muros, una laderamoría en el lecho del Cedrón. En ese paraje conocido como la tierra marchita de Hakeldama-debería ocurrir el trágico final de Judas Iscariote.Y bajo el módulo, un promontorio que se estiraba en paralelo a la gran muralla este deJerusalén. Se trataba, efectivamente, del monte Olivete, repleto de olivares.Las primeras inspecciones, mediante sistema de ecosonda, confirmaron la abundancia de unterreno calcáreo en un amplio radio alrededor de Jerusalén. Los equipos de análisis de entornos-basados en un procedimiento estereográfico muy similar a los rayosX- ratificaron la presenciade vegetación en un cinturón aproximado de 16,650 kilómetros. Toda la franja norte y noroestede la ciudad presentaba una extraordinaria abundancia de huertos y plantaciones de árbolesfrutales. Al sur y sureste -especialmente en la masa del Olivete- eran mucho más frecuentes losolivares, destacando aquí y allá alineaciones de viñedos. Estos crecían sobre todo en la colinaoccidental del valle del Cedrón y, más exactamente, al sur de la explanada del templo.Como detalle curioso diré que nuestros dispositivos detectaron al suroeste de la ciudad unpequeño núcleo urbano (luego supimos que se trataba de la aldea de Erebinthon), en cuyoentorno crecían amplias plantaciones de garbanzos.Un camino polvoriento rodeaba la cara oriental del monte de los Olivos, uniendo los pobladosde Betfagé y Betania con Jerusalén. Los aledaños de estas aldeas se veían igualmente cuajadosde palmeras, higueras y sicomoros. En mitad de aquel espléndido vergel nos llamó la atenciónla sequedad del citado torrente del Cedrón y, concretamente, un débil hilo de «agua» roja quebrotaba al fondo del talud que se derrama bajo las murallas y a escasa distancia del no menoscélebre pináculo del templo. (En una de mis incursiones al interior de la ciudad santa tendría laocasión de desentrañar el misterio de aquel hilo de «agua» roja.)Antes de proceder al descenso definitivo sobre la cumbre del Olivete, mi compañero y yoterminamos las mediciones topográficas. Algunos de estos cálculos, sinceramente, desbordaronnuestra capacidad de asombro.Las medidas del templo, por ejemplo, eran portentosas.Aquel rectángulo -que ocupaba algo más de la quinta parte de la superficie de la ciudad-aparecía cerrado por robustas murallas de 150 pies1 de altura. Su cara norte, conocida como elatrio de los Gentiles, y a cuyo extremo más occidental se hallaba adosada la torre Antonia,media novecientos pies de longitud. Frente al Ohvete, la fachada este del templo -toda ella enmármol blanco- alcanzaba los 1285,5 pies. La muralla occidental era prácticamente de lasmismas dimensiones que la anterior y, por último, la cara sur, que cerraba el recinto sagrado yen la que se distinguían desde el módulo dos amplias puertas2, arrojó 801 pies de longitud.En cuanto al templo de Herodes propiamente dicho -que se levantaba en el centro de aquelgran rectángulo- los equipos nos proporcionaron 578,4 pies de longitud por 417,6 pies deanchura.1 La totalidad de las medidas que ofrece el mayor en su diario pueden convertirse a metros, dividiéndolas por tres.(N. del t.)2 Puerta Doble y puerta Triple. (N. del m.)Caballo de TroyaJ. J. Benítez58La fortaleza o torre Antonia, residencia del representante del César durante las fiestas mássobresalientes de los judíos, se elevaba sobre una cota de 2220 pies sobre el nivel del mar. Eraotra soberbia construcción de 450 por 384 pies, flanqueada en sus cuatro esquinas por sendasy poderosas torres de 105 pies de altura cada una.Al Oeste de la ciudad, en la cota más alta de Jerusalén (2280 pies), la familia Herodes habíaemplazado su residencia fortaleza. El palacio y los jardines reales ocupaban una franja deterreno, junto a la mencionada muralla más occidental de la ciudad santa de 900 x 300 pies. Laedificación sobresalía por sus tres espigadas torres, de 120, 90 y 75 pies, respectivamente1.Desde el ala norte del palacio herodiano -tal y como nuestros radares habían detectado lanoche anterior- se extendía otra muralla hasta la mitad, poco más o menos, de la cara oestedel templo, dividiendo a la ciudad en dos sectores.Las dimensiones, en definitiva, de Jerusalén eran las siguientes: longitud máxima (desde latorre Antonia hasta el vértice sur), 3696 pies. En este ángulo sur de la ciudad -junto a lapiscina de Siloé- detectamos la cota más baja del terreno: 1980 pies.La anchura de la ciudad santa, contando desde el muro exterior occidental (correspondienteal palacio de Herodes) hasta el pináculo del templo, 667,6 pies.La inexpugnable muralla que guardaba Jerusalén se levantaba a 225 pies sobre la superficiedel valle. (El curso del Cedrón oscilaba entre los 1860 pies, en su cota más baja, frente aHakeldama y al espolón que forman las murallas al sur de la población, y los 2040 pies, a supaso frente al huerto de Getsemaní, en la falda occidental del Olivete.)El ordenador computó la longitud total de la muralla exterior de la ciudad, registrando enpantalla 11 378,1 pies2. Por su parte, el muro que cruzaba entre las viviendas, dividiendo aJerusalén en dos ciudades perfectamente diferenciadas como tendría ocasión de comprobar enpersona- tenía una longitud aproximada de 1446,6 pies.En nuestra vertical, el monte de los Olivos ofrecía dos cotas máximas: 2 220 pies frente a lapiscina de Siloé; es decir, al sur de la ciudad y 2454 pies (elevación máxima), frente al templo.El huerto de Getsemani -localizado en una cota inferior a ésta- se hallaba a una distancia de739,2 pies (en línea recta desde la ladera al muro oriental del templo).Aquella cota máxima del Olivete (2454 pies sobre el nivel del mar), estaba situada a unos180 pies por encima del templo. Esto, unido a la localización por nuestros equipos de unapequeña formación rocosa que despuntaba en dicha cima, entre un mar de olivos, nos decidióestablecer nuestro punto de contacto sobre el reducido calvero de dura piedra caliza.A las 10 horas y 15 minutos, el módulo se posó -al fin- sobre la cumbre del monte de losOlivos. En un primer «tanteo», los cuatro pies extensibles de la «cuna» se hundieronligeramente entre las lajas rocosas. Finalmente, la nave quedó estabilizada y nosotrosprocedimos a la desactivación del motor principal.Aunque el descenso no podía ser visualizado por los habitantes de Jerusalén o de susalrededores, un observador relativamente cercano a nuestro punto de contacto sí hubierapodido descubrir un súbito remolino de polvo y tierra, provocado por el choque de los gasescontra el suelo, en la operación final de frenada del módulo. Por fortuna, aquella polvaredadesapareció en poco más de sesenta segundos, así como el agudo silbido del reactor.A pesar de todo, Eliseo y yo nos mantuvimos alerta por espacio de casi media hora, atentosa cualquier inesperada emisión de radiaciones infrarrojas, provenientes de seres humanos, quepudieran irrumpir en el campo de seguridad de nuestro vehículo, fijado en un radio de 150 pies.Cualquier individuo o animal que penetrase en dicha franja de terreno sería automáticamentevisualizado en los paneles del módulo. En caso de un presunto ataque, el tripulante quepermanecía en el interior de la «cuna» estaba autorizado a desencadenar un dispositivoespecial de defensa -ubicado en la «membrana» exterior del fuselaje- que proyectaba a 30 piesde la nave una pared de ondas gravitatorias en forma de cúpula. Aunque esta semiesferaprotectora no podía ser visualizada, el intruso o intrusos que trataran de cruzaría hubieranrecibido la sensación de estar avanzando contra un viento huracanado. (Como ya comenté en1 Herodes llamó a estas torres Hípica, Fasael y Mariamme, respectivamente. (N. del m)2 El recinto exterior medía, por tanto, 3 792,7 metros, aproximadamente. La muralla interior era de 482,2 metros.(N. del m.)Caballo de TroyaJ. J. Benítez59su momento, ninguno de los expedicionarios podía ocasionar daño alguno, y mucho menosmatar, a ninguno de los integrantes de la red social a observar.)Hacia las 11 horas, tras verificar la temperatura en superficie (11,6 grados centígrados), lahumedad relativa (57 por ciento), la dirección e intensidad del viento (ligera brisa del noroeste)y otros valores más complejos -de carácter biológico-, inicié los últimos preparativos para midefinitiva salida al exterior.Mientras Eliseo seguía vigilando nuestro entorno, me desnudé, procediendo a una meticulosarevisión de mi cuerpo. Debía desembarazarme de cualquier objeto impropio en aquella época:reloj de pulsera, una cadena con una chapa de identidad, obligatoria en las fuerzas armadas yuna pequeña sortija de oro que siempre había llevado en el dedo meñique izquierdo.Acto seguido me sometí a la pulverización -mediante una tobera de aspersión- del tronco,vientre, genitales, espalda y base del cuello y nuca, enfundándome así en la obligada defensaque llamábamos «piel de serpiente». Como ya he referido en otro momento, esta segundaepidermis era una fina película cuya sustancia base la constituye un compuesto de silicio endisolución coloidal en un producto volátil. Este liquido, al ser pulverizado sobre la piel, evaporarápidamente el diluyente, quedando recubierta aquélla de una delgada capa o película opacaporosa de carácter antielectrostático. Su color puede variar, según la misión, pudiendo serutilizada, incluso, como un código, cuando se trabaja en grupo. Sin embargo, y con el fin deevitar posibles y desagradables sorpresas, yo preferí ajustarme una «epidermis» absolutamentetransparente…Caballo de Troya había estudiado con idéntica escrupulosidad el atuendo que llevaría duranteaquellos once días. Puesto que debía hacerme pasar por un honrado coferenciante extranjero -griego por más señas- los expertos habían preparado un doble juego de vestiduras: una faldacorta o faldellín (marrón oscuro); una sencilla túnica de color hueso; un cíngulo o ceñidortrenzado con cuerdas egipcias que sujetaba la túnica y un incómodo manto o ropón, susceptiblede ser enrollado en torno al cuerpo o suspendido sobre los hombros. La engorrosa chlamys, quea punto estuve de perder en varios momentos de mi exploración, había sido confeccionada amano, al igual que la túnica, con la lana de las montañas de Judea y teñida con glasto bastaproporcionarle un discreto color azul celeste. Para la confección de ambas túnicas, los expertoshabían contratado los servicios de hábiles tejedores de Siria, herederos del antiguo núcleocomercial de Palmira, que aún manipulaban el lino bayal.En previsión de un eventual fallo del dispositivo de transmisión auditiva -que llevabaincorporado en el interior de mi oído derecho1- Curtiss había ordenado que la chlamysdispusiera de una hebilla de cinco centímetros con la que poder sujetar el pallium o mantosobre mi hombro izquierdo. Esta hebilla de bronce encerraba un microtransmisor, capaz deemitir mensajes de corta duración mediante impulsos electromagnéticos de 0,0001385segundos cada uno. De esta forma quedaba garantizada una eficaz y permanente conexión conla base.En cuanto al calzado, habían sido diseñados dos pares de sandalias, con suela de esparto,trenzado en las montañas turcas de Ankara. Cada ejemplar fue perforado manualmente,incrustando en los bordes de las suelas sendas parejas de finas tiras de cuero de vaca,convenientemente empecinadas. Cada cordón -de cincuenta centímetros- permitía sujetar elrústico calzado, con holgura suficiente como para poder enrollarlo en cuatro vueltas a la canillade las piernas.Un mes antes del lanzamiento -con el fin de simplificar mi aseo diario durante el «granviaje»- dejé crecer mi barba de forma desordenada.Aquel ropaje y mi crecida barba desencadenaron el buen humor de Eliseo, viéndomesometido durante aquellos últimos minutos en el módulo a todo tipo de bromas y chanzas.Aquellos momentos de diversión resultaron altamente relajantes, haciéndonos olvidarmomentáneamente dónde estábamos y lo que me reservaba el destino.1 Aunque podía recibir a Eliseo directamente -siempre que él lo estimase oportuno- cuando yo deseaba abrir micomunicación auditiva con el módulo era imprescindible que presionara con los dedos sobre la parte externa de mi oídoderecho. Con el fin de evitar suspicacias o posibles malas interpretaciones por parte de los habitantes de Jerusalén,Caballo de Troya había estimado que fingiera una leve sordera por el referido oído. De esta forma, y aunque lacomunicación con Eliseo debería llevarse a efecto lejos de testigos, el gesto de apertura del canal de transmisiónsiempre podía quedar justificado.Caballo de TroyaJ. J. Benítez60Siguiendo una de las costumbres populares en la Palestina de aquellos tiempos, impregnémis cabellos con unas gotas de aceite común. De esta forma quedaron más suaves y sedosos.Por último, colgué del cinturón una pequeña bolsa de hule impermeabilizado en la que Caballode Troya había depositado una libra romana en pepitas de oro1. La evidente dificultad deconseguir monedas de curso legal, de las manejadas en Jerusalén en el año 30, había sidosuplida por aquellos gramos de oro, extraídos especialmente de los antiquísimos filones deTharsis, en las estribaciones de la sierra ibérica de Las Camorras. Según nuestros datos, notendría por qué ser difícil cambiarlos por denarios de plata y monedas fraccionarias como el as,óbolo o sextercios2.Eliseo verificó por enésima vez los sistemas de transmisión, ampliando la banda inicial derecepción desde los 10 500 pies a 15 000. Antes de la toma de tierra, los equipos electrónicoshabían medido la distancia existente entre Betania y la ciudad santa -siguiendo el curso delcamino que rodea la cara este del Olivete- arrojando un resultado de 8325 pies3.El escenario donde debía moverme en aquellos días había sido limitado justamente entreambas poblaciones -Betania y Jerusalén, con el pequeño poblado de Betfagé a corta distanciade la aldea de Lázaro-, por lo que, presumiblemente, mi distancia máxima respecto a la «cuna»(que se hallaba en un enclave equidistante de ambos núcleos urbanos) nunca debería sersuperior a los mil pies. El margen establecido para la transmisión y recepción auditiva entreEliseo y yo era, por tanto, más que suficiente.A las doce horas, tras un emotivo abrazo, mi compañero accionó la escalerilla de descenso yyo salté a tierra.Mi primera preocupación al caminar sobre aquella tierra blanqueada por el sol del mediodíafue comprobar mi posición sobre el Olivete. Al avanzar unos pasos hacia el bosquecillo de olivosque se derramaba en dirección sur me di cuenta de aquel gran silencio, apenas roto por elronroneo de las libélulas. Me detuve y, tras cerciorarme, abrí la comunicación «auditiva» conEliseo. A juzgar por el trayecto que había recorrido desde aquel grupo de rocas amarillentassobre las que se había posado el módulo, debía encontrarme a poco más de noventa pies deEliseo. Las palabras del hermano sonaron claras y fuertes en mis oídos:-Es muy posible que la razón de ese silencio -argumentó Eliseo- se deba a la presencia de la«cuna»… A pesar del apantallamiento, algunos animales han podido detectar las emisiones deondas…Algo más tranquilo proseguí mi detallada localización de puntos de referencia, vitales para unposible y precipitado retorno hasta la nave. Aunque el microtransmisor de la hebilla actuaba almismo tiempo como radiofaro omnidireccional (con señales VHF de ultra-alta frecuencia),haciendo posible de esta forma que uno de los radares de a bordo pudiera recibir mi «eco»ininterrumpidamente y en un radio estimado de cincuenta millas, yo no estaba autorizado aportar un sistema de localización del invisible módulo. La naturaleza de mi misión habíadesaconsejado a los responsables de Caballo de Troya la inclusión en mi escasa impedimentade una de las «balizas» -de tipo manual- que operan en frecuencia de 75 megaciclos, y quehubiera resultado utilísima para mi reencuentro con la « cuna». Debería valerme, en suma, demi sentido de la orientación, al menos hasta el límite de la zona de seguridad de la nave, a 150pies de la misma. Una vez dentro de ese círculo, Eliseo podía «conducirme» mediante eltransmisor incorporado a mi oído.Gracias a Dios, el «punto de contacto» se hallaba en una de las cotas máximas del Olivete.Esta circunstancia, unida a la presencia del reducido calvero pedregoso, hacía relativamentecómoda la ubicación del asentamiento de nuestro vehículo, tanto si se ascendía por la laderaoriental (que muere en Betania) o por la occidental, que desemboca en la barranca del Cedrón.1 La libra romana equivale a unos 326 gramos, aproximadamente. (N. del t.)2 Según nuestros estudios, en aquella época, el «estater» ático o patrón ‘oro griego (de 8,60 gramos) podía guardaruna relación o equivalencia de 1 a 20 respecto al denario de plata de uso legal en Jerusalén. Aquella pequeña cantidadde oro puro suponía alrededor de 758 denarios, dinero más que suficiente para mis necesidades durante los once díasde permanencia en la zona, si tenemos en cuenta, por ejemplo, que el precio de todo un campo oscilaba alrededor delos 120 denarios. (Cada denario de plata Se dividía en 24 ases. Con un as era posible comprar un par de pájaros.) (N.del m.)3 Unos 2 275 metros, más o menos. (N. del t.)Caballo de TroyaJ. J. Benítez61Revisé fugazmente mi atuendo y con paso cauteloso me adentré en el olivar. A mi derecha,entre las epilépticas ramas de añosos olivos, se distinguía la dorada cúpula del templo y buenaparte de las murallas de Jerusalén. Pero, a pesar de mis intensos deseos de aproximarme hastael filo occidental de la «montaña de las aceitunas» (como también llamaban los israelitas alOlivete) y disfrutar de aquel espectáculo inigualable que era la ciudad santa, me ceñí al planprevisto e inicié el descenso por la vertiente sur, a la búsqueda del camino que habíamosdivisado desde el aire y que me conduciría hasta Betania.De pronto, al inclinarme para esquivar una de las frondosas ramas, advertí con ciertosobresalto lo llamativo de mi calzado, sospechosamente pulcro como para pertenecer a unandariego e inquieto comerciante extranjero. Sin dudarlo, me senté en una de las raíces de unvetusto olivo y, después de echar una mirada a mi alrededor, agarré varios puñados de aquellatierra ocre y esponjosa, restregándola contra el esparto y las ligaduras.El inesperado alto en el camino fue registrado en el módulo y Eliseo se interesó por miseguridad.-¿Algún problema, Jasón?A partir de mi salida de la «cuna», aquél iba a ser mi indicativo de guerra. El nombre de«Jasón» había sido tomado del héroe de los tesalios y beocios, jefe de la famosa expedición delos Argonautas, cantada por el poeta griego Apolonio de Rodas y por el vate épico latino ValerioFlaco. Yo había aceptado tal denominación, aunque era consciente de que jamás había tenidomadera de héroe y que mi misión en Caballo de Troya no era precisamente la búsqueda delvellocino de oro, en el que tanto esfuerzo había puesto el bueno de Jasón.Tras explicar a Eliseo aquel momentáneo contratiempo, reanudé la marcha, atento siempre ami posible primer encuentro con los habitantes de la zona.Cuando había caminado algo más de 300 pasos dejé atrás el olivar. Frente a mí se abría unapradera, sombreada por dos corpulentos cedros de casi cuarenta metros de altura.El corazón me golpeó en el pecho. Bajo aquellos árboles habían sido plantadas cuatrograndes tiendas.Durante algunos segundos no supe cómo reaccionar. Me quedé quieto. Indeciso. Bajo laslonas oscuras de las tiendas se agitaban numerosos individuos.Presioné mi oído derecho y Eliseo apareció al instante:¿Qué hay…? -preguntó mi compañero.-Primer contacto humano a la vista… Al parecer se trata de mercaderes… Veo algunosrebaños de ovejas junto a varias tiendas.Eliseo consultó la memoria histórico-documental del ordenador central instalado en la«cuna» y me trasladó el informe aparecido en pantalla:-Santa Claus1 en afirmativo. Según el libro de las Lamentaciones (R.2,5 sobre 2,2 (44ª 2) yel escrito rabínico Tac anit IV 8,69ª 36 (IV/1,191) en ese extremo de la falda sur del Olivete,donde te encuentras ahora, se instalaba tradicionalmente un grupo de tiendas en las que sevendía lo necesario para los sacrificios de purificación en el Templo. Según estos datos, bajouno de esos dos cedros deberás encontrar también un mercado de pichones para los sacrificios.Volumen aproximado: 40 se) ah mensual… Es decir, unas 40 arrobas o 600 kilos de pichones, silo prefieres… Santa Claus menciona también un texto de Josefo (Guerras de los Judíos, V12,2/505) en el que se describe un muro edificado por Tito cuando puso cerco a Jerusalén. Estemuro conducía al monte de los Olivos y encerraba la colina hasta la roca llamada «delpalomar». Es muy probable que en los alrededores encuentres palomares excavados en laroca…-Recibido. Gracias… Voy hacia ellos.-Un momento, Jasón -intervino nuevamente Eliseo-. Estos informes pueden resultarteútiles… Santa Claus añade que, según el escrito rabínico Menahot (87ª), estos carnerosprocedían de Moab; los corderos, del Hebrón, los terneros de Sarón y las palomas de laMontaña Real o Judea. El ganado vacuno procede de la llanura costera comprendida entre Jaffay Lydda. Parte del ganado de carne llega de la Transjordania (posiblemente los carneros).Idiomas dominantes entre estos mercaderes: arameo, sirio y quizá algo de griego…-O. K.-¡Suerte!1 Así llamábamos familiarmente al ordenador central del módulo. (N. del m.)Caballo de TroyaJ. J. Benítez62Conforme fui aproximándome a las tiendas, mi excitación fue en aumento. Aquélla podía sermi primera oportunidad, no sólo de entablar contacto con los israelitas, sino de practicar miarameo galilaico o griego.Al entrar entre las tiendas, un tufo indescriptible -mezcla de ganado lanar, humo y aceitecocinado- a punto estuvo de jugarme una mala pasada. Tres de las tiendas habían sidoacondicionadas como apriscos. Bajo las carpas de lona renegrida y remendadas por doquier seapiñaban unos 150 corderos y carneros. En la cuarta tienda se alineaban grandes tinajas conaceite y harina. Al amparo de esta última, un grupo de hombres, con amplias túnicas rojas,azules y blancas formaban corro, sentados sobre sus mantos. A corta distancia, fuera de lasombra de la lona, varias mujeres -casi todas con largas túnicas verdes- se afanaban en tornoa una fogata. Junto a ellas, algunos niños semidesnudos y de cabezas rapadas ayudaban en loque supuse se trataba del almuerzo común. Una olla de grandes dimensiones borboteaba sobrela candela, sujeta por un aro y tres pies de hierro tan hollinientos como la panza de la marmita.Varias jovencitas, con el rostro cubierto por un velo blanco y sendas diademas sobre la frente,permanecían arrodilladas junto a unas piedras rectangulares. Mecánicamente, cada muchachatomaba un puñado de grano de un saco situado junto al grupo y lo depositaba sobre lasuperficie de la piedra, ligeramente cóncava. A continuación asían con ambas manos otrapiedra estrecha y procedían a triturar el puñado de trigo. Una de las mujeres hacía pasar laharina por un cedazo con aro de madera, depositando el resultado de la molienda en unaespecie de lebrillo.Permanecí algunos minutos absorto con aquel espectáculo. El grupo había reparado ya en mipresencia y, tras intercambiar algunas palabras que no llegué a captar, uno de ellos se puso enpie, dirigiéndose hacia mí.El mercader -posiblemente uno de los más viejos- señaló a los rebaños y me preguntó sideseaba comprar algún cordero para la próxima Pascua. Al hablar, el hombre mostró unadentadura diezmada por la caries.Sonreí y en el mismo arameo popular en que me había preguntado le expliqué que no, que eraextranjero y que sólo iba de paso hacia Betania. Al percatarse, tanto por mi acento como por mlatuendo, que, en efecto, era un gentil, el hebreo lamentó haberse levantado y, con un mohínde disgusto por la presencia de aquel «impuro» dio media vuelta, incorporándose de nuevo alresto de los vendedores1.Un elemental sentido de la cautela me hizo alejarme del lugar, pendiente abajo, en busca delansiado camino. Al cruzar frente al segundo cedro -en el que, tal y como había «vaticinado» elcomputador, había sido plantada una quinta tienda, bajo la que se apilaban numerosas jaulascon palomas- apenas si me detuve. Aunque mi ánimo había recobrado la confianza alcomprobar que no había tenido grandes dificultades para entender y hacerme entender poraquel israelita, tampoco deseaba tentar a la suerte.El sol seguía corriendo hacia poniente, recortando peligrosamente mi tiempo en aqueljueves, 30 de marzo. Debía darme prisa en entrar en Betania. A las 18 horas y 22 minutos, elocaso pondría punto final a la jornada judía. Para ese momento yo debería tener resuelto micontacto con la familia de Lázaro.Apreté el paso y pronto me situé en la cornisa de un pequeño terraplén. Allí terminaba lafalda del Olivete. A mis pies, a unos cinco o seis metros, apareció el camino que unía Jerusaléncon Jericó, pasando por Betania. Desde mi improvisada atalaya se distinguían grupos decaminantes que iban y venían en uno y otro sentido. Eran, en su mayoría, peregrinos queacudían a la ciudad santa o que salían del recinto amurallado, camino de sus campamentos. Aambos lados de la polvorienta calzada -perdiéndose en el horizonte- se extendía unaabigarrada masa de tiendas e improvisados tenderetes.Me deslicé hasta el camino y comuniqué al módulo mi intención de iniciar la marcha endirección Este; es decir, en sentido opuesto a Jerusalén.1 Los gentiles no podían celebrar la tradicional ofrenda de la Pascua judía. (N. del m.)Caballo de TroyaJ. J. Benítez63Pronto comprobé que aquellas gentes eran, casi en su totalidad, galileos llegados en sucesivascaravanas y que, de acuerdo con una ancestral costumbre, solían acampar a este lado de laciudad. La fiesta de la Pascua, una de las más solemnes del año, reunía en Jerusalén a cientosde miles de israelitas, procedentes de las distintas provincias y del extranjero. Aquel año,además, la solemnidad era doblemente importante, al coincidir dicha Pascua en sábado1.El alojamiento en Jerusalén debía ser harto difícil y los peregrinos terminaban poracomodarse en los alrededores.Entre las tiendas distinguí a decenas de mujeres y niños, ocupados en animadasconversaciones o afanados en el arreglo de sus frágiles pabellones de pieles y telasmulticolores. A pesar de no estar obligados a participar en la fiesta, estaba claro que lasfamilias judías acudían en su totalidad hasta la ciudad santa. Y allí permanecían durante losdías y noches previos a los sagrados ritos de la ofrenda y de la cena pascual.Mientras caminaba entre aquella multitud alegre, variopinta y parlanchina empecé a intuircómo pudo ser -cómo iba a ser- la entrada triunfal de Jesús de Nazaret en las primeras horasde la tarde del domingo en Jerusalén…Con gran contento por mi parte, ninguno de los acampados o de los peregrinos que secruzaban conmigo mostraban el menor asombro al verme. Sin embargo, mi inquietud creció aldivisar al fondo del camino un grupo de jinetes, perteneciente a la guarnición romana enJerusalén, que regresaba seguramente a sus acuartelamientos en la fortaleza Antonia. Comomedida precautoria, y fingiendo cansancio, me senté al borde del sendero, al pie de una de lastiendas. Instintivamente me llevé la mano al oído y bajando el tono de mi voz comuniqué aEliseo la proximidad de la patrulla.Mi hermano, previa consulta al ordenador, me proporcionó algunos datos sobre los soldados:Puede tratarse de una pequeña unidad -una turmae- formada por unos treinta y tres jinetes.La legión con base en Cesarea dispone de 5600 hombres, de los que 120 pertenecen a lacaballería. La presencia de una de las cuatro turmae en Jerusalén puede significar que PoncioPilato se ha trasladado ya a su residencia en la torre Antonia para administrar justicia durantela Pascua… ¡Atención! -añadió Eliseo-. Santa Claus especifica que estos jinetes puedenproceder de las tierras germánicas. Su extracción social es muy baja y su comportamientoespecialmente agresivo para con los judíos. Cada una de estas unidades está mandada por tresoficiales -decuriones- cabezas de fila.La advertencia de Santa Claus era acertada. Los jinetes avanzaban al paso, apartando a losdescuidados con las afiladas bases de hierro de sus pilum o lanzas. En total llegué a contar 33soldados perfectamente uniformados con oscuras cotas de malla, cascos dorados y relucientes,grebas, largas espadas al cinto y escudos hexagonales, orlados con un borde metálico. Latotalidad de los caballeros vestían unos pantalones rojizos, bastante ajustados, y hasta la mitadde la pierna.Marchaban de tres en fondo, ocupando prácticamente la totalidad del camino. Al pasar a mialtura advertí con asombro que, a excepción de los jefes o decuriones, todos eran muy jóvenes;quizá entre los dieciocho y treinta años. Naturalmente, tampoco podía conceder demasiadocrédito a aquella impresión. En el año 30, el promedio de vida podía oscilar alrededor de loscuarenta años…Cerraba el grupo armado un trío de soldados a lomos de caballos tordos sobre cuyas grupashabían sido amarrados sendos haces de jabalinas, algo más cortas que los pilum que portabanen la diestra y que posiblemente superaban los dos metros de longitud.A pesar de estar viéndolo con mis propios ojos, ¡qué difícil me resultó en aquellas primerashoras hacerme a la idea de que había retrocedido en el tiempo y que lo que verdaderamentetenía a mi alrededor era la Palestina del emperador Tiberio!1 Según las leyes hebreas, «todos estaban obligados a comparecer delante de Dios, en el templo, a no ser sordo,idiota, menor de edad, hombre de órganos tapados (sexo dudoso), andrógino, mujer, esclavo no emancipado, ciego,tullido, enfermo, anciano o no poder subir a pie hasta la montaña del templo». La escuela de Shammay definía almenor de edad «como aquel que no puede (aún) ponerse a caballo sobre los hombros de su padre para subir aJerusalén a la montaña del templo». (N. del m.)Caballo de TroyaJ. J. Benítez64Cuando me disponía a levantarme y reanudar el camino, sentí la leve presión de una manoen mi hombro. Al volver el rostro me encontré con un niño de tez morena y profundos ojosnegros. Vestía una corta túnica de amplias mangas y color indefinible. En su mano izquierdasostenía una escudilla de madera con agua. Sin pronunciar una sola palabra, dibujó una sonrisay me tendió el oscuro recipiente. Mojé mis labios en el agua y le devolví la vasija,agradeciéndole el gesto.-¿De dónde vienes? -le pregunté acariciándole su cráneo rapado.El pequeño se volvió hacia un pequeño grupo de hombres y mujeres que descansaban en elinterior de una tienda. Una de las mujeres -posiblemente su madre- le animó con un gesto desu mano para que respondiera.-Somos de Magdala, señor.-Eso está cerca del lago, ¿no?El niño asintió con la cabeza.-¿Has oído hablar de Jesús el Nazareno?Antes de que mi joven amigo llegara a responder, uno de los hombres se adelantó hastanosotros. Aparentaba unos treinta y cinco o cuarenta años. Lucía una abundante barba negra.Tomó al pequeño por el brazo y preguntó:-¿Es que eres seguidor del tekton?Aquella palabra me dejó confuso.-Perdóneme, amigo -le respondí-. Soy extranjero y no sé el significado de esa palabra.El hombre soltó al niño y, cruzando los brazos entre los pliegues de su manto, añadió:-Nosotros conocimos a su padre como José, el carpintero y herrero. Y así llamamos tambiéna su hijo.Tentado estuve de unirme a aquella familia de galileos y retrasar mi entrada en Betania.Pero lo pensé dos veces y comprendí que nadie mejor que Lázaro y sus hermanas parahablarme del Maestro…Mientras proseguía mi camino, pregunté a Eliseo si podía obtener información sobre aquellanueva definición de Jesús. Santa Claus fue muy conciso: «El Galileo, efectivamente, recibía elsobrenombre de tekton -como carpintero, constructor o herrero- de acuerdo con la versión quesobre dicho término hacia el escrito rabínico Shabbat, 31.ª También Marcos hace alusión atekton en 6,3.»Es posible que llevase andado algo más de la mitad del camino entre Jerusalén y Betaniacuando dejé atrás el apretado campamento de los peregrinos israelitas. A partir de allí, lastiendas eran mucho más escasas. Si no fuera porque podría equivocarme, habría jurado que enel acceso a la ciudad santa se habían plantado más de un millar de improvisados albergues.Esto podía significar -a un promedio de seis o siete personas por tienda- unos seis mil o sietemil peregrinos.En aquel último kilómetro no observé, sin embargo, una disminución del intenso tráfico degentes y bestias de carga. Grupos de judíos, con asnos y algunos camellos, seguían fluyendo enuno y otro sentido, transportando haces de leña, pesados y puntiagudos cántaros o arreandorebaños de cabras.La vegetación, a ambos lados del camino, se había hecho más floreciente. A mi izquierda, laladera oriental del Olivete aparecía cerrada por los olivares, cedros y algunos sicómoros. A miderecha, junto a palmeras e higueras me llamó la atención una serie de cinamomos, con susincipientes racimos de flores violetas y extraordinariamente olorosas.El hecho de no poder llevar reloj me preocupaba. No resultaba fácil para mí averiguar en quémomento del día me encontraba. El sol se había lanzado ya hacia el Oeste, pero ignorabacuanto tiempo había transcurrido desde que abandonara la «cuna». Por otra parte, deseabaacostumbrarme lo antes posible a mi nueva situación y ello me obligaba a prescindir, en lamedida de lo posible, de la conexión auditiva con Eliseo. A juzgar por el camino recorrido y losaltos efectuados, debían ser las 13.30 horas cuando, al salir de la única curva del sendero,divisé a la izquierda un minúsculo grupo de casas. Al fondo, y a la derecha, descubrí tambiénotra aldea, aparentemente más grande que la primera. Entusiasmado, aceleré el paso. Aquellospoblados tenían que ser Betfagé y Betania, respectivamente.Conforme fui aproximándome al primer poblado, mi desencanto fue en aumento. Betfagé noera otra cosa que un mísero conglomerado de pequeñas casas de una planta. Las paredeshabían sido levantadas con piedras -posiblemente basálticas- y los intersticios, malamenteCaballo de TroyaJ. J. Benítez65tapados con cantos y barro. La mayoría de las techumbres de aquella media docena deviviendas -a excepción de una o dos terrazas- habían sido cubiertas con ramas de árboles,reforzadas con varias capas de juncos y paja.Los alrededores aparecían repletos de higueras y pequeños huertos en los que deambulabanun sinfín de gallinas. Las últimas e intensas lluvias de enero y febrero habían convertido las«calles» en un barrizal.Decepcionado, salí nuevamente al camino, informando a Eliseo de mi paso por la míseraBetfagé y de mi inminente llegada a Betania. La distancia entre ambas aldeas no era superior alos setecientos u ochocientos metros.El lugar de residencia de Lázaro y su familia presentaba, en cambio, un aspecto mucho mássólido y esmerado. Las casas, aunque modestas, disponían de terrazas, y sus paredes -casitodas encaladas- habían sido construidas con piedras labradas.Al penetrar en la aldea me sorprendió ver algunas de las calles pavimentadas a base deguijarros. Otras, sin embargo, seguían siendo estrechas torrenteras, ahora polvorientas ymalolientes.El núcleo principal de Betania se extendía a la derecha del camino que lleva de Jerusalén aJericó. Al otro lado del sendero, un grupo más reducido de casas se apoyaba en la ladera delMonte de los Olivos. Algunas de estas viviendas se hallaban prácticamente empotradas en lafalda de la montaña.La animación en la aldea era considerable. Numerosos grupos de judíos iban y venían porentre sus casas, formando tertulias a las puertas de las viviendas o a la sombra de losentramados de cañas y ramas por los que trepaba la hiedra o descansaban desnudas einterminables parras.No tardé en averiguar que aquella agitación venia siendo habitual en Betania desde que elMaestro de Galilea realizase el prodigio de resucitar de entre los muertos a su amigo Lázaro. Lanoticia había corrido como reguero de pólvora por todo el reino, llegando, incluso, a la vecinaSiria y a las costas de la Fenicia. Desde entonces, una corriente interminable de simpatizantes,seguidores de Jesús o amigos de Lázaro acudían hasta la casa del resucitado, con el único afánde satisfacer su curiosidad. Este torrente de curiosos se había visto seriamente incrementadoen aquellos días, con motivo de la próxima celebración de la Pascua. El camino entre Jerusalény Betania podía cubrirse, a buen paso, en poco más de una hora y ello justificaba aquelagotador trajín por las calles de la hasta ese momento apacible localidad.No fue muy difícil llegar hasta la casa de Lázaro. Me bastó con seguir a uno de los grupos dejudíos que acababa de entrar en Betania. A los pocos minutos me encontraba frente a unahacienda levantada casi a las afueras del núcleo principal de la población. En la fachada,pulcramente blanqueada, se abría una puerta con los dinteles y jambas trabajados con piedraslabradas. Delante de la casa se extendía un pequeño jardín de cinco o seis metros de largo porotros seis o siete de ancho. En él, sobre un banco de piedra y a la sombra de una frondosahiguera, estaba sentado un hombre. Vestía una túnica con franjas verticales rojas y azules ylargas y amplias mangas. Una treintena de hombres le rodeaba por doquier. Algunos, incluso sehabían situado a sus pies. Absortos, aquellos judíos escuchaban y contemplaban a aquelhombre de cuerpo enjuto y rostro picado de viruela. ¡Era Lázaro!Un estremecimiento me recorrió de pies a cabeza. Intenté abrirme paso, pero fue inútil.Nadie estaba dispuesto a ceder su sitio. Lázaro se había convertido en la máxima atracción deaquellos días.Con voz cansada -como si repitiese el suceso por enésima vez- fue desgranando su«aventura» y respondiendo a cuantas preguntas le formulaban.Alzándome sobre las cabezas de los curiosos observé que se trataba de un hombrerelativamente joven (posiblemente no había cumplido los 40 años), aunque la palidez de surostro y unas pronunciadas ojeras le envejecían notablemente.A los pocos minutos, ante mi desesperación, Lázaro se incorporó, despidiéndose de los allíreunidos.Lo vi desaparecer en la penumbra de la casa, mientras los hebreos se desperdigaban,gesticulando y comentando cuanto habían visto y oído.Y allí me quedé yo, abrumado y solitario frente a la pequeña cerca de madera que rodeaba eljardín. ¿Qué debía hacer? ¿Entraba en la casa? ¿Esperaba? Pero ¿a qué y para qué?Caballo de TroyaJ. J. Benítez66Me dejé caer sobre la polvorienta plazuela que se abría frente a la morada del amigo deJesús y procuré cubrirme con el manto. Empezaba a sentir el fresco del atardecer. Me di cuentaentonces que no había probado bocado y que, a juzgar por la posición del sol, debíamos estaren lo que los israelitas llamaban la hora nona; es decir, las tres de la tarde. En ese momentocomprendí por qué Lázaro había dado por zanjada aquella animada tertulia. Era el momento dela comida principal: lo que nosotros llamamos la cena.Pero no me dejé arrastrar por el abatimiento. Caballo de Troya había previsto que yointentara una entrevista con Lázaro en aquella jornada del jueves y así debía ser. Esperaría.Pensé en aprovechar aquellos minutos -mientras la familia reponía fuerzas- para compraralgunas provisiones, pero pronto desistí. En mi precipitación por llegar a Betania no habíatenido la precaución de entrar en Jerusalén y tratar de cambiar algunas de las pepitas de oropor monedas. Por otra parte, eso me hubiera retrasado considerablemente. A decir verdad, noera el hambre lo que me obsesionaba en aquellos instantes. Mis ojos, fijos en la puerta,estaban pendientes de la posible aparición de alguno de los miembros de la familia de Lázaro.La intuición no me traicionó. No había transcurrido media hora cuando, procedente de laparte posterior de la casa, irrumpió en el jardín una mujer con el rostro cubierto con el velotradicional. Le acompañaban dos adolescentes. Sobre la cabeza de la voluminosa matrona sebalanceaba levemente un cántaro rojizo. Al verme debió Sorprenderse. Yo sabía que las buenascostumbres en la red social judía no permitían que un hombre se entretuviera a solas con unamujer, ni que éstas sonrieran o hablaran con desconocidos. Así que, venciendo mi naturalinclinación por saludarla o ponerme en pie, me mantuve en silencio, dejando que pasara frentea mí. La buena mujer desvió su mirada y aceleró el paso, perdiéndose por uno de los ramalesque desembocaba en la plazoleta.Supongo que algo extraño debió notar en mi presencia porque, a los pocos minutos, uno delos muchachos volvía a la carrera, entrando en la casa como un meteoro. De inmediatoaparecieron en el umbral del jardín dos hombres y el jovencito que, sin duda, les había alertadosobre aquel extranjero que permanecía sentado junto a las blancas estacas de la cerca.Me puse en pie y esperé. Los hombres, arropados en gruesos mantos color canela, seaproximaron hasta mí.-¿Qué buscas, hermano? -me preguntó el que parecía llevar la voz cantante.El tono de su voz me tranquilizó. Había una gran dulzura en su semblante.-Me llamo Jasón y soy de Tesalónica. Estoy aquí porque busco al rabí de Galilea…-El no está aquí.Simulé gran contrariedad y, mirando fijamente a los ojos de mi interlocutor, pregunté convehemencia:-¿Dónde puedo encontrarle…?-¿Para qué le quieres?-Soy extranjero, pero he oído hablar de él desde Antioquía a Corfú. Llevo recorridas muchasleguas porque soy hombre a quien no satisfacen los dioses romanos ni griegos y porquedesearía conocer la nueva doctrina del rabí al que llaman Jesús.-¿Por qué le buscas aquí, frente a la casa de Lázaro?-Desde mi llegada a las costas de Tiro no he oído hablar de otra cosa que del último prodigiodel rabí: dicen que devolvió a la vida a su amigo Lázaro, muerto cinco días antes…-Eran tres días los que mi señor llevaba sepultado -me corrigió el siervo.-Luego es verdad -añadí mostrando una intencionada alegría.Antes de que pudiera intervenir de nuevo, le supliqué si podía ser recibido por Lázaro.-Quizá él sepa dónde puedo hallar al Maestro…Los hombres intercambiaron una rápida mirada.-Aguarda aquí -concluyeron-. El amo no está repuesto del todo…Asentí mientras los siervos desaparecían en el interior de la hacienda.Ante la inminente posibilidad de una primera entrevista con Lázaro, aproveché aquellossegundos de soledad para informar al módulo de cuanto estaba sucediendo.Debí causar buena impresión a los criados de Lázaro. A los pocos minutos era invitado aentrar en la casa.Traspasé el umbral con una mezcla de timidez y emoción. Lo que yo había supuesto como lafachada de la casa era en realidad la pared de un atrio o pequeño patio interior. La hacienda,Caballo de TroyaJ. J. Benítez67por lo que pude observar, era mucho más extensa de lo que había imaginado. En el centro deeste atrio rectangular y abierto a los cielos se abría un estanque de unos tres metros de lado. Elpiso, cubierto con ladrillos rojos, aparecía ligeramente inclinado y acanalado, de forma que lasaguas pluviales pudieran caer desde los aleros de los edificios situados a izquierda y derechahasta el recinto central. Ambas estancias tenían la misma altura que la pared de la fachada:unos metros, aproximadamente. Luego supe que la de la derecha era en realidad una cuadra yque la de la izquierda se destinaba a depósito de aperos, arneses y rejas para el arado.Al fondo del patio, a unos siete metros del portalón por donde yo había entrado, se abríaotra puerta, casi frente por frente a la principal. Allí me esperaba el hombre que yo había vistouna hora antes al pie de la higuera. Junto a él, otros tres judíos, todos ellos arropados ensendos ropones de colores llamativos. Tal y como había observado entre muchos de losperegrinos galileos, llevaban una banda de tela arrollada en torno a la cabeza, dejando caeruno de sus extremos sobre la oreja derecha. Tenían todos una barba poblada, pero con elbigote perfectamente rasurado. Lázaro, en cambio, mantenía la cabeza despejada, con uncabello liso y corto y prematuramente encanecido.Los siervos me invitaron a aproximarme hasta su señor. Al llegar a su altura, poco me faltópara tenderles mi mano. Lázaro y sus acompañantes permanecieron inmóviles, examinándomede pies a cabeza. Fue un momento difícil. Más adelante comprendería que aquella frialdadestaba justificada. Desde su resurrección, los enemigos de Jesús -en especial los fariseos yotros miembros destacados del Gran Sanedrín- venían mostrando una preocupante hostilidadcontra el vecino de Betania. Si el Nazareno constituía ya de por sí una amenaza contra lossacerdotes de Jerusalén, Lázaro -con su vuelta a la vida- había revolucionado los ánimos,erigiéndose en prueba de excepción del poder del Maestro. Era lógico, por tanto, que la familiadesconfiase de todo y de todos.Aquella tensa situación se vería aliviada -afortunadamente para mi- en cuanto misanfitriones se percataron de lo duro de mi acento, que me delataba como extranjero.-¿Me buscabas? -intervino Lázaro con gesto grave.-Vengo de tierras extrañas, en busca del leví de Nazaret, de quien cuentan que es hombresabio y justo. Al desembarcar he sabido que tú eres su amigo. Por eso estoy aquí, en busca detu comprensión…Lázaro no respondió. Con un gesto me invitó a seguirle. Y al trasponer aquella segundapuerta me encontré en un espacioso patio porticado, igualmente abierto, pero cuadrangular.Aquella, sin duda, era la parte principal de la hacienda. Un total de catorce columnas de piedrade poco más de dos metros de altura apuntalaban un segundo piso, todo él construido enladrillo. La fachada inferior de la casa (la situada bajo el pórtico) había sido levantada congrandes piedras rectangulares. Pude contar hasta siete puertas, todas ellas de sólida maderacolor ceniza. En el centro del patio había sido excavada una segunda cisterna. De sus cuatrovértices partían otros tantos canalillos de piedra por los que supuse que recogerían las aguas delluvia. La piscina se hallaba prácticamente llena, con un agua de dudoso colorido. Casi la mitaddel patio se hallaba cubierto con un tejadillo de cañizo sobre el que descansaban los vástagosde dos parras traídas por el padre de Lázaro desde la lejana Corinto, en las costas de Grecia. Elfruto de esta vid -de una casta muy preciada- tenía la particularidad de dar uvas sin granos.Durante mi estancia en Betania tuve la oportunidad de saber que Jesús de Nazaret sentía unaespecial predilección por el fruto de aquellas parras.Lázaro y sus amigos cruzaron el empedrado piso del patio y se dirigieron a una de laspuertas de la izquierda. Al pasar bajo el soportal reparé en cuatro mujeres, sentadas en uno delos dos bancos de piedra adosados en cada una de las cuatro fachadas existentes bajo elclaustro. Todas ellas vestían cumplidas túnicas de colores claros -generalmente verdosos-, conlas cabezas cubiertas por sendos pañolones. Ninguna, sin embargo, ocultaba su rostro.Guardaré siempre un grato e imborrable recuerdo de aquella sala rectangular a la que mehabía conducido el amigo de Jesús. Allí transcurrirían algunos de los momentos más apaciblesde mi incursión en Betania…Se trataba de la sala «familiar». Una especie de salón-comedor de unos ocho metros delargo por cuatro y medio de ancho. Tres ventanas estiradas y angostas, practicadas en el muroopuesto a la puerta, apenas si dejaban entrar la claridad. Una blanca mesa de pino presidía elcentro de la estancia, cuyo suelo había sido revocado con mortero.Caballo de TroyaJ. J. Benítez68En una de las esquinas chisporroteaban algunos troncos, alimentados por el fuerte tiro delhogar. El fogón cumplía una doble misión. De una parte, servir de calefacción en los rudosmeses invernales y, por otra, permitir la preparación de los alimentos. Para ello, lospropietarios habían levantado a escasa distancia de la chimenea propiamente dicha un muretecircular de unos treinta centímetros de altura, formado por cuatro capas en las que alternabanel barro y los cascotes. En su interior, entre las brasas, se depositaban los pucheros, así comounas bateas convexas que servían para cocer tortas hechas con masa sin levadura. Cuando sedeseaba cocinar sin la aplicación directa del fuego, las mujeres depositaban unas piedras planassobre la candela. Una vez caldeadas, las brasas eran apartadas y el guiso se realizaba sobre laspiedras.En casi todas las paredes habían sido dispuestas alacenas y repisas de madera en las que sealineaban lebrillos, bandejas, soperas y otros enseres, la mayoría de barro o bronce.En el muro opuesto al fogón, y enterradas como una cuarta en el piso, se distinguían dosgrandes y abombadas tinajas, de una tonalidad rojiza acastañada. Alcanzaban algo más de unmetro de altura y, según me comentaría Marta días después, eran destinadas al consumo diariode grano y vino. Una de ellas, en especial, era tenida en gran aprecio por Lázaro y su familia.Había sido rescatada muchos años atrás en las cercanías de la ciudad de Hebrón y habíapertenecido -según el sello real que presentaba una de sus cuatro asas- a los viñedos reales. Enuna minuciosa inspección posterior pude corroborar que, en efecto, la tinaja en cuestiónpresentaba un registro superior con las letras «lmlk», que significaban «perteneciente al rey».Su capacidad -sensiblemente inferior a la de la tinaja destinada al trigo- era de dos «batos»israelitas1. Siempre permanecía herméticamente cerrada con una tapa de barro, sujeta a su vezcon bandas de tela.El techo del aposento, situado a dos metros, estaba cruzado por seis vigas de madera,probablemente coníferas, muy abundantes en los alrededores. Otras partes techadas de lacasa, excepción hecha de las terrazas, presentaban una construcción menos sólida. La cuadra yel almacén de los aperos propios del campo, por ejemplo, hablan sido cubiertos con materialesmuy combustibles: paja mezclada con barro y cal. Este tipo de techumbre -según me explicóLázaro- tenía un gran inconveniente. Cada vez que llovía era necesario alisaría de nuevo, con elfin de consolidar el material de la superficie y evitar las goteras. Para ello se valían de pequeñosrodillos de piedra de unos sesenta centímetros de longitud.Lázaro y los restantes hebreos se situaron en torno al crepitante luego y tomaron asientosobre algunas de las pieles de cabra que alfombraban el piso. Yo hice otro tanto y me dispuseal diálogo.En ese momento, una mujer entró en la sala. Llevaba en su mano izquierda una frágil astillaencendida. Sin decir palabra fue recorriendo las seis lámparas de barro que colgaban a lo largode las blancas paredes y que contenían aceite. Tras prenderías, tomó una lucerna -también dearcilla- e introdujo la llama de su improvisada antorcha por la boca del campanudo recipiente.Al instante brotó una llamita amarillenta. La mujer, con paso diligente, situó aquella lámparaportátil sobre el extremo de la mesa más próximo al grupo. A continuación se acercó al hogar yarrojó sobre las brasas los restos de la astilla y dos bolitas de aspecto resinoso. Las cápsulas decañafístula -un perfume empleado con frecuencia entre los hebreos- prendieron como unaexhalación, invadiendo el recinto un aroma suave y duradero.De pronto, sin apenas crepúsculo, la oscuridad llenó aquel histórico aposento.-Te rogamos excuses nuestro recelo -solicitó uno de los amigos de Lázaro. Desde que elsumo sacerdote José ben Caifás y muchos de los archiereis2 del Sanedrín acordaron poner fin ala vida del Maestro, todas nuestras precauciones son pocas…1 Medida equivalente a unos veintidós litros. (N. del m.)2 Aquella noche, en mi último contacto con el módulo, Eliseo me aclaró el significado de archiereis. Se trataba de unnutrido grupo de sacerdotes-jefes que ocupaban cargos permanentes en el templo y que, en virtud de dicho cargo,tenían voz en el Sanedrín. Santa Claus aportó documentación complementaria (Hechos de los Apóstoles, 4,5-6, yAntigüedades, de Josefo, XX 8,11/189 ss.) en la que se especifica que el jefe supremo del templo y un tesorero delmismo eran miembros del mencionado Sanedrín. El número mínimo de este grupo era de uno (sumo sacerdote) másuno (jefe supremo del templo) más uno (guardián del templo, sacerdote) más tres (tesoreros). Es decir, seis. A estenúmero mínimo había que añadir los sumos sacerdotes cesantes y los sacerdotes guardianes y tesoreros. El Sanedrín,por tanto, estaba formado por 71 miembros.Caballo de TroyaJ. J. Benítez69-Sabemos que los betusianos y esbirros de Ben Bebay1 -terció otro de los asistentes a lareunión- tienen órdenes de prender a Jesús. La fiesta de la Pascua está cercana y nuestrosinformantes aseguran que los bastones y porras de la policía del Gran Sanedrín estarándispuestos para caer sobre el rabí. Sólo aguardan una oportunidad.-¿Por qué? -intervine, mostrando vivos deseos de comprender-. El Maestro, según tengoentendido, es hombre de paz. Nunca ha hecho mal a nadie…Lázaro debió notar una especial vibración en mi voz. Aquél fue el primer paso hacia ladefinitiva apertura de su corazón.-Tú eres griego -respondió el resucitado, dándome a entender que yo ignoraba muchas delas circunstancias que rodeaban al rabí de Galilea-. No sé si conoces la profecía que acaricia ycontempla nuestro pueblo desde tiempos remotos. Un día nacerá en Israel un Mesías que harálibres a los hombres. Pues bien, la casta sacerdotal cree y ha hecho creer al pueblo que eseSalvador tendrá que ser, primero y sobre todo, un sumo sacerdote.-¿El Mesías deberá ser miembro del Gran Sanedrín?
. -Eso dicen ellos. Los largos años de dominación extranjera han fortalecido la esperanza de
ese Mesías, convirtiéndolo en un ‘efe político que libere a Israel del yugo romano. Lossacerdotes saben que el Maestro predica otro tipo de «liberación» y por eso lo consideran unimpostor. Esto seria suficiente para terminar con la vida de Jesús. Pero hay más…Lázaro seguía observándome con los ojos brillantes por una progresiva e incontrolablecólera.Esos sepulcros encalados -como los llamó el Maestro- no perdonan que Jesús les hayaridiculizado públicamente. Es la primera vez en muchos años que alguien les planta cara,minando su influencia sobre el pueblo sencillo. Jesús, con sus palabras y señales, arrastra a lasmuchedumbres y eso multiplica su envidia y rencor Por eso han jurado matarle…-Pero no lo conseguirán -apostilló otro de los hebreos.Interrogué a Lázaro con la mirada. ¿Qué querían decir aquellas rotundas palabras?El amigo amado de Jesús desvió la conversación.-Por favor, disculpa nuestra descortesía. A juzgar por el polvo de tus sandalias y la fatiga detu rostro, debes de haber caminado mucho Te suplico que -como hermano nuestro- aceptes mihospitalidad…Aquel brusco giro en la conducta de Lázaro me desconcertó. Pero le dejé hacer.El hombre abandonó la estancia, regresando a los pocos minutos, en compañía de unamujer.-Marta, mi hermana mayor -explicó Lázaro refiriéndose a la hebrea que le acompañaba- telavará los pies…El corazón me latió con fuerza. Y sin cerciorarme del error que estaba cometiendo, me puseen pie. El resto del grupo permaneció sentado. Era demasiado tarde para rectificar. Procuréserenar mis nervios. No podía negarme a los requerimientos de mi anfitrión. Hubiera sidoconsiderado como un insulto al arraigado sentido oriental de la hospitalidad. Así que, colocandomis manos sobre los hombros del resucitado, le sonreí, agradeciéndole su delicadeza lo mejorque supe.No tuve casi tiempo de fijarme en Marta, la «señora», puesto que éste es el verdaderosignificado de dicho nombre. Antes de que su hermano hubiera terminado de hablar, ya habíatraspasado el umbral de la sala, perdiéndose en el patio porticado.Lázaro me rogó que tomara asiento sobre uno de los pequeños y desperdigados taburetes decuatro patas y asiento de mimbre que rodeaban la mesa.A los cinco minutos, la figura de Marta se recortaba nuevamente en la puerta. Sujetaba enlas manos un lebrillo vacío y de su antebrazo izquierdo colgaba un largo lienzo blanco. Leseguía un niño con una jarra de bronce llena de agua.Como si se tratara de un hábito de lo más rutinario, la hermana mayor de Lázaro depositó elbarreño a mis pies, ciñéndose lo que hoy llamaríamos toalla. Me apresuré a soltar las tiras de1 El ordenador central del módulo confirmó el nombre de Ben Bebay como uno de los «jefes» del templo, con elcargo concreto de «esbirro» (Escrito rabínico Sheqalim, V, 1-2). Este personaje estaba encargado, entre otrosmenesteres, de azotar, por ejemplo, a los sacerdotes que intentaban hacer trampas en el sorteo de las funciones delculto. Otra de sus funciones era la fabricación y colocación de la mechas, que se confeccionaban con los Calzones ycinturones viejos de los sacerdotes. (N. del m.)Caballo de TroyaJ. J. Benítez70cuero que formaban los cordones de mis sandalias, mientras la mujer vaciaba parte delcontenido de la jarra en el lebrillo. Al introducir los pies en la ancha vasija de barro experimentéuna reconfortante sensación. EI agua estaba caliente!-Gracias… -murmuré-. Muchas gracias…Marta levantó el rostro y sonrió, dejando al descubierto un hilo de oro que servía parasujetar algunos dientes postizos. Aquel era otro signo inequívoco de la acomodada posición dela familia.Mientras la mujer procedía a la limpieza de mis doloridos pies (las cuatro vueltas de loscordones habían dejado otras tantas marcas rojizas en la piel), procuré observarla condetenimiento. Sin duda, Marta era mayor que Lázaro. Aparentaba entre 45 y 50 años. Susmanos, robustas y encallecidas, reflejaban una intensa y larga vida de trabajo. Era de una tallamuy similar a la de su hermano -alrededor de 1,60 metros-, pero más gruesa y con un rostroredondo y curtido. Deduje que sus cabellos -cubiertos por un velo negro que caía hasta laespalda- debían ser negros, al igual que sus ojos y las cejas.Una vez concluido el lavatorio, Marta envolvió mis pies en el lienzo con el que se ceñía lacintura y fue presionando el suave tejido (probablemente de algodón) hasta que ambasextremidades quedaron completamente secas. Tomó las sandalias y, ante mi sorpresa, se laspasó al muchachito. Guardé silencio, imaginando que la buena mujer trataba de asearlas.Cuando pensaba que la operación había terminado, Marta me rogó que arremangara lasmangas de mi túnica. Obedecí y con suma delicadeza tomó mis manos, situándolas sobre ellebrillo. Vertió sobre ellas el resto del agua que contenía la jarra, invitándome a que las frotaraenérgicamente. Por último, las secó, retirando a un lado el barreño. En ese instante, la «señora» de la casa -que seguía arrodillada frente a mí- echó mano de un cordoncito querodeaba su cuello, extrayendo de entre sus pechos una bolsita de tela, color azabache. Laabrió, volcando el contenido sobre la palma de su mano izquierda. Se trataba de un puñado desuaves y diminutos gránulos -con forma de lágrimas- que destelleaban a la luz de los candiles.Marta trotó aquella sustancia de aspecto gomorresinoso sobre cada uno de mis pies. Despuéshizo otro tanto con mis manos, devolviendo el oloroso producto a la bolsa.No pude contener mi curiosidad y le pregunté el nombre de aquel perfume.-Es mirra.En los días que siguieron a mi salida del módulo, pude saber que muchas de las mujeresisraelitas -en especial las de las clases media y alta- llevaban bajo su túnica, al igual que Marta,sendas bolsitas con mirra. Ello les proporcionaba una permanente y gratísima fragancia. Tantola mirra como el áloe, la hierba del bálsamo y otras resinas aromáticas eran consumidos congran profusión por el pueblo judío, que las utilizaba, no sólo para aromatizar los templos, sinoen el aseo personal, en el hogar e incluso en el lecho1.Marta y el niño abandonaron la estancia y yo, agradecido y aliviado, me incorporé al grupo.Lázaro atizaba el fuego. En mi mente bullían tantas preguntas que no supe por dónde reanudarla conversación. Deseaba conocer la doctrina y la personalidad del Maestro de Galilea, perotambién sentía una aguda curiosidad por aquel ejemplar único: un hebreo devuelto a la vidadespués de muerto y enterrado. Como tampoco era cuestión de desperdiciar aquellainmejorable ocasión -programada, además, en el esquema de trabajo del general Curtiss-,rogué a mi amable anfitrión que me sacara de algunas dudas en torno al conocido milagro de1 En mis indagaciones durante aquellos días en Palestina verifiqué que, aunque muchas de estas plantas queservían de base para la fabricación de perfumes se cultivaban en suelo israelita, la mayoría procedía originariamente deotros países. El incienso, por ejemplo, que se obtenía de la bosvelia, había peregrinado desde Arabia y Somalilandia. Ylo mismo había ocurrido con la commiphora myrrha o árbol de la mirra. El áloe, por su parte, había llegado desde la islade Socotora, en la boca del mar Rojo. En cuanto al preciado bálsamo, cuya hierba es conocida entre los botánicos comocommiphora opobalsamum, parecer ser que en un principio fue originaria de Arabia. Sin embargo, como muy bienafirma Ezequiel (27,17), «Judea e Israel suministraban a Tiro perfumes, miel, aceite y bálsamo». La explicación estabaen uno de los libros del historiador judío romanizado, Flavio Josefo. Las semillas de la hierba del bálsamo habían llegadohasta Palestina en tiempos del rey Salomón y fueron, según Josefo, uno de los muchos regalos de la mítica reina deSaba al citado Salomón. Al día siguiente, viernes, 31 de marzo, yo mismo tendría la ocasión de comprobar cómo Jesúsentregaba a Marta y a María un preciado obsequio: hierbas de bálsamo, procedente de las fértiles llanuras de Jericó.Santa Claus me confirmaría igualmente que, en el año 60, Tito Vespasiano ordenarla proteger estas plantaciones debálsamo de Jericó con una guardia especial. Mil años más tarde, los cruzados que entraron en Israel no hallaron rastroalguno de tan valiosa planta. Los turcos habían talado gran parte de los árboles descuidando también los arbustos quese habían cultivado en las proximidades del río Jordán. (N. del m.)Caballo de TroyaJ. J. Benítez71Jesús. En mi calidad de médico, y a pesar de los textos evangélicos y de los numerososcomentarios que había recogido hasta ese momento, me resultaba muy difícil imaginar siquieraque aquel hombre hubiera sufrido lo que hoy conocemos por muerte clínica y que, para colmo,varios días después de su fallecimiento, otro «hombre» le hubiera rescatado del sepulcro.-¿Qué es lo que deseas conocer? -repuso Lázaro sin dejar de remover el fogón.Aun a riesgo de parecer impertinente, planteé mi primera duda con la suficiente astuciacomo para provocar la locuacidad de los allí reunidos.¿No pudo suceder que estuvieras dormido?Lázaro olvidó la chimenea y, mirándome con dureza, replicó:-Es mejor que sean éstos quienes respondan a esa cuestión…Sus amigos guardaron silencio. Por un momento llegué a pensar que había forzado lasituación. Pero, finalmente, uno de ellos, en tono comprensivo, tomó el hilo de la conversación.-Es natural que dudes. Tú, como otros muchos, no estabas aquí cuando, en los últimos díasde febrero, nuestro hermano Lázaro fue presa de intensas fiebres. A pesar de los cuidados desus hermanas y de las prescripciones de los sangradores venidos de Jerusalén, el mal fue enaumento. Su debilidad llegó a tal extremo que no era capaz de sostener una escudilla de lecheentre las manos.Ni siquiera el médico del templo, Ben Ajía1, pudo remediarle. El Maestro no se encontraba enaquellas fechas en Judea y la familia, a la vista de tan grave dolencia, tomó la decisión deenviar un mensajero para rogarle que sanara a su amigo. Sin embargo, a las pocas horas de lapartida del jinete, Lázaro murió.-¿Recordáis la fecha? -intervine.-¿Cómo olvidar el día del fallecimiento de un amigo? El duelo cayó sobre esta casa en lasúltimas horas de la tarde del domingo 5 de marzo.-Eso significa interrumpí de nuevo a mi interlocutor- que el mensajero llegó hasta Jesúscuando Lázaro ya había muerto…-Efectivamente. El rabí se encontraba entonces en la ciudad de Bethabara, en la Perea2 yaunque el emisario cabalgó toda la noche, Jesús no recibió la noticia hasta el día siguiente,lunes.-Hay algo que no entiendo. ¿El mensajero tenía orden de rogar al Maestro que acudiera aBetania?-No. Las hermanas de Lázaro tienen la suficiente fe en el rabí como para saber que no eranecesaria su presencia. Ellas eran conscientes de que Jesús se hallaba predicando y quebastaría una sola palabra suya para sanar a su hermano. Por eso, al morir Lázaro poco despuésde la partida del mensajero, todo el mundo comprendió y aceptó que era demasiado tarde.»Lo que sí resultó incomprensible, incluso para Marta y María-prosiguió mi relator con la voz trémula por el triste recuerdo de aquellos momentos- fue larespuesta de Jesús al emisario. Cuando éste regresó a Betania en la mañana del martes,aseguró una y otra vez que había oído decir al rabí que «aquella enfermedad no llevaba a lamuerte». Todos, como te digo, creyentes o no, quedamos desconcertados. Nadie acertaba acomprender por qué Jesús, el gran amigo de la familia, no daba señales de vida.»Al conocerse la noticia de la muerte de Lázaro, muchos de sus familiares y amigos de lasaldeas próximas, así como de Jerusalén, se pusieron en camino y acompañamos a las1 Eliseo me confirmaría horas después que, según una de las dos listas contenidas en el escrito rabínico Sheqalim V,1-2, el nombre de Ben Ajía, en efecto, correspondía a uno de los «jefes» del Templo, con el cargo específico de médico.La computadora arrojó la siguiente lectura: »Encargado de los enfermos del vientre. La alimentación de los sacerdotesera extraordinariamente abundante en carnes, no pudiendo beber más que agua. Todo ello ocasionaba frecuentesdolencias estomacales.» Santa Claus nos remitía, para una más completa información, al manuscrito de Erfurt,actualmente en Berlín. Dos días después, al asistir a la desconcertante entrada triunfal del Cristo en Jerusalén, tuve laoportunidad de comprobar cómo en la llamada <parte baja» de la ciudad, una de las profesiones artesanales eraprecisamente la de médico. Los sangradores a que se referían los compañeros de Lázaro se hallaban concentrados enuna de las calles -al igual que el resto de los ‘ûmman o artesanos- y allí desempeñaban su oficio, que abarcaba desde lacirugía a la circuncisión, pasando por la receta de hierbas medicinales, extracción de dientes e, incluso, el rasurado ycorte del pelo. (N .del m.)2 En esta ciudad, en la parte oriental del Jordán, tuvo lugar el bautismo de Jesucristo por Juan. (N. del m.)Caballo de TroyaJ. J. Benítez72hermanas en tan triste momento. Cumplida la primera parte de la normativa sobre el luto1,nuestro amigo fue sepultado junto a sus padres, en la tumba familiar existente al final deljardín.-Un momento -intervine de nuevo-. ¿Lázaro fue enterrado, aquí, en su propia casa?-Si, en el panteón de sus mayores.Aunque mi pregunta debió parecer intrascendente, para mí encerraba un indudable valor.Según todos los textos bíblicos por mi consultados antes de la Operación Caballo de Troya, elsepulcro de Lázaro había sido ubicado por los exegetas fuera del pueblo y concretamente en lafalda oriental del monte Olivete. A la mañana siguiente, la hermana mayor de Lázaro, a peticiónmía, me conduciría hasta la gruta natural que se abría al pie de un peñasco de unos diezmetros de altura, a poco más de cuatrocientos metros de la parte posterior de la casa y en elfondo del frondoso huerto que formaba la hacienda. Aquella comprobación despejó mis dudas,fortaleciendo mi primera impresión sobre la desahogada posición económica de la familia, quehabía heredado de sus padres amplias zonas de viñedos y olivos. El hecho indiscutible dedisponer, incluso, de su propio panteón familiar dentro del recinto de su casa, hablaba por sísolo de la riqueza de los hermanos.-¿Qué día fue sepultado Lázaro?-El jueves 9 de marzo, por la mañana. Al cumplirse los tres días establecidos por la ley, lafamilia y amigos depositamos los restos de Lázaro en uno de los lechos de piedra excavado enla gruta y procedimos a cerrar la boca con la losa…Mis informantes se refirieron a continuación a la difícil situación por la que atravesaban lashermanas del fallecido. A pesar de los numerosos amigos y parientes que habían acudido aconsolarlas, María y la «señora» se hallaban sumidas en un profundo dolor. Algo, sin embargo,las diferenciaba: mientras María parecía haber perdido toda esperanza, Marta siguió aferrada auna idea: «el Maestro tenía que aparecer de un momento a otro». Y aunque no sabía muy bienqué podía hacer el rabí a estas alturas, con su hermano muerto y amortajado, la «señora» vivióaquellos casi cuatro días con el ferviente deseo de ver aparecer a Jesús. Su fe en el Maestro eratal que aquella misma mañana del jueves, cuando la tumba fue cerrada, pidió a una vecina deBetania que se situara en lo alto de una colina, al este de la aldea, con el fin de vigilar elcamino que conduce a Jericó y por el que debería llegar el rabí de Galilea. A las pocas horas, lajoven irrumpió en la casa de Lázaro advirtiendo en secreto a Marta de la inminente llegada deJesús y sus discípulos.Poco después del mediodía, la «señora» se reunió con el Nazareno en lo alto de la colina.Marta, al ver a Jesús, se arrojó a sus pies, dando rienda suelta a sus lágrimas, al tiempo queexclamaba entre grandes gritos: «¡Maestro, de haber estado aquí, mi hermano no hubieramuerto!»Jesús, entonces, se inclinó y tras levantarla le dijo: «Ten fe y tu hermano resucitará.»Y Marta, que no se había atrevido a criticar la aparentemente incomprensible actuación delMaestro, contestó: «Sé que resucitará en la resurrección del último día y desde ahora creo quenuestro Padre te dará todo aquello que le pidas.»El rabí colocó sus manos sobre los hombros de la mujer y mirándola fijamente a los ojos ledijo: «¡Yo soy la resurrección y la vida!»Las lágrimas seguían corriendo por las mejillas de la hermana de Lázaro y Jesús prosiguió:«Aquel que crea en mí vivirá a pesar de que muera. En verdad te digo que quien viva creyendoen mí, nunca morirá realmente. Marta, ¿crees esto?La mujer asintió con la cabeza y tras secarse los ojos añadió:«Sí, desde hace mucho tiempo creo que eres el Libertador, el Rijo de Dios vivo…, el quetiene que venir a este mundo.»Los compañeros de Lázaro prosiguieron su relato, exponiendo la extrañeza del Maestro al nover a María junto a su hermana. La «señora», que había recuperado ya su temple habitual,explicó a Jesús el profundo y doloroso trance por el que atravesaba María. Y el Nazareno le rogóque fuera a avisaría.1 La Misná, en su capítulo tercero de fiestas menores (moed qatan), establece que los muertos debían ser lloradosdurante los tres primeros días. Durante los siete primeros días, el ritual establecía las lamentaciones y a lo largo delprimer mes los familiares debían llevar las señales propias del luto. (N. del m.)Caballo de TroyaJ. J. Benítez73Marta entró de nuevo en la casa y, tomando aparte a su hermana, le dio la noticia de lallegada del Maestro.Mis interlocutores debieron notar mi extrañeza ante este gesto de la hermana mayor deLázaro y, adentrándose a mis pensamientos, aclararon:-Entre las numerosas personas que habían acudido hasta esta casa se contaban algunosenemigos de Jesús; Marta, procurando evitar cualquier incidente, estimó oportuno no hablar enpúblico de la reciente llegada a Betania del rabí. Es más: su intención fue permanecer en lacasa, con los amigos y familiares, mientras María acudía en busca de Jesús. Pero la súbita eimpetuosa salida de la hermana menor alarmó a los presentes, que la siguieron, creyendo queMaría se dirigía a la tumba de su hermano.»Cuando Maria llegó hasta el Maestro, se arrojó igualmente a sus pies, exclamando: “¡Dehaber estado tú aquí, mi hermano no hubiera muerto!” El grupo, al ver a Jesús con las doshermanas, permaneció a una prudencial distancia En aquellos momentos, mientras el rabí lasconsolaba, muchos de los amigos y parientes reanudaron sus lamentaciones y gemidos.»El sol había empezado ya a desplazarse hacia el oeste cuando Jesús preguntó a Marta y aMaría : «¿Dónde está?» La «señora» le respondió: «Ven y verás.» Y las hermanas lecondujeron hasta la hacienda, atravesando el huerto. Cuando estuvieron frente a la gran peña,Marta le señaló la losa que cerraba el panteón familiar mientras María -presa de un nuevoataque- se arrodillaba a los pies del Galileo, sollozando y hundiendo el rostro en la tierra. Sehizo un gran silencio y los que estábamos cerca del rabí vimos cómo sus ojos se humedecían yvarias lágrimas corrieron por sus mejillas. Uno de los amigos de Jesús, al verle llorar, exclamó:«Ved cómo le quería. Aquel que ha abierto los ojos a los ciegos, ¿no podría impedir que estehombre muera?»»Pero otros de los allí congregados, implacables detractores del Maestro, aprovecharonaquella oportunidad para ridiculizar a Jesús, diciendo: «Si tenía en tan alta estima a estehombre, ¿por que no ha salvado a su amigo? ¿De qué sirve curar en Galilea a extraños si nopuede salvar a los que ama?… »»Jesús, sin embargo, permaneció en silencio. Entonces, levantando a María, la estrechóentre sus brazos, aliviando su aflicción.-¿Qué hora era?-Faltaba muy poco para la nona. En ese momento, el rabí, dirigiéndose a algunos de susdiscípulos, les ordenó: «¡Levantad la piedra!» Pero Marta, adelantándose hacia el Maestro, lepreguntó:«¿Debemos mover la piedra de costado?»Interrogué a los amigos de Lázaro sobre el significado de aquella pregunta de la «señora».Sinceramente, no terminaba de comprender. ¿Qué había querido decir?-Marta, al igual que el resto de los allí presentes -me explicaron- entendimos que Jesúsdeseaba ver a Lázaro por última vez. Aunque todos creíamos en la resurrección de los muertos,ninguno (ni siquiera Marta) imaginamos cuáles eran en realidad las verdaderas intenciones delrabí. Por eso la «señora» creyó que sería suficiente con retirar parcialmente la losa. De estaforma, el Maestro hubiera podido asomarse a la sepultura y contemplar el cadáver de su amigo.»La hermana mayor de Lázaro, sin embargo, intentó persuadir a Jesús, diciéndole: «Mihermano ha muerto hace ya cuatro días… La descomposición del cuerpo se ha iniciado…»»Los cinco hombres que se disponían a desplazar la piedra miraron a Marta sin saber quéhacer. Pero Jesús, que se había situado frente a ellos, y en un tono que no dejaba lugar adudas, reprochó la lógica insinuación de la «señora»:»-¿No os he manifestado desde el principio que esta enfermedad no era mortal? ¿No hevenido a cumplir mi promesa? Y después de haberos visto, ¿no he dicho que si creéis veréis lagloria de Dios? ¿Por qué dudáis? ¿Cuánto tiempo necesitáis para creer y obedecer?»Marta miró fijamente al Maestro y, en uno de sus típicos arranques, animó a los apóstoles yvecinos de Betania que se habían brindado a separar la piedra para que abrieran la caverna.»El espeso silencio quedó roto por el gemido de la losa circular al rozar sobre la roca y porlos entrecortados gritos de aliento que proferían los voluntarios, en su esfuerzo por echar a unlado el pesado cierre. Al cuarto o quinto intento, la boca de la tumba quedó al descubierto.»Nuestro rabí levantó entonces los ojos hacia el azul de aquel atardecer y exclamó de formaque todos pudiéramos oírle:Caballo de TroyaJ. J. Benítez74»-Padre…1, te agradezco que hayas oído mi ruego. Sé que siempre me escuchas, pero acausa de los que están junto a mí, hablo contigo para que crean que me has enviado al mundoy sepan que intervienes conmigo en el acto que nos disponemos a realizar.»Acto seguido clavó su rodilla izquierda en tierra y asomándose a la galería que conduce a lacámara funeraria gritó con fuerza:«¡Lázaro!… ¡Acércate a mí!»»EI eco resonó en el interior de la cueva, mientras las cuarenta o cincuenta personas que allíestábamos sentimos un escalofrío.Algunos de los más próximos al Maestro nos asomamos a la tumba y percibimos, en lapenumbra del foso, la forma de Lázaro, fuertemente fajado con tiras de lino blanco y reposandoen el nicho inferior derecho del panteón.»María, asustada, se abrazó a su hermana. Nunca un silencio fue tan dramático.»Durante un corto espacio de tiempo, todos contuvimos la respiración. Aunque muchos denosotros habíamos sido testigos de otros prodigios del rabí, la palpable y cruda realidad deaquellos cuatro días de enterramiento nos hacía dudar.»¿Qué iba a suceder?»Aquel desacostumbrado silencio se había propagado incluso a los alrededores. Las primerasy familiares golondrinas habían desaparecido del cielo y hasta el fuerte viento, tan propio deesta época, se había calmado inexplicablemente.»De pronto, el Maestro dio un paso atrás. Por las escaleras que conducen a la boca de lacueva apareció un bulto. María lanzó un grito desgarrador y cayó desmayada. Instintivamente,todos retrocedimos.»Un hombre cubierto por un lienzo pugnaba por salir al exterior. Pero sus manos y piesestaban atados con vendas y esto dificultaba su marcha.»De la sorpresa se pasó al terror y la mayoría de los hombres y mujeres huyeron por eljardín, entre alaridos y caídas.»¡Era Lázaro!»A duras penas, apoyándose en sus codos y manos, aquel bulto fue arrastrándose por lashúmedas escalinatas de piedra hasta alcanzar los últimos peldaños. Allí se detuvo, jadeante,mientras un sudor frío nos recorría el rostro.»Pero nadie -ni siquiera Marta- se atrevió a dar un solo paso hacia el resucitado.»Jesús comprendió nuestro pánico y dirigiéndose a la «señora» ordenó que le quitáramos latiras de tela y que le dejáramos caminar.»Con los ojos arrasados en lágrimas, Marta se aproximó valientemente, procediendo adesatar primero las vendas que oprimían sus muñecas. A continuación, sin esperar a liberarlede las ataduras de los tobillos, rasgó la sábana y dejó al descubierto el rostro de su hermano.Tenía los ojos muy abiertos y la faz blanca como la cal.»Una vez liberado, Lázaro saludó al Maestro y a sus discípulos, interrogando a su hermanaMarta sobre el significado de aquellas ropas funerarias y por qué se había despertado en eljardín. Mientras la «señora» le refería su muerte, enterramiento y resurrección, Jesús dio mediavuelta y con su habitual serenidad se inclinó, levantando el cuerpo de María. La muchacha nohabía recobrado aún el sentido y el Maestro, olvidándose por completo de Lázaro y de nosotros,la condujo entre sus brazos hasta la casa.»Poco después, los tres hermanos se postraron ante el rabí, agradeciéndole cuanto habíahecho. Pero Jesús, tomando a Lázaro por sus manos, le levantó, diciendo: «Rijo mío, lo que teha sucedido, ocurrirá igual a todos aquellos que crean en el evangelio, pero resucitarán bajouna forma más gloriosa. Tú serás el testigo viviente de la verdad que he proclamado: yo soy laresurrección y la vida. Ahora vayamos a tomar el alimento para nuestros cuerpos físicos.»«Esto es todo lo que podemos decirte.Lázaro me observaba fijamente. Supongo que con menor curiosidad de la que yo sentía porél.-Si me lo permites -intervine dirigiéndome al resucitado-, quisiera hacerte una últimapregunta.El amigo de Jesús asintió con la cabeza.1 Mis informantes se refirieron siempre al nombre de «Padre» con la palabra «Abba». Según mis estudios, estetitulo se otorgaba también a muchos maestros del Talmud, como muestra de veneración y afecto. (N. del m.)Caballo de TroyaJ. J. Benítez75-¿Qué recuerdo guardas de esos días en los que gustaste la muerte?-Nunca he hablado de ello -repuso Lázaro-, pero no es mucho lo que puedo decirte.Aquella pregunta y la insinuación del propietario de la casa sorprendieron al grupo.Curiosamente, nadie se había preocupado de averiguar qué había visto o sentido Lázarodurante los cuatro días en los que había permanecido muerto.-Hubo un momento -supongo que en el instante de mi muerte- en el que mi cabeza se llenóde un extraño ruido… Fue algo así como el zumbido de un enjambre de abejas. Después, no sépor cuanto tiempo, experimenté una sensación desconocida: era como si me precipitara por unestrecho y oscuro pasadizo…»Cuando volví a abrir los ojos todo era oscuridad. No sabia dónde estaba ni lo que habíasucedido. Sentí frío en la espalda. Me di cuenta entonces que yacía sobre un lecho de piedra.Traté de incorporarme pero noté que me hallaba maniatado y cubierto por un lienzo Intentégritar, pero un pañolón anudado sobre la cabeza sujetaba fuertemente mi mandíbula.Inmediatamente comprendí que estaba en una de las cavidades subterráneas que sirven paraenterrar a nuestros muertos. Sin embargo, en contra de lo que puedas creer, no sentí miedo. Alcontrario. Una gran paz se apoderó de mi y, lentamente, como pude, fui arrastrándome hacia lacolumna de luz que se distinguía al fondo de la cámara. El resto ya lo conoces.No sé cómo pudo venirme a la memoria pero, de pronto, recordé que en el relato de laresurrección se habla mencionado una sábana.-Abusando de tu hospitalidad -le expuse- me gustaría saber si aún conservas los lienzosfunerarios.-Sí, así es.-¿Podría examinarlos?Aquel inusitado interés mío por la mortaja confundió a los presentes. Pero Lázaro accedió,rogando a uno de los amigos que fuera por ellos. Minutos más tarde, el hebreo ponía en mismanos un rollo de tela. Con la ayuda del propio Lázaro, y a petición mía, extendimos la sábanade lino sobre la mesa. Providencialmente, las hermanas habían optado por guardar el lienzo ylas vendas tal y como fueron retirados del cuerpo de Lázaro. Y aunque la rigurosa ley judíaprohibía todo contacto con cadáveres o con objetos que, a su vez, hubieran permanecido juntoa los restos de hombres o animales1, la singularidad del suceso -que rompía todos losesquemas legales- y el talante liberal de estos fieles seguidores de la doctrina de Jesús, habíanhecho posible que las vestiduras fúnebres no fueran destruidas y que la familia las manejara sinescrúpulos de conciencia.Al pasar una de las lámparas de aceite sobre el tejido pude observar un desgarro en elcentro mismo de la sábana; justamente en la parte que debió cubrir la cabeza. Al examinardetenidamente la tela comprobé la existencia de unos plastones de color marrón, producto delas mezclas de ungüentos que habían sido utilizados en el embalsamamiento.Como médico, presté especial interés a la detección de posibles señales o huellas quepudieran delatar el natural proceso de putrefacción. Según mis cálculos, y a juzgar por lasinformaciones de mis amigos, Lázaro había fallecido unos 25 días antes, en el atardecer deldomingo, 5 de marzo. A pesar del aislamiento de la cueva sepulcral, de la baja temperatura dela misma y de la posible acción retardadora de los aceites y áloes, la advertencia de Marta aJesús sobre el olor del cadáver era, sin duda, un síntoma claro de que su hermano debíapresentar ya, cuando menos, la llamada «mancha verde» abdominal, primer signo dedescomposición. (Esta mancha suele aparecer hacia las 24 horas del fallecimiento y Lázaro, enel momento de abrir la tumba, debía llevar alrededor de noventa horas muerto.)Sin embargo, por más que exploré el lienzo, no pude encontrar resto alguno de líquidosprocedentes, por ejemplo, de la ruptura de ampollas en la epidermis. Lo que sí percibí, al oleralgunas de las áreas del tejido, fue un inconfundible tufo a sulfídrico, emanación muy propia enla putrefacción de la materia orgánica. Aunque no se trataba, obviamente, de una pruebadefinitiva, aquello me dio cierta idea sobre la posible causa de la muerte de Lázaro:1 La Misná, la más rica y antigua tradición oral judía, establece en su Orden Sexto, dedicado a las «Purezas»,capítulo primero de «Tiendas» (ohalot), las diversas leyes concernientes a la transmisión de la impureza de cadáveres.«Si un hombre tocaba un cadáver -decía la ley-, contraía impureza por siete días, y si otro hombre toca a éste,permanece impuro hasta ponerse el sol.» En el supuesto de que fueran unos objetos -caso de los lienzos- los quetocasen un cadáver, el hombre que toca dichos objetos y todos los enseres que pueda tocar, a su vez, dicho hombrequedan impuros por siete días. (N. del m.)Caballo de TroyaJ. J. Benítez76probablemente un proceso infeccioso agudo y generalizado. (A título personal, y después del«gran viaje», me interesé por todos los textos, apócrifos o no, tradiciones, etc., en los quepudiera hablarse de la suerte que corrió Lázaro en años posteriores. Los escasos datos queencontré apuntaban hacia el hecho de que el amigo de Jesús fallecería por segunda vez a laedad de 64 años y, curiosamente, como consecuencia de la misma dolencia que le condujo alsepulcro en el año 30. Pero estas informaciones, lógicamente, no han podido ser comprobadas.)Lo que sí me llamó poderosamente la atención fue comprobar cómo el testimonio de Lázaroy sus amigos encajaba plenamente con la tradición judía sobre la muerte. En general, loshebreos creían que «la gota de hiel en la punta de la espada del ángel de la muerte empezabaa obrar al final del tercer día». Al cuarto, por tanto, la descomposición del cadáver era ya unhecho incuestionable. De acuerdo con la información de la familia de Lázaro, el Maestro recibióla noticia de la grave dolencia de su amigo cuando aquél llevaba ya once horas muerto; esdecir, en la mañana del lunes, 6 de marzo. Jesús conocía esta creencia judía sobre la muerte y,sabiamente, esperó hasta el martes para ponerse en camino, llegando hasta Betania cuando losrestos de Lázaro llevaban ya sin vida alrededor de 96 horas. Un tiempo más que suficientecomo para que todos los judíos que sabían del fallecimiento no pudieran dudar sobre el prodigioque estaba a punto de consumar.En las horas que siguieron, merced a éstas y a otras informaciones, alcancé a entender en suverdadera medida por qué la aristocracia sacerdotal judía -encabezada en aquellos años por lasaga del ex sumo sacerdote Anás-1 buscaba la muerte de Jesús de Nazaret. A las pocas horasde la resurrección de Lázaro, los jefes del templo -y por supuesto, el yerno de Anás- tuvieroncumplida cuenta de cuanto había ocurrido en el cementerio de Betania. Mientras la inmensamayoría de los amigos del resucitado, que habían sido testigos excepcionales del suceso, sehacían lenguas del mismo, pregonando a los cuatro vientos la portentosa señal del Maestro deGalilea, otros judíos -muchos menos, aunque de torcido corazón- se apresuraron a informar ala casta de los fariseos, que gozaba entonces de gran primacía sobre el resto de los sacerdotesy levitas.Es casi seguro que si el milagro hubiera tenido lugar en otro momento del año judío -y no envísperas de la solemne Pascua- y con un protagonista menos acaudalado y prestigioso entre losdignatarios de Jerusalén, la obra del leví quizá hubiera ido a engrosar, a título de «inventario»,la ya larga lista de prodigios. Pero el Nazareno había sacado de entre los muertos -potestadreservada únicamente al Divino- a Lázaro de Betania. (Demasiado cerca, demasiadoespectacular y demasiado importante como para olvidarlo o condenarlo al silencio.)El hecho adquirió tales proporciones que -según me contaron Lázaro y sus amigos-,Jerusalén sufrió una conmoción. La circunstancia de que entre los testigos de su resurrección secontaran algunos miembros del templo y distinguidos judíos, amigos de la familia de Lázaro,precipitó aún más los acontecimientos. Y el Sanedrín, inquieto por la noticia, celebró unaasamblea urgente a la una del mediodía del día siguiente, viernes. El tema único podíaresumirse en la siguiente frase: «¿Qué hacemos con el impostor?”Aunque la suprema asamblea de Israel había discutido ya en otras oportunidades laposibilidad de detener y juzgar a Jesús de Nazaret, acusándole de blasfemo y transgresor de lasleyes religiosas, esta vez fue distinto.1 Durante el siglo I antes de Cristo y el I de nuestra era había familias sacerdotales descendientes de la ramasadoquita legítima. (El primero y el último de los sumos sacerdotes en funciones entre los años 37 a.C. y el 70 d.C.fueron de origen sadoquita: el babilonio Ananel -del 37 al 35 antes de Cristo y a partir del 34, por segunda vez- yPinjás de Jabta, el cantero, que lo fue del 67 al 70 después de Cristo. Un tercer sumo sacerdote legítimo ocupó estecargo en el año 35 a.C.; se trataba de Aristóbulo.) Los otros veinticinco sumos sacerdotes que cubrieron esos 107 años,procedían en su totalidad de familias sacerdotales ordinarias. Casi todas tenían su origen fuera de Israel o de laprovincia de Judea, pero pronto formaron una nueva jerarquía, sumamente poderosa e influyente. Destacaronespecialmente cuatro «sagas» o “clanes”, que pugnaron encarnizadamente por “colocar” a sus hombres en elpontificado. Entre esos 25 sumos sacerdotes ilegítimos de la época herodiana y romana, no menos de 22 perteneceríana esas cuatro familias. Eran las «sagas» de Boetos (con ocho sumos sacerdotes en su «haber»). Anás (con otros ocho),Phiabi (con tres) y Kamith (con otros tres sumos sacerdotes). La más poderosa -al menos en los comienzos- fue lafamilia de los Boetos. Era originaria de Alejandría y su primer representante fue el sacerdote Simón, suegro de Herodesel Grande (22-5 a.C.). De la extrema dureza de este clan procedía la denominación de «betusiano” o «boetusiano», dela que ya me habían hablado, los amigos de Lázaro. Más tarde, la familia de Anás logró la supremacía. Este permanecióen el cargo durante nueve años (desde el 6 al 15 d.C.). Después le sucedieron sus cinco hijos, su yerno Caifás (desde el18 al 37 d.C., aproximadamente) y su nieto Matías (año 65 d.C.). (N. del m.)Caballo de TroyaJ. J. Benítez77Uno de los fariseos llegó a proponer una resolución por la que se dictase la inmediatacaptura del Galileo y su ejecución sin juicio previo. Esto provocó agrias discusiones entre los 71miembros del Sanedrín, en especial entre algunos «ancianos» o representantes de la «noblezalaica» (caso de José de Arimatea) y los fariseos. Aquellos consideraban ilegal y abominable taldecisión.Tras dos horas de debate, y en vista del escaso éxito de los que pretendían que el procesocontra Jesús se desarrollase bajo la más estricta ortodoxia, catorce miembros de la granasamblea judía se levantaron, presentando allí mismo su dimisión. Dos semanas después,cuando el Sanedrín aceptó estas dimisiones, el consejo relevó de sus cargos a otros cincodestacados miembros, bajo la acusación de «reflejar sentimientos de amistad hacia elNazareno». Estas circunstancias despejaron el camino del Sanedrín, que tomó la decisión casiunánime de prender y ajusticiar al Maestro.Lázaro y su familia no se equivocaban al creer que la suerte de Jesús estaba echada. El odio delSanedrín contra el rabí era tal que aquella misma tarde del viernes, 10 de marzo, los policíasdel templo recibieron la orden de buscar y capturar a Jesús, «allí donde se encontrase». Pero lainminente entrada del sábado (al atardecer del viernes) salvaría al Nazareno. Aunque todoJerusalén sabía de la presencia de Jesús en Betania, los levitas decidieron aguardar al domingopara ejecutar la orden de caza y captura. Los amigos del Maestro se apresuraron a comunicarleel grave acuerdo del Sanedrín, apremiándole para que huyera. Pero Jesús no hizo caso y siguióen Betfagé hasta la mañana del domingo, 12 de marzo. Tras despedirse de Lázaro y sushermanas, el rabí y su grupo partieron hacia su campamento de la ciudad de Pella1.Pocos días después de la marcha del Maestro, el burlado Sanedrín centró sus iras en elresucitado. Lázaro y su familia fueron llamados a declarar a Jerusalén y los sacerdotes tuvieronque rendirse a la evidencia del milagroso acto de Jesús. En este sentido, el testimonio delmédico del templo, Ben Ajía, que había asistido al vecino de Betania durante su fulminanteenfermedad y comprobado con sus propios ojos el ritual del embalsamamiento, fue decisivo.Sin embargo, el torcido corazón de Caifás y de sus partidarios hizo registrar en los archivos delSanedrín que «aquel prodigio tenía su origen en el maléfico poder del príncipe de los demonios,aliado del rabí de Galilea». Esta resurrección -insisto en ello-, lejos de abrir el alma de losrepresentantes religiosos del pueblo hebreo, envenenó aún más sus sentimientos hacia Jesús.El sumo sacerdote y los jefes del templo se encargaron de convencer al resto del tribunal deque, de seguir por aquel camino, todo el pueblo de Israel terminaría por acatar la doctrina delGalileo, pudiendo conducir a la nación a una catástrofe. En cierto modo, el Sanedrín teníarazón, ya que muchos hebreos -entre los que figuraba buena parte de sus propios discípulos-consideraban al Mesías como un libertador político, un revolucionario que expulsaría a losromanos de Israel.Fue precisamente en una de aquellas reuniones del Sanedrín -según me informó Nicodemo -cuando Caifás hizo alusión, por primera vez, al antiguo adagio judío, repetido con posterioridad,que rezaba: «Más vale que un hombre muera, antes de ver perecer a una comunidad.»Pero los problemas de la suprema asamblea de Israel no terminaban en Jesús. El Sanedrínse había dado perfecta cuenta de que era menester eliminar también a Lázaro2. ¿Quéconseguían apresando y ajusticiando al Maestro si continuaba con vida el máximo exponente desu poder? La popularidad del resucitado había alcanzado tal grado que Caifás y los fariseosdecretaron igualmente la eliminación de Lázaro.1 A pesar de haber solicitado varias aclaraciones a Lázaro, a sus hermanas y al propio grupo de Jesús sobre laciudad a la que se trasladó el Maestro después de la resurrección de su amigo, todos coincidieron en Pella. Esto medesconcertó ya que en el texto evangélico de Juan (11, 54-55) se habla de otra localidad: Efrem -la actual et-Taiybe-,situada a unos diecinueve kilómetros en línea recta, al nordeste de Jerusalén. El desierto propiamente dicho se extendíaentre dicha ciudad y el río Jordán. Esta zona montañosa recibe hoy el nombre de el-barriyeh o desierto. La ciudad dePella o Pela es citada por Flavio Josefo en su obra Guerras de los judíos (libro III) como una de las poblaciones situadasal norte de la región de la Perea, a orilla del Jordán y relativamente próxima a Filadelfia (más al este), donde terminópor refugiarse Lázaro, huyendo de la persecución de los judíos. (N. del m.)2 El nombre de Lázaro, para colmo, significaba, etimológicamente, «Dios ha socorrido». Esto fue tornado entremuchos judíos como una nueva señal en Favor de Jesús. (N. del m.)Caballo de TroyaJ. J. Benítez78Los planes del Sanedrín terminaron por filtrarse y el amigo de Jesús fue puntualmenteinformado. Esta dramática situación había sumido a la familia de Betania en una permanenteangustia. Ahora empezaba a comprender su natural desconfianza cuando, pocas horas antes,yo había solicitado entrevistarme con Lázaro…Quizá, en mi opinión, otro de los graves errores del Sanedrín fue no detener primero alresucitado. Al comprobar que Jesús había desaparecido, los sacerdotes olvidarontemporalmente a Lázaro y dieron órdenes expresas a Yojanán ben Gudgeda, portero jefe, asícomo al resto de los levitas o policías al servicio del templo, para que, en el caso de que elNazareno hiciera acto de presencia, fuera capturado de inmediato. Uno de los comentarios másextendido en aquellos días previos a la celebración de la Pascua -y que yo había tenido ocasiónde escuchar desde mi llegada a Betania- era precisamente si el Nazareno tendría el suficientecoraje como para acudir a Jerusalén y celebrar, como cada año, los sagrados ritos. Este rumorpopular había desquiciado a los sacerdotes, hasta el extremo de trasladar el «problema Lázaro»a un segundo plano.Así discurrió mi primer encuentro con el amigo amado de Jesús, interrumpido finalmente porla entrada en la sala de Marta. En una bandeja de madera me ofreció un refrigerio, queagradecí nuevamente con todo mi corazón. Después del relato de los hebreos que meacompañaban, mi admiración por la «señora» había crecido sensiblemente. Y supongo que ella,con su gran intuición femenina, debió notarlo. Al entregarme la comida, Marta bajó los ojos,sonrojándose.-Te ruego, hermano Jasón -habló Lázaro- que tengas a bien aceptar este humilde alimento.Sabemos que lo necesitas. Y te suplico igualmente que te consideres en tu casa. Esta noche, ycuantas precises, éste será tu techo…Traté de disuadirle, pero fue inútil. Lázaro y sus amigos habían descubierto que -en verdad-mi actitud era limpia y noble.Las emociones del día me habían abierto el apetito y, ante la mirada complacida de misnuevos amigos, no tardé en dar buena cuenta del grano tostado, de los higos secos, los dátiles,miel y del cuenco de leche de cabra que formaron mi cena.Bien entrada la noche, el propio Lázaro me condujo hasta una de las estancias del pisosuperior. En ella había sido dispuesto un catre de los llamados «de tijera», con un lecho de telay cuerdas entrelazadas. El armazón de la cama había sido construido a base de dos larguerosde madera de pino, cada uno sólidamente amarrado a dos patas que se cruzaban en forma deaspa y que no levantaban más de cuarenta centímetros del suelo.Por todo mobiliario, el reducido dormitorio rectangular (de 1,80 X 2,50 metros) presentabaun arcón de sólida madera de acacia (la misma que debió de servir para construir la legendariaarca de la alianza) de un metro de altura. Sobre él, Marta había colocado mis sandalias,pulcramente lavadas; una jofaina, una jarra de metal con agua, un lienzo y un pequeño ramode romero de fragantes flores azuladas. Sobre la cabecera del lecho, colgando de la blancapared y a corta altura del piso de ladrillo rojo, alumbraba una sencilla lamparilla de aceite conforma de concha.Al cerrar la puerta y quedarme solo me asomé a la estrecha tronera que hacía las veces deventana y mis ojos se humedecieron al contemplar aquella legión de estrellas, idénticas a lasque yo solía ver en el desierto de Mojave.Tras una larga conexión con el módulo, caí rendido sobre el catre.En realidad, mi agitada exploración no había hecho más que empezar…31 DE MARZO, VIERNESAl alba, un ruido ronco y monótono me despertó. Al asomarme por la ventana, comprobésorprendido que aquel sonido parecía salir de la totalidad de la aldea. No lograba explicármelo.Caballo de TroyaJ. J. Benítez79Tras un rápido aseo, establecí contacto con la «cuna», pero Eliseo tampoco supo darmeinformación al respecto.Intrigado, descendí las escaleras de piedra que conducían hasta el patio central de lahacienda. Al llegar a las pilastras, aquel irritante ronroneo creció. Noté que partía de la estanciadonde había permanecido buena parte de la tarde anterior y hacia allí me encaminé. El fuegodel hogar se elevaba vigoroso sobre unos leños recién depositados en el fondo de la chimenea.Al pie del murete circular del fogón, Marta y una de las sirvientas procedían con ímpetu a lamolienda del trigo, sobre una piedra muy parecida a las que yo había visto la mañana anterior,en mi descenso por la cara sur del monte de los Olivos. A diferencia de aquéllas, este trituradorera negro y muy pulimentado. Al acercarme a las mujeres y saludarías comprobé que setrataba de una piedra basáltica de casi medio metro de longitud y treinta centímetros deanchura muy desgastada por su parte superior como consecuencia de la diaria y vigorosafricción. En un instante, mis dudas se disiparon. Ya partir de aquel día, aprendí a identificar elcotidiano despertar de Betania y de la propia Jerusalén con aquel sonido obligado ygeneralizado en todas las casas -poderosas y humildes- de la molienda del grano. Como mecontaron los ancianos de la aldea de Lázaro, si algún día se dejaba de oír el rumor de la muela,convirtiendo el trigo en harina, es que la ruina y la desolación -como había escrito Jeremías-habían llegado a Israel.Por supuesto, no había sido el primero en levantarme. Desde mucho antes del amanecer, lasmujeres de la casa se afanaban ya en las tareas domésticas. Mientras Marta se encargaba de lacompra del pan en el horno comunal de la aldea, María y otras jovencitas acarreaban el agua yterminaban de adecentar la hacienda. Los hombres, por su parte, ultimaban los preparativospara el duro trabajo en los campos. El padre de Lázaro -rico hacendado- había dejado a sushijos la tierra suficiente como para vivir sin estrecheces, permitiendo holgadamente en cadacosecha que los pobres pudieran recoger una de las esquinas de sus campos, tal y comoordenaban los viejos preceptos1.Cuando entré en el salón-comedor, la diligente e incansable Marta preparaba la harina paracocer unas pequeñas tortas sin levadura. Al verme se incorporó, rogándome excusase a suhermano. Lázaro había tenido que acompañar a sus operarios hasta uno de los campospróximos, donde se venía trabajando en lo que llamaban la «siembra tardía»; es decir, elcultivo de productos como el mijo, sésamo, lentejas, melones, etc., y que debían plantarsenecesariamente entre enero y marzo.Antes de que pudiera reaccionar, Marta me suplicó que me sentara a la mesa. En un abrir ycerrar de ojos situó ante mí un ancho cuenco de madera sobre el que vertió leche caliente.Siempre en silencio, mientras su compañera seguía triturando el grano, cortó varias rebanadasde una hogaza de pan moreno que posiblemente pesaría más de tres libras. Dos generosasporciones de queso y miel completaron mi desayuno.Desde la hora tercia (las nueve de la mañana, aproximadamente), grupos de peregrinosprocedentes de Galilea, de la Perea, viejos conocidos de la familia, parientes de Jerusalén ymuchos curiosos, habían ido llegando hasta las puertas de la casa de Lázaro. Como casi todoslos días, aquellos hebreos habían aprovechado su obligada presencia en la ciudad santa para«distraerse» viendo y escuchando al resucitado. Al verlos sentados en el jardín e invadiendo,incluso, el atrio y el patio central, sentí una cierta rabia. ¿Es que Lázaro no se daba cuenta quela mayoría de aquellos individuos sólo buscaban un motivo para el comadreo?Comprendí que el paciente amigo de Jesús hubiera preferido quitarse de en medio…Al consultar a Marta sobre el camino que debía seguir para encontrar a su hermano, la«señora» abandonó gentilmente sus quehaceres y me rogó que la siguiera a través delespacioso huerto situado a espaldas de la casa y en el que se alineaban numerosos árbolesfrutales. Apenas si habíamos caminado trescientos pasos cuando, al desembocar en unapequeña explanada, me detuve sobresaltado. Frente a mí se levantaba una enorme peña decaliza blanda. Al pie de aquella mole grisácea, salpicada en algunas de sus grietas superiorespor los nidos de barro de las primeras golondrinas, distinguí una piedra circular.Marta comprendió el motivo de mi sorpresa y, con un gesto de su mano, me invitó aacercarme al sepulcro familiar.1 «Santa Claus» confirmaría esta costumbre, en base a los textos sagrados del Levítico (19,9; 23,22) y delDeuteronomio (24, 19-21). Un tratado completo. con ocho capítulos, es recogido par La Misná. (N. del m.)Caballo de TroyaJ. J. Benítez80En silencio inspeccioné el cierre de la boca de la cueva. Se trataba de una losaperfectamente labrada, de un metro escaso de diámetro y apenas treinta centímetros degrosor. Aquella piedra, muy semejante a las muelas de molino, constituía el cierre de unaentrada que, a juzgar por las dimensiones, era bastante angosta. El frente de la peña, en unasuperficie de dos metros -a partir del suelo- por otros tres de ancho, había sido esculpido amanera de fachada y revocado en blanco.Yo sabía que retirar la losa constituía una falta de respeto hacia los muertos. Así que, sinhacer comentario alguno, olvidé aquel impulso que me llevaba a pedirle a la hermana de Lázaroque me permitiera desplazar la roca. Por otra parte, lo más probable es que, aunque Martahubiera accedido, ni ella ni yo juntos hubiéramos sido capaces de mover aquellos trescientos oquinientos kilos que debía pesar el cierre.Minutos después salía del jardín, tomando una de las veredas que corría en dirección oeste yque, según la «señora», me llevaría al encuentro de su hermano.La temperatura a aquellas horas de la mañana era todavía fresca: «diez grados centígradosy un moderado viento del norte de diez nudos», me confirmaría Eliseo. La noche anterior, elcilómetro especial de la «cuna» –en base a un haz de luz láser- había detectado una barrera denubes tormentosas (cumulonimbus) de unos trescientos kilómetros de longitud, que selevantaba a seis mil pies sobre el perfil de la costa fenicio-israelita. De momento, estasamenazantes nubes de desarrollo vertical parecían frenadas en su avance hacia Jerusalén poruna corriente de aire frío procedente del norte.«No hay que descartar, sin embargo -me anunció mi compañero-, que puedan cambiar lascondiciones y que en 24 o 48 horas se registren lluvias sobre nuestra área.»Me arropé en la «chlamys» y proseguí por el tortuoso camino, entre los ondulantes camposde cebada. Algunos campesinos habían iniciado ya la siega. Los segadores tomaban los talloscon la mano derecha y con la otra los cortaban a escasa distancia de la base de las espigas. Lashoces consistían en pequeñas hojas curvadas de hierro, sólidamente engastadas con remachesa una empuñadura de madera. La trilla se realizaba en una era próxima al camino. Las mujerescargaban los haces, esparciéndolos sobre el suelo. Después separaban el grano de la paja, biena mano o con la ayuda de los bueyes. En este último caso -el más frecuente, según pudecomprobar- los animales pisaban la cebada. Después, los hombres pasaban el trillo por encima,tirado por estos mismos bueyes. Los más comunes estaban construidos con una tabla plana encuya cara inferior habían sido incrustados pequeños trozos de pedernal. Otros eran simplesrodillos, también de madera.En una segunda operación, las mujeres aventaban la paja, cerniendo el grano y guardándolofinalmente en sacos. Varios asnos y algunos carros se encargaban del transporte de los mismoshasta la aldea, donde era trasvasado a silos o grandes tinajas de barro como la que había vistoen la casa de Lázaro.No tardé en encontrar al resucitado y a sus obreros. Lázaro se alegró al verme pero rechazóde plano mi idea de ayudarles en las labores de siembra. Nos encontrábamos en pleno forcejeodialéctico cuando algunos de los servidores llamaron nuestra atención. Procedente de la aldease acercaba un jinete.Lázaro colocó su mano izquierda a manera de visera y observó atentamente. De pronto, sinhacer el menor comentario, soltó el sementero que colgaba de su hombro y salió a la carrerahacia la vereda. El jinete llegó al trote hasta mi amigo y, descabalgando, abrazó a Lázaro. Uninstante después volvía a montar, alejándose hacia Betania. El resucitado hizo señales para queme acercara. Al llegar junto a él su rostro aparecía iluminado.-¡Viene el Maestro! -me soltó a bocajarro, con una alegría incontenible-. Al fin podrásconocerlo… Vamos, tenemos mucho qué hacer.-Pero, ¿dónde está?… ¿Ha llegado ya? -comencé a preguntarle atropelladamente, mientrastrataba de seguirle. Pero Lázaro no me respondió.Antes de que pudiera reaccionar, me había sacado medio centenar de metros de ventaja. Apesar de su aparente debilidad, corría como un gato salvaje.Al entrar en la casa me di cuenta de que la noticia había alterado a la familia y amigos.Marta, sobre todo, corría de un lado para otro, sonriente y nerviosa. Al vernos se abrazó aLázaro, confirmándole la buena nueva:-¡Viene!… ¡Viene Jesús!…Caballo de TroyaJ. J. Benítez81El hermano intentó calmarla, preguntándole algunos detalles. Dicen que está a unos diezestadios de Betania -añadió la «señora».Rice un rápido cálculo mental. Eso significaba que el rabí se hallaba a unos 1 860 metros dela aldea.Puedo jurar que, a pesar de mi intensa preparación, de los largos años de entrenamiento yde mi condición de escéptico, la familia de Lázaro consiguió contagiarme su nerviosismo. Sinpoder evitarlo, un escalofrío me sacudió la columna vertebral. Inexplicablemente, mi gargantase había quedado seca. Pero, en un esfuerzo por serenarme, lo atribuí a la loca carrera desdelos campos. (Una vez más me equivocaba…)Siguiendo los consejos de Lázaro, permanecí en la casa. Mi primera intención fue salir alencuentro del Nazareno, pero el resucitado me sugirió que era mucho mejor aguardarle allí.-El viene siempre a nuestro hogar… Además -insinuó-, la noticia habrá llegado ya aJerusalén y dentro de poco no se podrá caminar por las calles de Betania.-Entonces -comenté con preocupación- el Maestro ha aceptado el reto y pasará la Pascua enla ciudad santa…Mi amigo no quiso responder. Sin embargo, adiviné en su mirada un velo de pesadumbre.Ellos presentían que aquélla podía ser la última Pascua de Jesús de Nazaret… Ni que decir tieneque el sumó sacerdote y sus secuaces podían estar ya enterados de la presencia del impostoren la vecina aldea. Y eso, como sabía muy bien Lázaro y sus hermanas, era peligroso.Poco después de la hora nona -quizá fuesen las cuatro o cuatro y media de la tarde- laagitación entre las numerosas personas que se hallaban en el patio porticado de la hacienda sedisparó súbitamente. Marta y María se precipitaron hacia el atrio y desaparecieron entre losgrupos de hombres y mujeres que taponaban prácticamente la entrada principal.Mi corazón se aceleró. Desde el exterior se oía un rumor de voces, gritos y saludos. Sinsaber por qué, sentí miedo. Retrocedí unos pasos, ocultándome detrás de una de las columnasdel ala derecha del patio. Las palmas de mis manos habían empezado a sudar. Presionédisimuladamente mi oído y, en voz baja, informé a Eliseo de la inminente llegada de Jesús.A los pocos minutos, los servidores, amigos y familiares de Lázaro fueron apartándose y unnutrido grupo de hombres irrumpió en el patio.Entre risas, besos y mantos multicolores mis ojos quedaron clavados de pronto en unindividuo que sobresalía muy por encima de los demás… ¡Aquél tenía que ser Jesús!Su extraordinaria talla -en un primer momento la calculé en algo más de 1,80 metros- loconvertía, al lado de la casi totalidad de los allí reunidos, en un gigante. Vestía un manto color«burdeos», fajando el tórax y con los extremos enrollados en torno al cuello y cayendo sobreunos hombros anchos y poderosos. Una larga túnica blanca de amplias mangas le cubría casihasta los tobillos. No le vi ceñidor o cinturón alguno. Traía un lienzo blanco arrollado sobre lafrente, que caía sobre el lado derecho de sus cabellos.Ni siquiera en el instante de la inversión de la masa del módulo, en aquella noche del 30 deenero de 1973, experimenté una aceleración cardíaca como la que estaba soportando enaquellos momentos.El gigante caminó despacio hacia el centro del patio. Su brazo derecho descansaba sobre elhombro de Lázaro. A su alrededor, Marta y María gesticulaban y daban palmas, entre elalborozo general.Era, sin duda, un hombre blanco, de rostro alto y estrecho, propio de los pueblos caucásicos.El cabello, lacio y de una tonalidad ligeramente acaramelada, le caía sobre los hombros. Pocodespués, al soltarse la banda de tela que llevaba arrollada sobre la frente y que portabantambién casi todos los hombres de su grupo, comprobé que se peinaba con raya en medio.Presentaba un bigote y una fina barba, partida en dos, de un color oro viejo, similar a loscabellos. El bigote, aunque pronunciado, no llegaba a ocultar los labios, relativamente finos. Lanariz me desconcertó. Era larga y ligeramente prominente.Desde su entrada en la casa, Jesús no había dejado de sonreír, mostrando una dentadurablanca e impecable, muy distinta a la que padecía la mayoría de los hebreos.El Maestro fue a sentarse al filo de la piscina central, sobre uno de los taburetes que alguienhabía rescatado del «comedor». Los hombres, mujeres y niños se arremolinaron a su alrededor.Los rayos de sol incidieron entonces sobre su rostro y quedé maravillado. El contraste conCaballo de TroyaJ. J. Benítez82aquellas caras endurecidas, sembradas de arrugas y avejentadas de sus amigos y seguidores,era sencillamente admirable. Su piel aparecía curtida y bronceada.Tímidamente fui asomándome por detrás de la pilastra. Jesús, a poco más de cuatro o cincometros, levantó repentinamente su rostro y me perforó con su mirada. Una especie de fuegome recorrió las entrañas. Ante la sorpresa general, el rabí se levantó, abriéndose paso entre laspersonas que habían empezado a sentarse sobre los ladrillos rojos del pavimento. Las rodillasempezaron a temblarme. Pero ya no era posible escapar. Aquel gigante estaba frente a mí…Jamás olvidaré aquella mirada. Los ojos del Galileo -ligeramente rasgados y de un vivo colorde miel- tenían una virtud singular: parecían concentrar toda la fuerza del Cosmos. Más queobservar, traspasaba. Unas pestañas largas y tupidas le proporcionaban un especial atractivo.La frente, despejada, terminaba en unas cejas rectas y suficientemente separadas. Nopestañeó. Su faz, apacible y tibiamente iluminada por el sol, infundía un extraño respeto.Levantó los brazos y depositando unas manos largas y velludas sobre mis hombros, sonrió,al tiempo que me guiñaba un ojo.Un inesperado calor me inundó de pies a cabeza. Traté de responder a su gesto, pero nopude. Estaba confuso y aturdido, emocionado…Sé bien venido.Aquellas palabras, pronunciadas en griego, terminaron por desarmarme. Había tal seguridady afecto en su voz que necesité mucho tiempo para reaccionar.El rabí volvió junto a la cisterna, mientras sus amigos le contemplaban en un mutismo total.Algunos de los discípulos rompieron al fin el silencio y preguntaron al resucitado quién era yo.El joven, con indudable satisfacción, les explicó que era su invitado: «Un extranjero llegadoexpresamente desde Tiro para conocer a Jesús.»Yo permanecí inmóvil -como petrificado- tratando de ordenar mis pensamientos. «No puedeser -me repetía una y otra vez-. Es imposible que haya adivinado… ¿Cómo puede?…»Por más vueltas que le di, siempre llegaba a la misma encrucijada. Si nadie le había habladode mí -por qué iban a hacerlo- ¿cómo podía saber quién era y por qué estaba allí? En el patiohabía medio centenar de personas. A muchos los conocía -eso estaba claro-, pero a otros no.Este era mi caso y, sin embargo, había caminado hasta mí…Nunca, ni siquiera ahora, cuando escribo estos recuerdos, estuve seguro, pero sólo un sercon un poder especial podría haber actuado así.Para qué voy a mentir. El resto de la tarde fue para mí como un relámpago que rasga loscielos de Oriente a Occidente. Apenas si me percaté de nada. Sé que Marta, al igual que hicieraconmigo, lavó los pies del Nazareno y que los frotó con mirra. Recuerdo vagamente -entresaludos constantes- cómo Jesús salió de la casa, acompañado por Lázaro y un nutrido grupo.Marta me informaría después que las habitaciones de la hacienda estaban totalmente ocupadaspor los amigos y familiares que habían ido acudiendo hasta Betania y que -de común acuerdocon Simón, un anciano incondicional del Maestro y viejo amigo de la familia- Jesús pernoctaríaen la casa de este antiguo leproso.Al principio, muchos de los habitantes de Betania y de los peregrinos llegados hasta la aldeadiscutieron entre sí, creyendo que el rabí entraría esa misma tarde del viernes en Jerusalén,como desafío al decreto de prendimiento que había promulgado el Sanedrín. Pero seequivocaban. Jesús y su gente se dispusieron a pasar la noche en la casa de Simón, así comoen otros hogares de amigos y parientes de la familia de Lázaro. Todos -esa es la verdad-hicieron lo posible para que el Maestro se sintiera feliz durante su estancia en la pequeñapoblación.Según Marta, Simón había querido agasajar convenientemente a Jesús y había anunciado ungran banquete para el día siguiente, sábado. Eso significó un nuevo ajetreo en ambas casas, yaque -de acuerdo con las estrictas prescripciones de la ley judía- el día sagrado para los hebreoscomenzaba precisamente con el crepúsculo del día anterior.Durante el resto de la jornada, el Maestro de Galilea recibió a infinidad de amigos yvisitantes, departiendo con todos.Al anochecer, Jesús regresó a la casa de Lázaro y allí, en compañía de sus íntimos y de lafamilia del resucitado, repuso fuerzas, mostrándose de un humor excelente.Lázaro me rogó que les acompañara. Los hombres tomaron asiento en torno a la gran mesarectangular del «comedor» y las mujeres -dirigidas por Marta- comenzaron a servir. En unCaballo de TroyaJ. J. Benítez83primer momento me mantuve prudentemente al amor de la chimenea. Pero Lázaro insistió yme vi obligado a compartir con ellos las abundantes viandas: algo de caza, judías, legumbres,frutos secos y vino. Me sorprendió comprobar que en ninguna de las comidas se probaba elagua. Esta era sustituida habitualmente por vino.Antes de iniciar la tardía «cena», el Maestro y las catorce o quince personas que compartíanlos alimentos se pusieron en pie, entonando un breve cántico. Yo hice otro tanto, aunquepermanecí lógicamente en silencio. Al terminar, Marta -en una de las presurosas idas y venidas-me explicó que aquel himno, titulado Oye, Israel, era en realidad una oración. Me sorprendióver cómo el rabí, a pesar de sus públicas y acusadas diferencias con los doctores de la ley,respetaba las viejas costumbres de su pueblo. No sé si he mencionado que el Maestro habíahecho gala durante toda la tarde de un contagioso sentido del humor, riendo y haciendobromas por cualquier cosa. Aquél iba a ser -al menos en los días que precedieron al jueves, 6de abril- otro de los aspectos que me sorprendieron de Él. ¡Qué lejos estaba de esa imagengrave, atormentada y lejana que se deduce al leer muchos de los libros del siglo XX!… Jesús deNazaret era una mezcla de niño y general; de ingenuo pastor y concienzudo analista; dehombre que vive al día y de prudente consejero. Pero, sobre todo, se le notaba feliz. Muchomás alegre y despreocupado que sus propios discípulos y amigos, visiblemente alterados porlas amenazas del sumo sacerdote.Acto seguido, Jesús -que presidía la mesa junto a Lázaro- se hizo cargo de una de lashogazas de pan y, según su costumbre, lo troceó y distribuyó entre los comensales.Apenas si habíamos comenzado cuando, de pronto, el Maestro se dirigió a uno de loshombres del grupo. Al llamarlo por su nombre, el corazón me dio un respingo. ¡Era JudasIscariote!El discípulo se levantó lentamente y, aproximándose al rabí, le entregó algo. Despuésregresó a su puesto. Permanecí como hipnotizado, contemplando a aquel individuo flaco ylarguirucho, de algo más de 1,70 metros de estatura y cabeza pequeña. Su nariz aguileñadestacaba sobre una piel pálida, casi macilenta, dándole el clásico «perfil de pájaro» que yohabía estudiado en la clasificación tipológica de Ernest Kretschmer. (El gran psiquiatra sehubiera sentido muy satisfecho al saber que su definición del «tipo leptosomático» coincidía delleno, en este caso, con el temperamento «esquizotímico» de Judas: serio, introvertido,reservado, poco sociable y hasta esquinado. La verdad es que conforme fui conociendo elcarácter de este hombre, me percaté que se trataba en realidad de un gran tímido que no habíatenido oportunidad de desarrollar su inmenso caudal afectivo.)Su cabello negro, fino y abundante, contrastaba con su rostro prácticamente imberbe.Al aproximarse a Jesús noté que su túnica, en lugar del simple cordón o ceñidor, iba sujetapor la cintura con una hagorah o faja oscura, de la que había extraído aquella pequeña bolsa decuero. Al parecer, por lo que pude ir verificando, la mencionada faja servía, sobre todo, paraguardar el dinero o pequeños objetos, amén de las armas. Judas portaba una pequeña espada,sujeta en su costado derecho. En aquellos instantes, sin embargo, no me percaté de un hechosingular: al igual que el Iscariote, otros discípulos ocultaban también sendas espadas bajo susmantos y hagorahs.El rabí rogó a las hermanas de Lázaro que se aproximaran a Él. María fue la primera enabandonar los enseres que estaba manejando junto al fogón, situándose en una de las esquinasde la mesa, junto al Galileo. Al poco entraba Marta, secándose las manos en el delantal. La luzde una de las dos grandes lámparas o lucernas portátiles que habían sido colocadas sobre lamesa ponían al descubierto el atractivo perfil de María. Una espesa mata de pelo negro ycuidadosamente cardado le caía por la espalda, casi hasta la cintura. Sobre la frente, María,sujetando parte de los cabellos, lucía una cinta celeste que resaltaba sobre su cutis aceitunado.Tenía las facciones pequeñas y delicadas, propias de sus dieciséis o diecisiete años.Ni una sola vez había logrado hablar con ella y, no obstante, sus interminables ojos negrosrevelaban un corazón singularmente sensible.Jesús puso la bolsita en las manos de María y, dirigiéndose a ambas, les pidió que aceptaranaquel pequeño obsequio. Mientras María se ruborizaba, Marta, presa de la curiosidad, arrebatóel regalo de entre las manos de su hermana, abriéndolo con presteza. Desde mi asiento apenassi llegué a distinguir unos gránulos. Después supe que se trataba de semillas de bálsamo,compradas por el propio rabí a su paso por Jericó.Caballo de TroyaJ. J. Benítez84Ante el regocijo general, María -siempre en silencio- se aproximó a Jesús, estampándole dossonoros besos en las mejillas.Poco a poco, sin embargo, el tono alegre y desenfadado de aquella comida fue decayendo,por obra y gracia de algunos de los hombres del Cristo. Saltaba a la vista que estabanseriamente preocupados por la dirección que iban a tomar los próximos pasos de su Maestro yque ellos, sin lugar a dudas, ignoraban totalmente. No tardó en surgir el asunto de la orden decaptura de Jesús por parte del sumo sacerdote y las medidas que debían adoptarse parasalvaguardar la seguridad del rabí, en primer lugar, y del resto del grupo al mismo tiempo.Uno de los más fogosos y radicales era un discípulo de barba encanecida y bigote rasurado,prácticamente calvo y de ojos claros. Su cabeza redonda destacaba sobre un cuello grueso.Aquel hombre de rostro acribillado por las arrugas -yo estimé que era uno de los de más edad(quizá rondase los 40 o 45 años)- no era partidario de la entrada en Jerusalén1. Temía,lógicamente, por la vida del rabí y trató, por todos los medios a su alcance, de convencer algrupo de lo peligroso del empeño.Jesús asistió impasible y serio a toda la discusión. Dejaba hablar a unos y otros, sinpronunciar palabra. Hasta que en un momento álgido de la controversia, el Maestro dejó oír suvoz grave. Y dirigiéndose al apóstol de los ojos azules, sentenció:- Pedro, ¿es que aún no has comprendido que ningún profeta es recibido en su pueblo y queningún médico cura a los que le conocen?…Después, fijando aquellos ojos de halcón en los míos, añadió:Si la carne ha sido hecha a causa del espíritu, es una maravilla. Si el espíritu ha sido hecho acausa del cuerpo, es la maravilla de las maravillas. Mas yo me maravillo de esto: ¿cómo estagran riqueza se ha instalado en esta pobreza?Un silencio denso quedó flotando en la estancia. Y el Maestro, levantándose, se retiró adescansar.Aquella noche, y las siguientes, los discípulos -temerosos de todo y de todos- montaronguardia por parejas a las puertas de la casa de Simón, «el leproso». Tanto Judas Iscariote comoPedro, su hermano Andrés, Simón, llamado «el Zelotes» y los sorprendentes hermanos gemelosJudas y Santiago de Alfeo, iban armados con unas espadas cortas, prácticamente idénticas a losgladius de los legionarios romanos: la conocida gladius Hispanicus o espada española, como ladefinió Polibio. Eran unas armas de sesenta a setenta centímetros de longitud, de hoja ancha ydoble filo, con una punta que las hacía temiblesLos discípulos de Jesús procuraban esconderías bajo los mantos-generalmente en el costado derecho- y dentro de una vaina de madera.Jesús no ignoraba que algunos de sus más cercanos seguidores llevaban armas. Sinembargo, salvo en el triste momento de su captura en la noche del jueves, en la finca deGetsemaní, jamás les hizo mención o reproche alguno.1 DE ABRI, SÁBADOA diferencia de las restantes jornadas, aquel amanecer del sábado no fui despertado por elrumor de la molienda del grano. La aldea parecía dormida, extrañamente silenciosa. Loshebreos -amos, sirvientes e, incluso, sus animales de carga- paralizaban prácticamente la vida,a partir de lo que ellos denominaban la vigilia del sábado; es decir, desde el crepúsculo delviernes. La Ley prohibía todos los trabajos mayores, los grandes desplazamientos, hacer el1 Simón Pedro encajaba también en el tipo «pícnico» que cita Kretschmer: cara ancha, blanda y redondeada. Surostro, visto de frente, recordaba un escudo. Su frente era amplia, conservando algo de pelo en las zonas temporales.Sin embargo, Pedro no presentaba una excesiva obesidad. Su caja torácica, así como los hombros y brazos, eranfuertes y musculosos, muy propios de una vida consagrada al rudo trabajo de la pesca.En lo que si coincidía con la clasificación de Kretschmer era en su temperamento «ciclotímico»: abierto, espontáneo,de amistad rápida y con grandes oscilaciones en su estado de humor. Por su gran capacidad de sintonización afectivaera fácil de contagiar de la alegría o de la tristeza. Y tuve oportunidades sobradas para confirmarlo. En suma: Pedro eramuy sociable y bien aceptado por el resto del grupo. (N. del m.)Caballo de TroyaJ. J. Benítez85amor, sacar agua de los pozos y hasta encender el fuego… Aquellas abrumadoras normas deorigen religioso trastornaban por completo el ritmo diario de la vida social de los judíos. Y loque en un principio debería haber sido un motivo de alegría y merecido descanso, habíaterminado por deformarse, convirtiéndose en un enmarañado código de disposiciones, en sumayoría absurdas y ridículas.Lázaro y su familia, siguiendo el ejemplo de Jesús, adoptaban una postura mucho másliberal. Esa misma tarde tendría oportunidad de comprobar los muchos disgustos y quebraderosde cabeza que arrastraban, como consecuencia de la sincera puesta en práctica de la doctrinaque venía predicando el rabí de Galilea.A pesar de todo, quedé francamente sorprendido al ver -desde primeras horas de lamañana- un incesante gentío que, procedente de Jerusalén y del campamento levantado juntoa sus murallas, pretendía saludar a Lázaro y al hombre que había sido capaz de desafiar al GranSanedrín. Según mis informaciones, uno de estos preceptos sabáticos especificaba que elhombre de la casa debía dar tres órdenes cuando comenzaba a oscurecer (es decir, en la tardedel viernes): «¿Habéis apartado el diezmo?»1. «¿Habéis dispuesto el erub»? Por último, elcabeza de familia debía ordenar que se prendiera la lámpara.Pues bien, si la distancia de Jerusalén a Betania era de unos quince estadios (casi treskilómetros), ¿cómo es que aquellos judíos incumplían una de las normas más severas delsábado: caminar más de los dos mil codos fijados por la Ley?2.Lázaro, con una sonrisa maliciosa, vino a explicarme que, también en aquellos tiempos,«hecha la ley, hecha la trampa….»Los israelitas, para aligerar esta disposición de los dos mil codos, habían «inventado» el erub.Si una persona, por ejemplo, colocaba en la vigilia del sábado (el viernes) alimentos como parados comidas dentro de ese límite de los dos mil codos o mil metros, aquello -el erub- eraconsiderado como una «residencia temporal», pudiendo entonces caminar otros dos mil codosen cualquier dirección3.Esto explicaba la masiva presencia de peregrinos y vecinos de Jerusalén en Betania, que -según mi amigo- podían haber situado uno o dos erub en el mencionado sendero que une lastres poblaciones: Jerusalén, Betfagé y la aldea en la que me encontraba.Mi condición de extranjero y gentil me proporcionó, al fin, una oportunidad para ayudar a lafamilia que me había acogido bajo su techo. Hasta la hora tercia (nueve de la mañana), ydespués de vencer la resistencia de Marta, me ocupé del transporte del agua, así como dealimentar el fuego de la chimenea, recoger los huevos del gallinero y de la limpieza y puesta apunto de un ingenioso artilugio que llamaban antiki y que no era otra cosa que una especie decalentador metálico, con un recipiente para las brasas. El descanso sabático prohibía retirar lascenizas del mismo y, por supuesto, volver a cargarlo. Aquel utensilio, provisto de un tubointerior en contacto con el fuego, era de gran utilidad para calentar agua. Al no ser judío, yoestaba liberado de aquellas normas y ello, como digo, me permitió compensar en parte lagentileza y hospitalidad de mis amigos.Pero mi corazón ardía en deseos de salir al encuentro de Jesús. Marta, con su finísimoinstinto, me sugirió que lo dejara todo y que fuera en busca del Maestro. Poco antes, en una desus visitas a la casa de su vecino, Simón, con motivo de la preparación del festín que los1 Las estrechas leyes del descanso sabático llegaban a tal extremo, que de los alimentos que habían de seringeridos había que apartar el diezmo antes del sábado. Durante este tiempo no se podía hacer tal operación. (N. delm.)2 A diferencia del codo romano (cubitus), de 74 milímetros (es decir, la longitud de una mano), el codo judío -también llamado filetérico, por el apodo de los reyes de Pérgamo (Philetairos)-, estuvo vigente en el oriente del Imperioromano desde la constitución de la provincia de Asia en el año 133 antes de Cristo. Tenía 52,5 centímetros de longitud.Esta medida se empleaba corrientemente en Palestina y Egipto. En una conexión rutinaria con el módulo, nuestroordenador central confirmó que según Dídimo de Alejandría (final del siglo I antes de nuestra era), el codo egipcio de laépoca romana equivalía a pie y medio del sistema tolemaico. Es decir, 525 milímetros También los escritos de Josefodaban esta medida como la descrita en la literatura rabínica. (N. del m.)3 El mismo recurso se utilizaba entre varios vecinos, colocando los alimentos en un patio y creando así lapresunción de que se trataba de una sola casa. De este modo quedaba permitido el transporte de objetos en suinterior. (N. del m.)Caballo de TroyaJ. J. Benítez86habitantes de Betfagé y Betania querían ofrecer al rabí, había tenido ocasión de verle en eljardín.Cuando me disponía a salir de la casa, la «señora» me recordó que yo también había sidoinvitado y que, si así lo consideraba, ella misma me conduciría hasta el lugar que se me habíaasignado. Yo sabía muy bien que en aquella cena iba a producirse un acontecimiento«especial». Lo que no podía imaginar entonces era la gravísima repercusión que entrañaríapara el Maestro…La hacienda de Simón, el hombre más rico e importante de Betania desde la muerte delpadre de Lázaro, se levantaba a escasa distancia y también en el núcleo oriental de lapoblación. La única diferencia sustancial con la casa de mi amigo era el frondoso jardín cuajadode cipreses, algarrobos y palmeras- perfectamente cercado por un muro de piedra de dosmetros de altura. En Jerusalén, excepción hecha de la rosaleda, los jardines estaban prohibidos.Aquella norma, en cambio, no obligaba a las restantes ciudades. Simón, fervoroso creyente yseguidor del Cristo, era, además, un enamorado de las plantas, pasando buena parte de su yaavanzada ancianidad entre sus rosas, gálbanos, luminosos y perfumados estoraques de floresblancas, jaras y los curiosos tragacantos, de cuyas ramas y troncos fluye una preciada gomablanquecina, altamente medicinal.A las puertas de la hacienda se apiñaba una silenciosa muchedumbre, a la espera de poderver al Maestro. Como si se tratase de un estadista del siglo XX, varios discípulos de Jesúspermanecían apostados junto al portón, con las espadas ocultas por la faja y el mantocontrolando las entradas y salidas de los amigos, familiares y servidores de la casa: los únicosautorizados a traspasar el umbral.No tuve el menor problema para cruzar ante los hombres del Galileo. Mi amistad para conLázaro y el oportuno gesto de Jesús, saludándome la tarde del día anterior, habían hecho queme ganara las simpatías y confianza de los apóstoles. Al verme, uno de los discípulos -Judas deSantiago, gemelo del otro Alfeo- me preguntó si buscaba a alguien en particular. Le dije que aJesús y se brindó encantado para acompañarme. Al traspasar la puerta principal me encontréante el cuidado y dilatado jardín. Un estrecho camino, adoquinado con piedras blancas (caliza,sin duda), nos condujo en línea recta hasta la explanada abierta al pie mismo de la escalinatade mármol que daba acceso a la casa.No fue necesario que Judas me señalara a su Maestro. El gigante se hallaba rodeado de unadecena de niños, ¡jugando!Aquel espectáculo me fascinó de tal forma que, en silencio, casi de puntillas, rodeé lapequeña explanada, sentándome en los primeros peldaños de la escalinata. Y allí permanecí,absorto, disfrutando como los pequeños.Jesús se había desembarazado de su manto. Su espléndida túnica blanca aparecía esta vezceñida por un cordón. Entre la algarabía de los pequeñuelos, destacaba a ratos su risa, limpia yrotunda como aquella luminosa mañana. En verdad, lo que más me emocionó fue comprobarcómo aquel hombre hecho y derecho -capaz de desafiar a los sumos sacerdotes o de resucitar alos muertos- saltaba, corría o caía por los suelos, entregado por completo a las exigencias deaquella gente menuda.Algunas mujeres se asomaban disimuladamente por el atrio, contemplando la escena yescabulléndose a continuación entre risas mal contenidas.Uno de aquellos juegos era especialmente curioso. El Galileo se situaba de espaldas al grupode niños y lanzaba un palitroque hacia atrás, de forma que cayera lo más cerca posible de lachiquillería. Los muchachos se disputaban la posesión del palo hasta que uno de ellos -generalmente el que más saltaba- se hacía con él. En ese instante, tanto Jesús como el restocorrían en todas direcciones mientras el «propietario» del «testigo» se esforzaba por perseguirv tocar con el palo a cualquiera de los jugadores. No era casualidad que todos los niñospretendieran «cazar» al rabí. Pero éste, lejos de dar facilidades, los volvía locos, esquivándolosy burlándolos entre los árboles y arbustos.No sé cuánto tiempo duró aquello. Quizá una o dos horas…Súbitamente me asaltó un presentimiento. O mucho me equivocaba o aquellos iban a ser losúltimos juegos de Jesús de Nazaret.Caballo de TroyaJ. J. Benítez87De pronto, cuando más punzante era aquella inexplicable melancolía, el Maestro detuvo eljuego. Retiró de sus ojos la venda de tela con la que jugaba a la «gallinita ciega» y acarició alos pequeños, dando por terminada la diversión.Aunque Jesús había tenido múltiples oportunidades de verme allí, sentado, fue en esemomento cuando dirigió su mirada hacia mí. Los niños se desperdigaron por el jardín y elMaestro avanzó hacia las escalinatas. Traté de ponerme en pie, pero el rabí extendió su mano,indicándome que no me moviera.Se sentó a mi lado, con la respiración aún agitada y la frente empapada por el sudor.-Jasón, amigo, ¿qué te sucede?Aquel descubrimiento volvió a sumirme en la confusión. El Maestro, sin mirarme siquiera ysin esperar una respuesta -¿qué clase de respuesta podía haberle dado?- prosiguió con un tonode complicidad que adiviné al instante.Tú estás aquí para dar testimonio y no debes desfallecer.-Entonces sabes quién soy…Jesús sonrió y pasando su largo brazo sobre mis hombros, señaló hacia la puerta del jardín,donde aún montaban guardia sus discípulos.-Pasará mucho tiempo hasta que ésos y las generaciones venideras comprendan quién soy ypor qué fui enviado por mi Padre… Tú, a pesar de venir de donde vienes, estás más cerca queellos de la Verdad.-No comprendo, Maestro, por qué tus hombres van armados. Muy pocos lo creerían… en mitiempo.-Los que están conmigo -respondió con un timbre de tristeza- no me han entendido.-Señor, ¡hay tantas cosas de las que desearía hablarte!…-Aún tenemos tiempo. Bástele a cada día su afán.Era irritante. Tanto tiempo aguardando aquella oportunidad y ahora, mano a mano con El,no sabía qué decir ni qué preguntar…-Antes me has preguntado qué me ocurría -le comenté intrigado- ¿Cómo has podido dartecuenta?-Levanta la piedra y me encontrarás allí. Corta la madera y yo estoy allí. Donde hay soledad,allí estoy yo también…-¿Sabes?, toda mi vida me he sentido solo.Jesús replicó de forma fulminante:-Yo soy la luz que está sobre todos. Hay muchos que se tienen junto a la puerta, pero, enverdad, te digo que sólo los solitarios entrarán en la cámara nupcial.-Me tranquiliza saber que también los que dudamos tenemos un rincón en tu corazón…El gigante sonrió por segunda vez. Pero esta vez sus ojos brillaron como el bronce pulido.-El mundo no es digno de aquel que se encuentra a si mismo…-Mil veces me he hecho la misma pregunta: ¿por qué estamos aquí?-El mundo es un puente. Pasad por él pero no os instaléis en él.-Pero -insistí- no has respondido a mi pregunta…-Sí, Jasón, silo he hecho. Este mundo es como la antesala del Reino de mi Padre. Prepárateen la antesala, a fin de que puedas ser admitido en la sala del banquete. ¡Sé caminante que nose detiene!-Pero, Señor conozco a muchos que se han «instalado» en su sabiduría y que dicen poseer laVerdad…-Dime una cosa, Jasón. ¿Dónde crece la simiente?-En la tierra.-En verdad te digo que la verdadera sabiduría sólo puede nacer en el corazón que ha llegadoa ser como el polvo… El sabio y el anciano que no duden en preguntar a un niño de siete díaspor el lugar de la Vida, vivirán. Porque muchos primeros serán últimos y llegarán a ser uno.-Tú hablas de la Verdad, pero ¿dónde debo buscarla?-Si los que os guían os dicen: «Mirad, el Reino está en el cielo»; entonces, los pájaros delcielo os precederán. Si os dicen que está en el mar, entonces los peces del mar os precederán.Pero yo te digo que el Reino de mi Padre está dentro y fuera de vosotros. Cuando os conozcáisseréis conocidos y sabréis que sois los hijos del Padre viviente. Mas si no os conocéis, estaréisen la pobreza y vosotros seréis la pobreza.El rabí debió notar mi confusión. Y añadió:Caballo de TroyaJ. J. Benítez88-¿Alguna vez has escuchado a tu propio corazón? Asentí sin saber a dónde quería ir a parar.-El secreto para poseer la Verdad sólo está en mi Padre. Y en verdad te digo que mi Padresiempre ha estado en tu corazón. Sólo tienes que mirar «hacia adentro»… Bienaventurado elque busca, aunque muera creyendo que jamás encontró. Y dichoso aquél que, a fuerza debuscar, encuentre. Cuando encuentre, se turbará. Y habiéndose turbado, se maravillará yreinará sobre todo.-Señor, yo miro a mi alrededor y me maravillo y entristezco a un mismo tiempo…-Yo te aseguro, Jasón, que todo aquel que sabe ver lo que tiene delante de sus ojos recibirála revelación de lo oculto. No hay nada oculto que no será revelado.Mi timidez inicial se fue disipando. El calor y la cordialidad de aquel Hombre terminaban porquebrar los muros más inexpugnables. Pero nuestra conversación se vio súbitamenteinterrumpida por varios de los discípulos. La multitud que se agolpaba a las puertas de la casade Simón reclamaba al rabí y los hombres del Nazareno se sentían impotentes paracontenerlos.Cuando el Maestro se alejó me juré a mí mismo que buscaría nuevas oportunidades paraconversar con El y exponerle mis interminables dudas.Me fui tras Él. La multitud que yo había visto a las puertas del jardín de la casa de Simónestalló al ver al Maestro. Pero Jesús no se movió del portalón. Allí, flanqueado por susdiscípulos, saludó a los peregrinos. Pero éstos, enterados del milagro que había hecho conLázaro, no se contentaron con verle y empezaron a pedirle una señal. Yo no salía de miasombro. A juzgar por sus gritos, aquellos hebreos -galileos en su mayoría- no pretendíanescuchar al Nazareno. Lo único que verdaderamente les importaba era asistir a otro prodigio…Jesús, con evidentes muestras de desilusión, alzó sus brazos y se hizo el silencio. Un silencioexpectante. Y muchos de los allí congregados comenzaron a sentarse en el suelo, convencidosde que su larga caminata no sería estéril y que pronto contemplarían otro «espectáculo». Peroel Maestro, en tono enérgico, les dijo:« ¡Necios!… Yo aparecí en medio del mundo y en la carne fui visto Por ellos. Y hallé a todoslos hombres ebrios, y entre ellos no encontré a ninguno sediento… Mi espíritu se dolió por loshijos de los hombres, porque son ciegos de corazón y no ven.»Y antes de que ninguno de los presentes pudiera reaccionar dio media vuelta, perdiéndose apaso ligero en dirección a la mansión de su anfitrión.Sinceramente, me alegré. Aquella turba, sedienta de emociones y prodigios, no se merecíaotra cosa. Poco a poco fui dándome cuenta que las multitudes apenas si habían asimilado elmensaje de aquel Hombre. Ni siquiera los más cercanos -tal y como comprobaría al díasiguiente, con motivo de la entrada triunfal en Jerusalén- habían distinguido a aquellas alturasdel ministerio de Cristo de qué «reino» hablaba el Maestro. Empezaba a comprender elverdadero alcance de aquellas frases del rabí, pronunciadas poco antes, en las escalinatas:«Los que están conmigo no me han entendido…»Hacia las tres de la tarde, en compañía de Lázaro y sus hermanas, entraba por primera vezen el patio porticado de la casa de Simón. El anciano iba recibiendo en el centro del recinto almedio centenar largo de comensales. Todos -conocidos o no del jefe de la casa- eran saludadoscon el ósculo o beso de la paz. Inmediatamente, los familiares y servidores del antiguo leproso,acompañaban a los invitados hasta los puestos que se les había asignado, en torno a una mesamuy baja y en forma de U. A diferencia del patio de la casa de Lázaro, el de Simón aparecíacubierto en su totalidad por un toldo o lona, sujeto por sogas a los capiteles de las columnasque rodeaban el hermoso lugar. La cisterna central había sido cubierta con tablas, de tal formaque en el Centro de la U quedaba un espacio más que sobrado como para permitir elmovimiento de los servidores.Al llegar frente a Simón, Lázaro se encargó de presentarme al anciano. Al besarle comprobécómo su mejilla derecha conservaba aún las profundas cicatrices de su enfermedad. Parte delojo, así como esa misma zona del labio superior se hallaban prácticamente rotas y deformadas.La barba blanca y abundante no terminaba de ocultar la huella del terrible mal. La manoizquierda había quedado mutilada en las últimas falanges de los tres dedos centrales.Sin embargo, el venerable anciano parecía haber olvidado aquellos años difíciles y ahora semostraba feliz y satisfecho, luciendo sus mejores galas: una túnica de lino, teñida en púrpura yun manto de brillante seda a franjas azules y escarlatas.Caballo de TroyaJ. J. Benítez89Cuando Lázaro y yo acudimos hasta nuestros respectivos puestos en la mesa, comprobé conalivio que el resucitado había sido asignado a mi lado. Instintivamente miré a Marta, quepermanecía de pie junto al resto de las mujeres, y sonrió maliciosamente.Siguiendo la costumbre, tuve que reclinarme sobre mi costado derecho1. Aunque los judíoscomían habitualmente sentados en sillas o taburetes, en las grandes ocasiones -y aquélla erauna fiesta en la que ambas aldeas, Betania y Betfagé, rendían un sincero homenaje al Maestro-los hebreos habían ido adoptando la tradición helenística de almorzar reclinados sobre cómodoscojines y esteras.La única excepción, en este caso, fue Jesús. Como invitado de honor ocupaba el centro de laU, habiendo sido preparado una especie de diván bajo, que apenas sobresalía de la mesa.Aunque todos los invitados habían recibido en la mañana del viernes la correspondienteinvitación, con los nombres, incluso, de los restantes comensales, de acuerdo con una arraigadatradición, el dueño de la casa había enviado aquella misma mañana del sábado otros tantosmensajeros a los domicilios de sus amigos, recordándoles el lugar y la hora del banquete.Respetuosamente, olvidando incluso la gran amistad que unía a ambas familias, Lázaro habíaesperado esta segunda y última comunicación del mensajero. Sólo en ese momento partimosde la casa.Al subir las escalinatas de la hacienda de Simón me llamó la atención una tela blanca,colgada a las puertas del atrio. Lázaro me explicó que aquel lienzo daba a entender que aún eratiempo de entrar en la cena. El «aviso» sólo era retirado después de haber servido el tercerplato.Jesús y sus discípulos -los doce- estaban ya en el patio cuando mi amigo y yo fuimosrecibidos por el anfitrión. Por lo que pude apreciar, el rabí parecía haber olvidado eldesagradable percance con la multitud que le había pedido un milagro, y reía abiertamente,demostrando un humor envidiable. Sus hombres, en cambio, a pesar de haber prescindido desus espadas, no reflejaban demasiada alegría. Les noté nerviosos y adustos. En seguidacomprendí la razón. Entre los invitados se hallaban cuatro o cinco sacerdotes, de una de lascomunidades de fariseos: mortales enemigos del Maestro. A las puertas permanecían algunosde los policías del templo -levitas en su mayoría- que habían acudido hasta Betania con lasospechosa misión de escoltar a los altos dignatarios del sacerdocio de Jerusalén. Lázaro mecomentó por lo bajo que había una cierta incertidumbre sobre los auténticos propósitos deaquellos fariseos. Era muy posible que -siguiendo las órdenes de Caifás- aquel mismoatardecer, una vez finalizado el sábado, los hombres del Sanedrín prendieran a Jesús. Pero los«separados» o los «santos» -como se conocía también a los fariseos- no hicieron ademánalguno que pudiera alertar a los seguidores de Cristo. Al contrario: aunque en ningún momentose acercaron al grupo en el que dialogaba Jesús, tras recogerse las amplias mangas de sustúnicas, dejaron que las mujeres procedieran al obligado lavatorio de manos y pies,reclinándose en sus puestos con vivas muestras de satisfacción. Supongo que su cordialidadpodía obedecer a las magníficas viandas que habían empezado a circular ya sobre la mesa. Losservidores de Simón habían dispuesto una especie de tazones de fina cerámica (hoy conocidacomo terra sigillata), compactos y de cuidada forma, fabricados en barro rojo y -según meseñaló Lázaro- procedentes de Italia. Al levantar mi tazón pude ver en la base del mismo elsello del fabricante: un tal Camurius, conocido alfarero de Arezzo. (Memoricé aquel nombre yen la tarde del lunes cuando, al fin, pude regresar al módulo, Santa Claus confirmó que elcitado artesano italiano había vivido y trabajado en tiempos de Tiberio y Claudio, desde los años14 al 54 después de Cristo.)Simón, siguiendo las costumbres, había contratado a un cocinero de Jerusalén.Curiosamente, si las cosas salían mal y los invitados se mostraban disgustados con el menú, el«jefe» de cocina debía reparar la afrenta, pagando de su bolsillo los gastos, en una proporciónque siempre dependía de la categoría social del anfitrión y de sus comensales.No fue éste el caso. La verdad es que todo resultó exquisito. (Al menos para los hebreos.)Tras el caldo, a base de verduras y hierbas aromáticas, único plato en el que se utilizó lacuchara, los invitados disfrutaron lo suyo con las bandejas de bronce y plata. repletas depescado cocido y cordero asado, hábilmente condimentados a base de cebollas, puerros y ajos.1 Los israelitas se desenvolvían mejor con la mano izquierda que con la derecha.Caballo de TroyaJ. J. Benítez90El cuarto o quinto «plato» consistió en frutos secos, especialmente uvas pasas, dátiles y mielsilvestre. Todo ello, naturalmente, generosamente rociado -desde el principio al fin- por un vinodel Hebrón, servido en altos vasos de cristal primorosamente tallados. Al costado de cadacomensal había sido dispuesta una jofaina de metal, con el fin de ir lavando las manos. (Lacostumbre judía establecía que los alimentos debían ser tomados con los dedos.)Al llegar a los postres, el alborozo general aumentó sensiblemente. Algunos de los servidoresy músicos contratados por Simón comenzaron a tañer sus instrumentos -fundamentalmenteflautas y citaras- y las mujeres, que habían permanecido de pie o sentadas en un grupo aparte,pendientes de los invitados, se unieron a la música, batiendo palmas por encima de suscabezas y siguiendo el ritmo con su cuerpo.Jesús -que había comido con gran apetito- apuró su tercera copa de vino y sonrió al grupo,en el que destacaba María. La hermana menor de Lázaro, al igual que el resto de suscompañeras, había cambiado su indumentaria de diario y lucía una llamativa túnica, teñida conla célebre púrpura de Tiro y Sidón. (Nuestras informaciones apuntaban hacia el hecho de que elcélebre molusco de las playas de Fenicia -el «murex»- era la materia prima del que se obteníala púrpura. Este gasterópodo segrega una tinta que, al contacto con el aire, se torna de colorrojo oscuro. Los fenicios lo descubrieron y supieron comercializarlo.)María -tal y como ordenaban las normas sabáticas- había prescindido de su habitual cintasobre la frente y dejaba flotar su negra y larga cabellera.En aquel momento, mientras los servidores retiraban las bandejas, daba comienzo enrealidad lo que nosotros conocemos por la «sobremesa». Los comensales, eufóricos por losvapores del vino, se enzarzaban en las más dispares e interminables polémicas. Jesús y Simón,al frente de la mesa, dialogaban sobre el mítico Josué y de cómo fueron derribadas las murallasde Jericó. Los discípulos, por su parte, permanecían extrañamente sobrios y callados,pendientes tan sólo del grupo de fariseos, que no dejaban de apurar copa tras copa.Ante mi sorpresa, algunos de los comensales comenzaron a eructar sin el menor pudor.Aquello se convirtió pronto en algo colectivo. Nadie parecía dar excesiva importancia al hecho, aexcepción del anfitrión y de mí mismo. Pero las razones de Simón -que correspondía a cada unode los groseros gestos con una leve inclinación de su cabeza- obedecían a otra escala devalores. Aquellos eructos venían a demostrar públicamente la satisfacción de cada uno de losinvitados por la espléndida comida y el trato recibidos. Por supuesto, tuve que esforzarme eneructar, «agradeciendo» a mi nuevo amigo su sabiduría y delicadeza gastronómicas.Cuando terminaron de servirse los postres, varias doncellas fueron pasando junto a cada unode los comensales, ofreciendo unas minúsculas bolitas o cápsulas transparentes yblancoamarillentas. Ante mi duda, Lázaro me animó a coger una o dos de aquellas «lágrimas» eintroducirlas en la boca. Se trataba de una especie de «goma de mascar», muy refrescante yaromática. Según mi amigo, eran extraídas de los lentiscos que poblaban a millares todaPalestina. Para los hebreos, aquellas bolitas reforzaban los dientes y la garganta,proporcionando. además, un aliento más fresco y agradable.En los días siguientes -y gracias a las «lágrimas» de lentisco que me proporcionaría Lázaro-mi falta de aseo dental se vio notablemente aliviado.Pero, aunque todo parecía transcurrir dentro de la más sana e intensa alegría, no iba atardar en estallar el «escándalo»…Creo que todos, o casi todos los presentes -distraídos con la música y la agradable tertulia-tardamos algunos minutos en reparar en aquella doncella que, salida sigilosamente del corro delas mujeres, se había arrodillado a espaldas de Jesús. Era María.Un latigazo interno me puso sobre aviso. Estaba a punto de asistir a la escena de la unción.Sin poder remediarlo me incorporé y, ante el desconcierto de Lázaro, me deslicé por detrás dela mesa, hasta situarme en una de las «esquinas» de la U, a pocos metros de los invitados dehonor.Progresivamente, los comensales fueron guardando silencio, atónitos ante lo que estabasucediendo. La hermana menor, con su habitual mutismo, había abierto una «botella» de unostreinta centímetros de altura y de forma ahusada. Parecía hecha de un material sumamentetranslúcido (después supe que se trataba de alabastro oriental).Y ante la mirada complacida de Jesús, la adolescente vertió buena parte del contenido sobrelos cabellos del Maestro. Un líquido color «coñac» fue impregnando lenta y dulcemente el peloCaballo de TroyaJ. J. Benítez91acastañado del rabí, mientras un penetrante aroma fue llenando el recinto. María cerró elrecipiente y, tras depositarlo entre sus piernas, procedió a extender el perfume entre lossedosos cabellos del Galileo. Aquella unción fue hecha con tanta sencillez y amor que los ojosdel gigante se humedecieron.Una vez concluida la operación, María volvió a abrir la jarra, vaciando la esencia de nardo sobrelos desnudos pies del Maestro. Untó el líquido a lo largo de sus tobillos, calcañares y dedos,proporcionando a Jesús unos suaves y prolongados masajes hasta que el líquido quedóperfectamente extendido1.A esas alturas de la unción, algunos de los comensales habían empezado a murmurar entresí, lamentando aquel despilfarro. En uno de los extremos de la mesa, varios de los discípulos -entre los que destacaba Judas Iscariote por sus aparatosos ademanes y palabras subidas detono- apoyaban con sus comadreos a los invitados que se mostraban abiertamente molestospor el gesto de la joven.Ni María ni Jesús se alteraron ante aquellos cuchicheos. Al contrario: la bellísima hermana deLázaro -que había adornado las uñas de sus manos y pies con un polvo rojo-amarillento2- echóatrás su cabeza y pasando las manos sobre la nuca se inclinó sobre los pies del rabí, arrojandopor delante su espesa cabellera. Después, sin prisas, fue enjugando con su pelo los pies delMaestro, hasta que quedaron secos y brillantes.Los comentarios, desgraciadamente, habían ido agriándose. Judas, incluso, con unamanifiesta indignación, acudió hasta Andrés -el hermano de Pedro- preguntándole de forma quetodos pudieron oírle:-¿Por qué no se vendió este perfume y se donó el dinero para alimentar a los pobres?… Debes